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Rastros criminales, un libro que bucea en mentes violentas


Rastros criminales, un libro que bucea en las mentes violentas

La criminóloga Laura Quiñones Urquiza publicó su primer libro, en el que analiza diez casos criminales y perfila las formas que toma el delito. Asesinos en masa, violadores, caníbales y psicópatas terminan por tejer una anatomía del crimen violento.


Todo criminal deja sus marcas. Por más ínfimas que sean, están y queda en manos de los investigadores poder detectarlas y comprenderlas. Los criminólogos se sumergen en esa carrera que muchas veces se juega entre la vida y la muerte. En ese trajín aplican diferentes disciplinas –algunas del mundo de las ciencias duras y otras no tanto– a la resolución de los enigmas que se abren dentro de una investigación criminal.

Laura Quiñones Urquiza eligió ese camino después de haber pasado por la facultad de Turismo. Esa elección, condicionada por su facilidad por los idiomas, no duró mucho y se pasó a la psicología, que parecía cautivar sus inquietudes. Tampoco en la clínica de la neurosis encontró lo que buscaba, pero sí pudo reconocer su pasión por la Psicopatología. “Luego conocí la criminología y fue entonces cuando me di cuenta que no existe para mí otra ciencia que me despierte mayor interés profesional”, cuenta en Quiñones Urquiza en el capítulo presentación de su primer libro: “Rastros Criminales. Anatomía de un crimen violento” (Ediciones B).

En él, Quiñones Urquiza analiza diez casos que van desde un suicidio en masa inducido por el líder de una secta en los Estados Unidos a un “sátiro” que aterrorizó a las mujeres de Buenos Aires, pasando por un caníbal, un asesino serial, un violador, asesinos en masa, entre otras formas que adoptó el horror. No se queda en el relato de los hechos, si no que los clasifica y disecciona con sus armas de perfiladora criminal. En sus páginas traza un panorama de los comportamientos de quienes aparecen a la vista de todos como monstruos: ella se encarga de demostrar que, en todo caso, son la peor cara del ser humano.



La autora dialogó con Infojus Noticias sobre los alcances de su profesión en el mundo y brindó detalles sobre algunos aspectos de su libro, que se presenta el próximo jueves a las 19 en la librería de Santa Fe 1860.

–¿Cuál es el rol que juega en la criminología actual el perfil criminal?

–Hay equipos interdisciplinarios, pero el análisis de la conducta criminal y esta técnica nace del programa de Criminología Aplicada del FBI y se apoya en la psicología criminal, conductista o investigativa en otros países, la realidad es que hoy el FBI, que es considerado pionero, tiene 59 oficinas grandes con perfiladores en varias ciudades que son los que van a las escenas del crimen cercanas y además, el grupo en Quántico (Virginia) como matriz y apoyo de todos, que en el 99% de los casos no va a las escenas, sino que se vale del material que les hacen llegar de criminalística de campo, videos del lugar del hecho, la autopsia, perfil de la víctima, dictamen criminalístico y de autopsia además de la investigación policial, etc.. En Quántico existen dos tipos de perfiladores, unos que trabajan en el área de criminología que son los que vemos en las series y otros en contrainteligencia que son el grupo de Elite, o sea el Behavioral Analysis Program (Programa de Análisis de la Conducta) con solo 6 oficinas. A ellos se les llama caza espías o terroristas, porque además están capacitados en Análisis del lenguaje Gestual.

–En el libro se analizan diferentes hechos que van desde crímenes sectarios hasta abusos sexuales ¿el perfil criminal es aplicable a la investigación de todo tipo de delito?

–En un principio la idea era aplicarlo en homicidios y delitos sexuales seriales. Hoy en día, como toda ciencia y técnica va avanzando y se va ramificando. Lo que hay que tener en cuenta son las limitaciones que tiene esta técnica y también las de quiénes la aplicamos: yo no trabajo en temas de terrorismo, mafias, narcotráfico o secuestros porque no me encuentro habilidad para estas conductas. Lo que hay en el libro son perfiles, contra perfiles y análisis de criminogénesis, todo basado en material de primera mano, en evidencia, no en elucubraciones. Por eso abunda en los detalles: ese es el principal instrumento del perfilador además de la precisión. Y es bueno que la gente conozca cómo es en realidad nuestro trabajo.

–Uno de los casos que trabajás en el libro es el del "sátiro de la bombacha" que dice no ser "violador ni asesino" ¿Por qué no aplicaría la figura de violador en un caso como este?

–“No soy violador ni asesino” es lo que les decía a sus víctimas para engañarlas y manipularlas. Su falsa “tarjeta de trabajo”, más que nada para que se dejen atar y tenerlas a su merced, no porque no se supiera un violador en serie, un ser que tenía por objeto castigar a las mujeres utilizando al sexo como un arma. El “hago esto porque no tengo qué darle de comer a sus hijos” lograba colocarlo en un papel de víctima en el momento de interactuar con ellas. Tengo la impresión de que este es un caso paradigmático en la criminología actual, donde se observa lo que es tener una grave y profunda adicción al sexo no consensuado. Lo elegí porque llama a reflexionar sobre la necesidad de prevenir e investigar, incluso importar estrategias terapéuticas tomando conciencia del peligro que fue que transite nuevamente por las calles luego de cumplir su primera condena, en todas las mujeres dejó una marca, incluso yendo dos veces a una misma vivienda y teniendo siempre a la suerte de su lado. Fassano logró romper con todos los esquemas lógicos y prácticos desde el punto de vista de un violador que solo actúa por aserción de poder.

–También se abordan las diferencias entre los psicópatas y esquizofrénicos, un debate que suele verse en la Justicia cuando se plantean inimputabilidades, ¿Cuáles son las diferencias sustanciales y cómo aplican al delito?

–El psicópata es alguien que no tiene conciencia de su anomalía, que se basa principalmente en hacer daño moral y de cualquier otro tipo como si fuese una cuestión de principios. A veces su ambición lo lleva a hechos colosales como el de Jonestown. Son insensibles, mentirosos, manipuladores, egocéntricos y establecen relaciones donde se muestran como dóciles y seductores haciendo ver a sus víctimas como sus victimarios. Otra opción es que se muestren elocuentes y carismáticos. Los más inteligentes pasan desapercibidos durante mucho tiempo. Por eso es que en las cárceles no abundan: tienen todas las funciones psíquicas en perfecto estado, saben que hacen daño, saben que lo que hacen está mal pero no les importa, no tienen sentimientos de remordimiento o piedad por el dolor ajeno porque en ellos hay una “falla” en la esfera afectiva. En cambio, un paciente esquizofrénico es una persona que tiene una estructura psicótica, no tiene conciencia de enfermedad, juicio crítico, conciencia de realidad, tampoco remordimiento, pero esto se da durante el período de estado, es decir de brote o florecimiento sintomático. Cada brote deja un déficit en las funciones psíquicas. Con terapia medicamentosa entre otros soportes piscosociales pueden tener una buena calidad de vida. Para algunas corrientes la falla está en el tálamo cerebral. El caso de Wellington Menezes es clave porque el aislamiento, la soledad, el resentimiento por viejas heridas, necesidad de reivindicación y la falta de monitoreo médico lo llevaron hacia una desestabilización y a matar, pero esto no es lo habitual. Jeffrey Dahmer el caníbal de Milwaukee, fue diagnosticado con trastorno borderline y encontrado culpable pero con alteración mental, esto se debió a que él cuenta que para matar necesitaba tomar deshinibidores, dejando claro que el dolo, la capacidad de representación y conocimiento de que lo que iba a hacer estaba mal siempre se los tenía conservados.


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