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¿Qué nos define como kirchneristas?

¿Qué es el kirchnerismo?,
es la primera pregunta que tendríamos que responder. En términos de esa tradición nacional y popular en la que abrevamos, podemos decir que es una expresión de ese movimiento nacional que en su momento simbolizaron los federales, después el primer yrigoyenismo, luego el peronismo y de la cual el kirchnerismo encarnaría una nueva etapa.

Algunas voces pretendidamente más críticas, para cuestionar nuestra afirmación anterior por considerarla esencialista e incluso “poco científica”, dirían que el kirchnerismo no pasa de una cara más, una simple operación de maquillaje de ese peronismo capaz de acomodarse a cualquier coyuntura y de dar respuestas prácticas con el único objetivo de mantenerse en el poder. También, desde el interior de nuestro espacio, hay quienes podrían sostener que es una entidad superadora del peronismo, un paso más allá en su supuesta “limitada voluntad transformadora”.

Sin rehuir a este debate, creemos que aún es más fácil definir al kirchnerismo por extensión que por comprensión. Fundamentalmente porque creemos que el kirchnerismo sigue en proceso de construcción, pese a los agoreros que permanentemente predican fines de ciclo que nunca se concretan e incluso más allá de la hipótesis de un cambio del signo político en el próximo gobierno.

En cualquier caso, hay dos cosas que son claras: lo primero, que el kirchnerismo se ancla y abreva en la tradición de aquello que podría llamarse el peronismo revolucionario y la izquierda nacional, muy en reflejo con la tendencia revolucionaria de los ‘70. Un indicio de esto es el que muchos de los protagonistas de este proceso político fueran protagonistas del mismo proceso en su juventud. También, el que haya una retórica y un relato construidos a partir de esa experiencia histórica.

Lo segundo, es que el kirchnerismo, más allá de sus características propias, es parte inseparable de un proceso de avance de los sectores populares en el conjunto de Latinoamérica, que comenzó a principios del nuevo siglo y que fue la respuesta original de los movimientos populares de nuestra región a la crisis del neoliberalismo y sus consecuencias sociales, económicas y politicas.

Dicho esto, la pregunta que surge es: ¿qué es lo que hace que muchos de nosotros nos sintamos parte de un mismo espacio sin provenir todos de la misma tradición política? ¿Qué es lo que nos define como kirchneristas? Como decíamos, al definir por extensión, podemos resaltar cinco, seis políticas concretas, algunas que se pueden ejemplificar en medidas específicas y otras no tanto, pero que marcan, como si fueran un decálogo, el por qué nosotros nos sentimos parte de un mismo colectivo y determinan el afecto societatis de esto que llamamos kirchnerismo:

La recuperación del Estado como eje articulador de la política y la economía;
La política de derechos humanos, memoria, verdad y justicia;
La política internacional, centrada en la integración latinoamericana y una inserción en el mundo basada en la defensa de nuestros intereses nacionales;
La restitución y la creación de nuevos derechos, en todos los niveles y dimensiones de la vida económica, social y cultural;
Las políticas de distribución del ingreso y recuperación del poder adquisitivo y las condiciones materiales de vida de los sectores populares;
La puesta en crisis de la hegemonía cultural de los sectores dominantes, a partir del cuestionamiento al relato unívoco acerca tanto del pasado como del presente.


En esa enumeración podemos encontrar los primeros indicios que apenas esbozan las razones que hacen que nos sintamos parte de un mismo colectivo político. Esto, a su vez, se complementa con otras dos características que han definido la práctica política del kirchnerismo como fuerza. La primera es la recuperación de la política como herramienta de transformación. La segunda, la confrontación con las grandes corporaciones que expresaron históricamente a los sectores dominantes y que realizaron su hegemonía en la mayor parte de nuestra historia como país.

En ese marco, definimos que la idea de batalla cultural es uno de los ejes estructurantes del kirchnerismo como movimiento histórico. Y en este punto es fundamental evitar las simplificaciones y caricaturizaciones. La implementación de una determinada ley, o el resultado de una elección, no son la totalidad de esta disputa y tampoco definen el resultado definitivo de la misma, en la que no existe ni una madre de todas las batallas, ni victorias parciales que garanticen el éxito definitivo. Flaco favor nos hacemos si reducimos este concepto a la disputa por la Ley de Medios, o si pensamos que diez puntos más o menos en una encuesta o una elección determinan una victoria o una derrota estratégica.

La batalla cultural es, en realidad, la disputa por la construcción de una nueva hegemonía de los sectores populares y en ese sentido es una disputa integral y permanente. Más allá de la necesidad de resolver favorablemente cada una de las instancias citadas más arriba, la disputa estratégica es para que los ejes que han definido al kirchnerismo se consoliden como políticas permanentes y encarnen en el sentido común de nuestro pueblo y en su idea de nación de manera permanente. En otras palabras, que constituyan el piso de la Argentina que viene de aquí para adelante.

Desde esta perspectiva, consideramos que algunos de los avances concretos que hubo en estos años en esta batalla cultural (que si bien implicaron victorias tan solo parciales, son muy importantes entendiendo a lo cultural en un sentido amplio) fueron los siguientes:

Se desmontó la idea de que la política no transformaba. La política ya no es leída simplemente como un espacio para gerenciar lo que se decide en otro lado;
Se volvió a politizar la sociedad, a partir de lo anterior. Hoy se discute política en todos los ámbitos;
Se rompió el mito de la objetividad. Pocos pueden animarse a negar sin miedo al ridículo que en cada posicionamiento político no existe de fondo la defensa de intereses, ideas y proyectos que se contraponen.
Se polarizó la sociedad. Es indiscutible hoy que en la Argentina hay dos proyectos de país que confrontan y que expresan ideas e intereses distintos.

Más allá de estos avances, tenemos la certeza de que en la discusión cultural que atraviesa a nuestra sociedad, fundamentalmente desde 2008, está en juego lo que pase de aquí en adelante a partir de cómo se desarrolle y cómo se defina esa batalla, en la que también es nuestra responsabilidad incorporar lo que falta como una bandera de cara a la profundización de nuestro proyecto, sin dormirnos en los laureles de lo conquistado ni convertirnos en guardianes de ningún statu quo, por progresista que parezca.

Al mirar la película y no la foto, es incompatible la idea de una batalla cultural permanente con statu quo alguno y es en ese sentido que planteamos la necesidad de adueñarnos de las demandas de diferentes sectores, de escapar de la tendencia a la burocratización y convertirnos, como soldados de este batallón, en los principales impulsores de aquello que aún falta como nuestra bandera.

Llegado este punto, se nos imponen algunas preguntas ineludibles: ¿qué hacer para que esto no sea una primavera más de alguna de las pocas primaveras a las que está acostumbrado nuestro pueblo? ¿Cómo garantizamos que lo conquistado en estos años no sea una simple anécdota y se transforme en una bandera que defina nuestra identidad en el largo plazo?

No es sencillo obtener respuesta a estas preguntas de modo individual. Pero para aportar al debate respecto de cómo continuar con esta batalla cultural en la próxima etapa, creemos que algunos elementos a tener en cuenta son la necesidad de volver a ampliar nuestra base social, para lo cual necesitamos recuperar interlocución con sectores y actores sociales que, por tradición política y pertenencia de clase, no pueden estar fuera de nuestro proyecto, construyendo nuevas herramientas de comunicación y canales de participación que permitan seguir dando esta batalla, más allá de que dispongamos o no del control del aparato del Estado.
Nos va la vida en ello. Nunca Menos.

* Por Horacio Bouchoux, militante, músico y docente universitario en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Actualmente se desempeña como Director Ejecutivo de Artes en el Ministerio de Cultura de la Nación. (Nota extraída de la revista Caracú, invierno de 2011. Actualizada por el autor para La Batalla Cultural)
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