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Scioli y la campaña del doble relato



Era más de medianoche y escuchábamos a comentaristas estoicos que llenaban el largo compás de espera. Nosotros, como todos, queríamos los datos. "Tal vez no dicen nada porque va perdiendo Scioli", bostezó mi mujer. "Imposible", respondí, conmovido por tanta ingenuidad. Yo confiaba en que habría ballottage, pero los números que soltó el Gobierno minutos después parecían un error: era el mundo al revés. "Te dije", escuché al lado mío. Al rato, otra mujer completó la lección: "Hicimos posible lo imposible". Desde el búnker macrista, la sonrisa de María Eugenia Vidal desarmaba las predicciones de encuestadores y analistas, la resignación de un país que había empezado a despertar sin advertirlo y las ambiciones de un candidato lenguaraz que bien podría haber sido el regalo terminal que nos tenía reservado el relato.

Era eso. Lo que se había quebrado con aquel resultado era la efectividad del relato, ese discurso épico y falaz tras cuya bruma los Kirchner se dedicaron a hacer, durante tres administraciones, lo contrario de lo que declamaban sus palabras.

Tiene sentido, si se lo piensa un poco. Con la candidatura de Scioli, el kirchnerismo alcanzó el cenit de su alienada impostura. Esa apuesta electoral llevó al extremo el divorcio entre lo que se dice y lo que se piensa, entre lo que se afirma y la intención oculta. Para peor, la maniobra fue desplegada con el desparpajo que sólo exhiben los que están más allá de todo o han sido ganados por el síndrome de la decadencia. Y la consecuencia fue fatal: el candidato quedó atrapado en el centro de ese juego perverso, prisionero y protagonista de un drama que lo excedía y que dejó al desnudo su orfandad de palabras, de ideas y de convicciones.

El oficialismo hizo la campaña del relato por partida doble. Por necesidad, por pulsión autodestructiva, porque todo nace y muere en ella, la Presidenta ungió como candidato a alguien que en verdad desprecia. Por eso lo sostiene y al rato lo hunde, en una dinámica esquizofrénica que ni ella misma parece controlar. A su vez, constreñido por esas contradicciones, el candidato abre la boca para ofrecer música a los oídos sensibles de su jefa y su guardia ideológica, pero pretende al mismo tiempo que una parte importante del electorado, la que ahora necesita seducir, adivine en sus palabras y gestos el mensaje opuesto. Quien intenta representar dos cosas incompatibles acaba encarnando la nada. Lo que resta, en todo caso, es una ambición que no encuentra base ni rumbo.

Marcada por el cinismo, la campaña oficial se ha vuelto una pesadilla. Una parte del entorno del candidato cree que cuando la Presidenta sale en su ayuda en verdad conspira para que pierda. Suena increíble, ¿pero quién podría probar lo contrario? La mente de Cristina es un misterio. Tal vez, la Presidenta quiere apuntalar a su candidato y no encontró para eso nada mejor que sus interminables cadenas, la destrucción de la economía y un aspirante flamígero a la gobernación bonaerense. ¿Pensará Scioli ahora que le conviene prescindir de esa clase de ayuda? Según anuncian, se viene un candidato menos sumiso, capaz de poner los puntos sobre las íes, que se muestra "tal cual es". ¿Acaso el tercer relato? "Que nadie se disfrace de lo que no es", advirtió Cristina desde su púlpito, donde pidió por la continuidad del proyecto... a pesar de su candidato. Tantos disfraces se han probado ambos que tal vez ya ni sepan quiénes son.

Aunque no todo está dicho, hemos llegado a la etapa en la que el destino, o su ilusión, empieza a imprimirse en los rostros. Quizá eso explique que Scioli haya pasado buena parte de la semana en boxes, lejos de la exposición pública, y Macri se haya paseado con su equipo por programas de TV y de radio. Dos puntos a favor del candidato de Cambiemos: ni la noche del domingo ni después se entregó a una euforia vana, y se ocupó además de dar cabida a Ernesto Sanz y a Elisa Carrió, artífices también del resultado y referentes de las fuerzas que integrarán la coalición de gobierno en el caso de que Macri se imponga en la última vuelta.

Pero lo importante es que la bruma del relato empieza a disiparse. El cambio que reclaman los votos es reflejo de un cambio en la percepción de la gente. Ni Once, ni Ciccone, ni Hotesur, ni Nisman alcanzaron para correr el velo. Pero quizá la suma de todo eso, más el hartazgo por la pelea, la sombra ominosa del narco y el frío que crece en el bolsillo, entre otros males, precipitaron esta vuelta de página. Hay que ver si en noviembre dejamos este capítulo atrás y estrenamos uno distinto.
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