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A causa de una fuerte devaluación regional a mediados del 1997, Corea del Sur sufrió el desplome de su economía, uno de los primeros cimbronazos de alcance global. Pero un Gobierno confiable y la férrea voluntad de sus ciudadanos sacaron al país adelante

Crédito: AFP Todos los coreanos recuerdan la crisis económica de Corea del Sur de 1997 porque fue la más dura en la historia del país desde la posguerra. Pero fundamentalmente porque en la memoria de la gente perdura una imagen muy nítida de aquella vez: como en la Argentina de 2001, multitudes se agolpaban en las puertas de los bancos y formaban filas interminables sobre las veredas cubiertas de nieve. Sin embargo, nadie gritaba ni golpeaba cacerolas. En realidad, las personas no estaban ahí para protestar sino que esperaban, pacientes, un turno para salvar al país.
En 1997 una combinación de factores externos e internos arrasó con el pujante crecimiento coreano que la había coronado como la undécima economía del mundo. A pesar del milagro que había logrado el país durante las últimas tres décadas (en 1960 era más pobre que Zimbabue), esa crisis representó un tropiezo que dejó heridas en la clase media coreana.
La baja de las exportaciones desde 1996 generó un déficit de la balanza comercial y las deudas contraídas en dólares se volvieron impagables cuando la moneda coreana se devaluó por la turbulencia cambiaria de los países del sudeste asiático. Asimismo, la falta de control en el otorgamiento de crédito a los chae-bol (las grandes empresas familiares como Samsung) contribuyó al crecimiento de una irresponsable burbuja financiera que se pinchó cuando transparentaron las flojas cuentas de las mayores corporaciones.
El gobierno necesitaba, antes que nada, estabilizar la moneda. En primer lugar restringir la compra de productos importados y en segundo lugar conseguir oro para aumentar las reservas. Ante esta situación, junto a las tres mayores compañías del momento (Samsung, Daewoo y Hyundai), el gobierno respondió con una campaña bastante peculiar: pidieron a los ciudadanos que donen oro al Estado para fortalecer las reservas.
El pedido fue insólito y no tenía ningún tipo de precedente. Sin embargo, la respuesta de la ciudadanía coreana fue sorprendente y repercutió inmediatamente en los medios internacionales. En dependencias del gobierno, en bancos y en empresas se podían ver interminables filas compuestas de parejas esperando un turno para donar anillos de casamiento, de atletas famosos listos para donar medallas y trofeos, y de familias enteras esperando a donar reliquias familiares.
Sólo en los primeros dos días de campaña se donaron veinte toneladas de oro, y luego la movilización tuvo tanto éxito que se dejó de publicar la cantidad por temor a distorsionar los precios del mercado. No obstante, para ser justos con la verdad, hay que mencionar que lo donado no fue suficiente para saldar la deuda del país. Pero el evento tuvo tanto impacto que inspiró a toda la nación a salir de una crisis muy complicada, puesto que este sacrificio material se replicó en todos los aspectos de la vida surcoreana.
Este fue un suceso impresionante pero, ante todo, invita a la reflexión porque los coreanos no estaban simplemente donando oro, sino que estaban entregando retazos de sus vidas al país. En realidad, detrás del oro donado existían muchísimas historias. Y en definitiva los coreanos estaban confiando recuerdos muy preciados en las manos del Estado y de los funcionarios, en las manos de otros coreanos de carne y hueso que los estaban representando.
Esto solo fue posible porque detrás del oro existía algo intangible e invaluable. Algo que hace a la esencia de una nación: la confianza. La confianza que se tiene hacia el par, la confianza que se tiene hacia el país en su conjunto y la confianza que se tiene, especialmente, hacia los representantes.
Me pregunto si esto sería factible hoy en nuestro país y encuentro dificultades para decidir una respuesta. Porque, en realidad, los ciudadanos argentinos somos sumamente solidarios frente a las tragedias ajenas: los hechos que siguieron a la terrible inundación en La Plata hace dos años corroboran esto. Uno puede recoger numerosos relatos, ver y leer esperanzado que ante una catástrofe los argentinos nos movilizamos para ayudar, para donar tiempo y esfuerzo para el prójimo. Pero optamos por canalizar esta solidaridad a través de la sociedad civil porque la relación con nuestros representantes está deteriorada.
La experiencia coreana se desarrolla en una realidad diferente con un contexto cultural incomparable. Por eso, no es estrictamente adaptable a nuestra situación. No obstante, sirve como referencia a la hora de construir nuestra versión de país con las herramientas adecuadas para nuestras necesidades. En este sentido, Corea nos muestra un caso en el que la confianza permitió al país a salir de una crisis severa, y a nosotros nos sirve para repasar algunas asignaturas pendientes que tenemos en la Argentina: encontrar el camino para sanar la relación que tenemos con nuestros representantes.