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San Luis Potosí. Una ilusión del progreso a precio de oro.



Mi ciudad huele a lavado de dinero, delincuencia organizada, pobreza y degradación de los principios, drogadicción, corrupción, crecimiento de prostíbulos, casinos y cortoplacismo por doquier. Sus calles se encuentran impregnadas de un agrio aroma a pólvora, alcohol y marihuana. Mientras narcomenudístas, asaltantes y proxenetas ocupan los espacios que antes fueron de voceadores de periódicos, globeros y vendedores de fruta picada. Atrás han quedado los días, donde ni siquiera la mayor de las calamidades representaba un peligro inminente de muerte, lejos muy lejos la inocencia citadina que caracterizaba la localidad.

Nunca pensé decirlo, pero como echo de menos la calidad moral de aquellos líderes locales de antaño, como el Dr. Salvador Nava Martínez y Don Mario Lozano González, o la claridad y candidez de clérigos como Joaquín Antonio Peñalosa Santillán y Rafael Montejano y Aguiñaga, y la celeridad de todos aquellos que con justa razón alzaron la voz, para la construcción de una vida pública más democrática, así como la amabilidad con la que el ciudadano común tendía la mano a sus similares, lo mismo para saludar que para ofrecer un taco.

No habré de decir que no existieran problemas, porque para ser honesto, dificultades y contrariedades siempre hubo para todos en la ciudad, sin embargo, es necesario señalar que jamás fueron las cosas tan crudas como han venido siendo en la última década. Que triste es constatar lo mucho que hemos perdido en calidad de vida, cegados tras el espejismo del desarrollo material. Porque hoy no vivimos ni de lejos, en aquella ciudad apacible que alguna vez soñaron nuestros padres y abuelos, como un lugar seguro para crecer y vivir. Vaya si es complicado tener que acostumbrase a ver como en cualquier sitio de la ciudad, los espacios de comercios, bibliotecas y centros de libre esparcimiento, van siendo ocupados por todo tipo de negocios ilícitos disfrazados de giros regulares.

Indigentes y drogadictos en las esquinas pidiendo unas monedas para mitigar el hambre y el frío, no son ya un asunto propio de barrios marginales, antes bien se ha constituido en una estampa cotidiana en cualquier punto de la ciudad, como si vivir al margen de toda opción fuese algo de lo más natural. Y lo que es aún peor, al caer la noche es posible ver en la basura de casas y comercios, a gente en condiciones todavía más complicadas, ciudadanos “invisibles” que al amparo de la obscuridad, rebuscan entre desperdicios lo mismo algo de comida, que latas, cartones y botellas, con el único propósito de hacerse de unas monedas extras, actividad en la cual se exponen a toda suerte de mafias de recicladores que cobran por el derecho a hurgar en la basura.

Si ese es el progreso económico que tenían en mente, aquellos que durante muchos años han señalado que San Luis Potosí se encuentra materialmente rezagado respecto a ciudades como Tijuana, León, Aguascalientes, Guadalajara o Monterrey, francamente habría preferido que la localidad siguiera siendo ese sitio discreto en el que nunca pasó nada.

En ese sentido, al margen del costo que la ilegalidad está cobrando para al común de la gente en la localidad, bien haríamos en reconocer que crecer como ciudad, no significa sobre ocupar el espacio público con todo tipo de centros comerciales y bienes inmuebles, sin el menor sentido de la lógica, bajo la excusa simplista de suponer que siempre más es mejor. No sea que por mucho querer ocupar, se queden como espacios a medio llenar. Así las cosas, con tanto dinero invertido en espejismos de progreso comercial, lo mismo que en seguir aumentando la sobre oferta de bienes inmuebles, me pregunto: ¿Cuándo será el día en que por sobre encima del beneficio de las inversiones, se ponga el bien común como fundamento del desarrollo?

Al final del día, si bien habrán de quedar muchas más cosas por decir al respecto, me parece que con todo esto del progreso material, estamos pagando un precio muy alto por tan pobres resultados, de tal suerte que aunque cause vergüenza y cueste trabajo reconocerlo, a como vivimos hoy en día, el nombre de la ciudad bien podría ser –al más puro estilo goetheniano–, San Luis Faustosí.
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