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Ricardo Arjona: Crónica del odio



Mujeres en su mayoría. Rubias, morochas, pelirrojas, rubias, gordas, flacas, altas, bajas, maquilladas, a cara lavada, con remera de Arjona, con gorro de Arjona, con cartel para Arjona, con póster de Arjona, con ropa carísima, con ropa de segunda marca, de una, dos, tres cuatro, cinco y seis décadas, en grupo, solas, con sus hijos, cantando, en silencio. De tanto en tanto algún hombre. Eran miles, doce mil aproximadamente, que avanzaban hacia el Mundialista ansiosas por escuchar el concierto. Y por verlo a él.

El borde del estadio era un desfile interminable de autofotos en busca de la postal con el escenario de fondo. Mucho abrazo y sonrisa forzada, de esas sonrisas impostadas para foto. Entrada en mano, foto. Grupito de amigas, todas con el disco original en mano, foto.

- ¿Cómo se llaman?
- Antonela.
- Carolina.
- ¿De dónde son?
- De acá, de mardel.
- ¿Contentas?
- Yo no lo puedo creer. No tengo palabras– dijo Carolina.
Hablábamos mientras nos dirigíamos a las plateas.
- ¿Son muy fanáticas?

- Me vuelvo loca. Creo que cuando lo vea me voy a hacer pis.
- ¿Ya lo viste alguna vez?
- Sí. Si fuera por mí vendría a verlo todos los días.
También me crucé con un amigo, muy rockero él, de la mano con una chica.
- ¿Qué hacés vos acá?– me preguntó.
- Vengo a escribir sobre la gente, sobre el concierto. ¿Vos?
- Ni se te ocurra poner que me viste.
- ¿Por qué no?
- No seas hijo de puta.

A las 21.15 me acomodé en mi asiento, de frente al escenario. La voz de un locutor, como sucede en casi todos los conciertos masivos, hizo algunas recomendaciones de seguridad. Esa fue la primera explosión de gritos: por el locutor diciendo que apagaran los teléfonos celulares. Y no fueron grititos a la pasada, fue una andanada generosa que se escuchó desde las populares hasta el vip. O sea, desde los 400 hasta los 1500 pesos.

Cuando se apagó la luz el estallido fue supremo. La primera canción fue A la luna en bicicleta. La banda estaba ubicada en los distintos niveles del escenario, la voz de Arjona se escuchaba muy en primer plano, pero a él no se lo veía. Recién en la mitad del tema apareció pedaleando una bicicleta llena de altavoces viejos y chatarra. Ahí sí: los gritos construyeron una pared afilada que pocas veces escuché en mi vida. Las fans de Arjona son capaces de tapar a cualquier hinchada de fútbol. Lo juro. Si no fuera porque el sonido estaba bien alto, la canción hubiese quedado sepultada debajo de tanto fervor.

Había 12 mil personas.

Había 12 mil celulares grabándolo.

Yo miraba el mar de lucecitas y pensaba en los cientos de miles que después verían esas imágenes multiplicadas en youtube o en redes sociales, además de los sesenta medios acreditados para cubrir el concierto, de Mar del Plata y de toda la región. Pensaba en el laboratorio donde se fabrica y se expande un fenómeno tan popular.

Siguió con El problema, Acompáñame a estar solo y un medley entre Dime que no, Cuando y Desnuda. Habían pasado cuatro canciones y el estadio ya estaba prendido fuego. Era espectacular ver semejante entusiasmo. El estadio entero cantaba las letras de punta a punta y a garganta pelada. Arjona tomó la palabra para agradecer y dijo:

“Esto es lo que queda de mí. Y es todo para ustedes”.
(Estallido de gritos)

“Esta noche estamos juntos, contra todos los enemigos que van a estar muy enojados porque nosotros la pasamos bien acá”.
(Más gritos)

“Yo sólo quiero que cuando se vayan sientan que valió la pena”.
(Y más gritos)



Arjona es uno de los artistas más populares de Latinoamérica. Hay miles de hombres y mujeres que lo veneran, que le compran todos los discos y que lo siguen hasta el fin del mundo. Tiene fama, dinero y la capacidad de hacer cualquier cosa sabiendo que lo vendería por toneladas. Y sin embargo, por sus palabras, me di cuenta de que es consciente de cómo lo maltratan. Y de cómo maltratan a quienes lo escuchan. Creí que no le importaba en lo más mínimo.

El concierto siguió con Viaje, Invertebrado, El amor, Piel de pecado, Cavernícolas, Historia de taxi, Señora de las cuatro décadas, Si el norte fuera el sur, Pingüinos en la cama, Te conozco, Sin daños a terceros, Lo poco que tengo, Te quiero, Apnea, Fuiste tú, un set acústico con Quién diría, Tu reputación y Realmente no estoy tan solo, Minutos y el final con Mujeres.

Debo reconocer que me sorprendí con lo que vi ayer. El show es muy bueno, funciona a la perfección en todo sentido, desde el sonido hasta la escenografía. Incluso las canciones. Todo gira alrededor de sus canciones. Arjona sabe cantar, no descarrila en una sola nota, tiene carisma y un estilo absolutamente propio. La banda suena ajustada y la puesta visual deja en claro por qué es un show tan fuerte a nivel internacional.

Insultar a Ricardo Arjona es un lugar común, especialmente de aquellos que se las dan de conocedores de música, de los que se resguardan en lo que ellos consideran el buen gusto. Es inquietante la lógica por la cual una persona de pelo largo haciendo cuernitos en el aire, festejando a los gritos la velocidad de un solo de guitarrra, es más respetable que una persona que festeja a los gritos una canción de Arjona. El fan de Arjona es víctima de bullying musical, se lo insulta, se le dice sordo, pelotudo e hijo de re mil puta, simplemente porque se emociona con canciones que al oído de otro pueden ser feas, malas, pésimas.

Eso es odio.

Y el odio no tiene nada que ver con el arte.

Las canciones de Arjona pueden no gustar, pero eso no justifica la violencia que se ejerce en contra de él ni de su público. Y cuando vi que su público es mayoritariamente femenino no pude dejar de pensar que el odio a Arjona no es otra cosa que un postulado machista. De hecho, existe la máxima:
“Todas las bandas que tienen amplia mayoría de público femenino son una mierda”.

Ese es un ardid del rockero intolerante, pasado de moda. Otra curiosidad: a Arjona no sólo lo insulta el público que no lo escucha, también lo insultan músicos que tampoco lo escuchan.

Los fans de Arjona encuentran en su música un espacio para sentir, cantar, gritar, emocionarse y festejar. Y están en todo su derecho.

¿Quién es el dueño de la verdad en la música, en el arte?

Me encantaría tomarme un café con él, sería revelador.

¿Dónde está ese fiscal del universo que tiene la potestad de andar condenando gente por escuchar la música que le hace bien escuchar?

Al que no le gusta Arjona es libre de tomar otros caminos, hay otras opciones.

Yo no lo escucho en mi casa, no me conmueve, pero después de haber visto el show de ayer confirmé que mi actitud revulsiva durante muchos años fue digna de un estúpido.

Pido disculpas.


Por: Agustín Marangoni para 0223.COM.AR
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