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Se Agotaron las pelucas en Paraná

"Estás preciosa, Alberto"

Se agotaron las pelucas en Paraná. ¿Por qué los hombres eligen vestirse de mujer? ¿Qué lleva a un medio scrum barbudo a golpear el mostrador de Fedora con el puño cerrado y exigir un par de medias de red XL? ¿Es Paraná un gran clóset?





Pertenezco a la generación de paranaenses que pasó los últimos 10 años pensando de qué mierda disfrazarse en agosto.

Literalmente. Ha sido una década a la sombra de un obsesivo linyerismo burgués, juntando un montón harapos y cartón por las dudas; 10 largos años de ver a Dios en una cinta de embalar gris plateado, de esa carísima que usan en las películas de secuestros y que nuestras madres, hartas, esconden bajo llave.

Los entusiastas del disfraz le ponemos onda, kilos de lentejuelas y remaches. Salimos de casa y los vecinos piden fotos, hablan de nuestra creatividad, nos estudian de arriba a abajo. Algunos tienen luces y hasta sus propios enanos. Somos Hernán Piquín en la final del Bailando. Fabulosos. Sin embargo, cerca de calle Don Bosco ya empezamos a entender que, nuevamente, todo el esfuerzo ha sido en vano.

La creatividad, el esfuerzo, el trabajo en equipo y todos sus nobles valores son aplastados por una murga de travestis que avanzan por la otra vereda a los manotazos, visiblemente mamados desde las 3 de la tarde.

Hay que aceptar que el hombre vestido de mujer es el ancho de espadas de la Fiesta de Disfraces. Cuando los veo venir empujando un bollo de media adentro de un corpiño de encaje siento ganas llorar. “Si yo tuviera pito conquistaría el mundo”, pienso y me indigno, aunque casi nunca lloro porque la hipotermia a la que me expone mi disfraz aparatoso y sin gracia, me anula los lagrimales.

Ni siquiera es por mí, yo puedo con mi angustia, pero ¿alguien puede pensar un momento en el hombre Transformer? Se me arruga el alma como una lata vacía al imaginarlo soldando chapas en el patio y mirando instrucciones al derecho y al revés para encontrarle la forma al bicho. Meses de trabajo y de noches sin dormir, para que todas las miradas, las risas y los aplausos vayan dirigidos a un gordo peludo en minifalda. Y vayan anticipadamente mis disculpas a todos los cultores del humor de Les Luthiers, pero a mí nada en esta tierra me hace reir más que el caminar acrobático de Pachu Peña sobre el taco aguja.

En favor del rigor, escribo este artículo al filo del cierre de la edición del sábado, a pocas horas de la Fiesta de Disfraces y puedo afirmar que en Paraná las pelucas de mujer están casi agotadas. El travestismo de ocasión parece no ser un último recurso masculino, sino una elección a conciencia. Cabe entonces la pregunta: ¿por qué los hombres eligen vestirse de mujer? ¿Qué lleva a un medio scrum barbudo a golpear el mostrador de Fedora con el puño cerrado y exigir un par de medias de red XL? ¿Es Paraná un gran clóset?

Muchos de quienes practican este transformismo probablemente se sientan ofendidos si se pusiera en duda su heterosexualidad solo por el hecho de llevar los labios pintados. Sin embargo, dado lo recurrente, es probable que haya algo de placer, aunque no necesariamente tenga que ver con un deseo sexual insatisfecho. Habrá que buscar entonces otras respuestas y quizás la punta del hilo se encuentre en la prohibición.

En una sociedad como la occidental, de larga tradición judeocristiana, los roles parecen estar incuestionablemente definidos y en ese sentido la ropa supone una manifestación exterior de la sexualidad. La necesidad de transgredir esos patrones establecidos, probablemente sea la principal motivación de un hombre a disfrazarse de mujer. Mamá, papá: soy transgresor. O también todo lo otro.

Rugbier colegiala mata todo, sincerémonos. Estoy un poco cansada de escucharlos decir que no sabían de qué disfrazarse y que esa pollera con picos fue lo primero que encontraron. Por favor, sin vueltas. Sean libres de pedirle al mundo una cartera que combine con sus zapatos; no repriman sus deseos de bailar la cocotera como si no hubiera un mañana. Denlo todo en esa pista. De paso denle un carterazo al que se cree gracioso repitiendo “yo estoy disfrazado de mí mismo”, que ya nos tiene hartos. Quiero ver cientos de Valerias Lynch tomando cerveza del pico. Sean una lentejuela, total mañana nadie se va acordar.

Muchachos, a sus tacos.




Para los despistados, hoy es la Fiesta de Disfraces de Paraná
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