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Por qué Egipto tiene un nuevo Mubarak tres años después



El nuevo presidente de Egipto será el ex jefe del ejército, Abdul Fatah el Sisi. Su apoyo supera el 90 por ciento. El gobierno debió alargar la convocatoria un día para que la participación llegara al 46 por ciento. Es importante para la legitimidad.

Sisi será un nuevo Mubarak, aunque el régimen pueda ser distinto (esto lo cuento al final). ¿Qué ha pasado en Egipto para que lo que debía ser una transición democrática se haya convertido en una restauración? He hablado con seis expertos, egipcios y extranjeros. Han salido al menos estos cuatro puntos:

1. NUNCA FUE UNA TRANSICIÓN

Con la caída del presidente Mubarak, Egipto salió de un régimen de décadas. Había al menos cuatro sectores con fuerza e intereses distintos: ejército, islamistas, liberales y los miembros del antiguo régimen.

Entre febrero de 2011, cuando Mubarak se fue, y junio de 2013 hubo dos elecciones que definieron el país: las legislativas y las presidenciales. En ambas ganaron los Hermanos Musulmanes, que habían prometido que no se presentarían en la mayoría de escaños del Parlamento ni a las presidenciales con un candidato propio. La cercanía del poder les hizo cambiar de opinión.

Bajo su mandato hubo dos problemas clave: la falta de consenso y la falta de mejoría. La revolución triunfó en parte por la alianza entre islamistas y liberales y el permiso del ejército. Ese frente común nunca se repitió. El presidente islamista, Mohamed Morsi, logró su cargo con un 51 por ciento de votos, después de haber sacado solo un 25 en la primera vuelta: “Nunca supo leer esos resultados tan ajustados”, dice Eduard Soler, del Cidob.

Miembros del antiguo régimen explotó esa debilidad para minar el nuevo gobierno, que les había sacado de su poltrona. La policía cobraba pero no trabajaba. Les habían educado en el odio a los Hermanos, ahora les era difícil ahora seguir sus órdenes, me cuenta Aziz El-Kaissouni, investigador visitante en el European Council on Foreign Relations.

En un pueblo, por ejemplo, llamaron a la policía para pedir ayuda en un secuestro. El policía en el teléfono contestó que no podían ir: “Vamos a estar de vacaciones durante los próximos cuatro años [el mandato de Morsi]”, respondió. También según El-Kaissouni, funcionarios ministeriales rompían faxes -en Egipto aún se usa el fax- para evitar la buena comunicación entre los nuevos ministros del gobierno de los Hermanos.

El caos y la inseguridad creciente era insostenible. La división la aprovechó el ejército para apoyarse en los liberales para derrocar a los islamistas. La transición pasaba de quienes habían ganado las elecciones a quienes tenían el poder de verdad: los militares, con la ayuda de miembros del antiguo régimen.
2. EL PAÍS NO AVANZABA

El lema de la revolución fue “pan, libertad, justicia social”. Nunca se cumplió. Ni siquiera se veía que fuera a cumplirse pronto. Los problemas de Egipto van mucho más allá de la libertad. Un 62 creía a mediados de 2013 que el país no iba bien; en 2010, con Mubarak, era solo algo más: un 69 por ciento.

La esperanza revolucionaria duró dos años. Nadie puede hacer una transición -y menos sin consenso- en dos años. “Egipto hoy ya no está en un momento revolucionario”, me ha dicho por teléfono Michael Hanna, de la Century Foundation.

3. LOS LÍOS CANSAN

Egipto no está ya en un momento revolucionario porque las revoluciones cansan. No hay que ser egipcio para sentirlo. El foco del mundo hace tiempo que pasa de Egipto. Su oportunidad, por ahora, pasó.

Ha habido siete elecciones en dos años, Tahrir ha estado ocupada durante meses, las manifestaciones dejaban muertos. Nada de todo esto trajo estabilidad, turismo, inversión extranjera.

El cambio político no aportó nada y llegó el momento de descansar del ajetreo, de la inestabilidad de un gobierno descontrolado y poco eficaz como el de Morsi. El ejército y su disciplina son el mejor antídoto.

4. EL MIEDO AL ISLAMISMO

La ambigüedad de los dirigentes de los Hermanos Musulmanes tampoco ayudó. Los rumores sobre el velo, sobre la prohibición del alcohol y los bikinis eran constantes. “Todos nosotros creemos en la sharia. Todos creemos que un día habrá que prohibir el alcohol. En lo que no estamos de acuerdo es en cómo presentar nuestras ideas islámicas”, dice aquí un dirigente del partido islamista tunecino Ennahda.

Esta división es más honda de lo que parece. Los Hermanos Musulmanes son una organización secreta -no hay un listado público de quién es miembro y quién no- y molesta. Eso no significa que el resto de egipcios no sean creyentes. El nuevo presidente, Sisi, lo cuenta bien aquí:

Su estructura ideológica hacía que la confrontación con nosotros fuera inevitable. Estos grupos dicen que nosotros no somos musulmanes reales y ellos sí. Una ideología así no puede volver. Egipto ha preferido por ahora la opción autoritaria en lugar de la incertidumbre islámica.

Morsi nunca hizo nada por aclarar sus preferencias, quizá porque no sabía cómo hacerlo. Explotó también sin vergüenza las rencillas con la minoría copta. El debate sobre si el islam político puede ser liberal en el mundo árabe depende hoy solo de Túnez.
Esta unión de temor islamista, ganas de estabilidad y seguridad, y falta de mejoría económia deja a Egipto en manos de un hombre fuerte. En este año en el que los militares han mandado desde la sombra -el presidente era el desconocido Adly Mansour- han hecho lo que les ha dado la gana: más de 3 mil muertos por violencia política (el Chile de Pinochet ejecutó a 3.200), más de 40 mil detenidos, docenas de muertos en atentados, los Hermanos Musulmanes convertidos en organización terrorista, las manifestaciones prohibidas. Pero hoy no es una prioridad.

¿SERÁ IGUAL QUE CON MUBARAK?

Sí, pero no. En la práctica será un régimen autoritario con elecciones pantomima. Pero 2014 no es 2010. La mayoría de personas con quienes he hablado coinciden en que calcar un régimen que duró con Mubarak treinta años es hoy imposible.

Aunque se convierta en papel mojado, de momento la Constitución permite presentarse al presidente solo dos veces. La legitimidad es importante porque el modo en que la información circula es distinto.

Hay otros dos detalles importantes. En 2010 el ejército no tenía el papel protagonista que la población percibe ahora. Sisi era el jefe de la inteligencia con Mubarak. Meses antes de la caída del presidente, reunió a un grupo de generales. Les dijo que su destino iba pronto a separarse del régimen porque Mubarak iba a nombrar sucesor a su hijo Gamal, que nada tenía que ver con el ejército.



Los militares controlan una parte importante de la economía egipcia a través de montones de empresas -aquí dicen un 40 por ciento, Sisi dice que un 2. Su pérdida de poder no era solo simbólica, es dinero y privilegios.

El mismo Sisi propuso que ante las posibles revueltas contra Mubarak, el ejército no debía apoyar al régimen. Con Morsi ocurrió algo parecido. Sisi era su ministro de Defensa. Le ayudó a deshacerse de la vieja guardia militar. Pero al final, el general ministro echó al presidente.

Ahora Sisi, como civil, está en primera fila. Los militares ya no podrán culpar al antiguo régimen, a las “cloacas del Estado”, a los islamistas, a los jóvenes revolucionarios. Egipto está en sus manos y Egipto sigue dando pena.

Sisi ha pedido dos años. Pidió también que le votaran en masa y ha ido a votar solo la mitad del electorado. Según Pew, solo un 54 por ciento de egipcios le apoya. En 2011, un 88 de egipcios ponían buena nota al ejército. Ahora son solo 56. Ha llegado la hora de la verdad.
Los retos de Sisi son gigantescos: un cuarto del presupuesto del gobierno son subvenciones para que la energía y la comida les cueste menos a los ciudadanos. Hay 12 millones de personas sin empleo. La mitad de egipcios viven bajo en pobreza.

Algunas soluciones de Sisi rondan la ridiculez. Quiere combatir la falta de energía con bombillas de bajo consumo, aunque deba enviar a funcionarios a colocarlas: “No dejaré que la gente actúe como quiera. Mi programa será obligatorio”, dijo en la tele.

Otro proyecto al que ha prestado atención es construir nuevas ciudades en el desierto para que los egipcios ocupen más espacio: los 85 millones de egipcios viven en un 6 por ciento del país. Es un proyecto que llevaría a construir trenes, carreteras y ciudades al oeste del Nilo.

Solo hay un problema: es una propuesta de 1985. El gobierno de Mubarak la desechó varias veces. Ahora es el proyecto estrella de Sisi. El dinero saldrá de egipcios en el extranjero y de los nuevos amigos del Golfo.

Sin ese dinero, Sisi no podría hacer nada. Ante un grupo de médicos dijo que Egipto no podía permitirse ofrecer a todos el mismo nivel de sanidad que tenían los militares: “¿Por qué? ¡Porque no hay nada!”

Será mejor que Sisi busque el milagro. Tiene a quien rezar. Cuenta que en un sueño le dijo al ex presidente Sadat: “Sé que un día seré presidente de la república”. Buena suerte. Si no hay milagro, los egipcios no van a tener tanta paciencia. El nuevo gobierno debe esperar que al menos tengan miedo a la represión. Si un día hay otra revolución, lo será de verdad.

fuente: https://es.noticias.yahoo.com/blogs/world-wide-blog/por-qu%C3%A9-egipto-tiene-un-nuevo-mubarak-tres-a%C3%B1os-despu%C3%A9s-121742249.html
Por Jordi Pérez Colomé
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