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Se fue a comprar ­cigarrillos y nunca más volvió

“Se fue a comprar ­cigarrillos y nunca más volvió”. ­Hace más de 20 años, era muy común escuchar esa frase en Córdoba. Pero han cambiado tantas cosas que hoy, al descomponer sus elementos, es inevitable encontrarla obsoleta.

La sentencia es toda una historia en sólo nueve palabras, con una trama que implica una suerte de crimen que, si antes era perfecto, en la actualidad es casi imposible de cometer sin terminar preso o defenestrado por la sociedad.

Pero, primero lo primero. Hablamos de alguien que va a comprar cigarrillos para satisfacer un hábito o vicio que en nuestros días sabemos muy dañino para la salud. Antes, sin embargo, no estaba mal visto y hasta generaba cierto estatus, a tal punto que las publicidades de aquel tiempo mostraban a envidiables ganadores de la vida que recorrían el mundo mientras fumaban, como la bella pareja de L&M que conformaban Claudia Sánchez y “el Nono” Pugliese; o el vaquero de Marlboro que, según cuentan, murió de cáncer de pulmón. Esta leyenda urbana tiene bastante de cierto, porque de los 15 actores que lo interpretaron, al menos dos fallecieron por esa causa y otro terminó sus días preso de las asfixias de una Epoc (enfermedad pulmonar obstructiva crónica).

Cuando yo era chico, era muy común que los padres mandaran a sus hijos a comprar cigarrillos, con el permiso de quedarse con el vuelto para una golosina. En mi caso, me gustaba ver las marcas disponibles y el arte de las etiquetas. Me vienen a la memoria las de Colorado y Jockey Club, que eran muy parecidas; las de 43/70 o Imparciales; las de Particulares, con o sin filtro; los John Player Special en etiqueta negra; las de Saratoga, Fontanares, Derby, Pall Mall, Belmont, Chesterfields, Le Mans y todos esos otros que usted está recordando ahora y yo no puedo rescatar de las bóvedas de la memoria.

Eran tan vistosos esos envoltorios que los coleccionábamos y hasta jugábamos a lo que se denominaba “la etiqueta”, un entretenimiento que consistía en poner una o dos cada uno debajo de una piedra, a la que había que tocar con otra piedra desde cierta distancia. El primero que lo lograba se quedaba con todos los envoltorios que estaban en juego.

Pero volvamos a la frase con la que abrimos la columna. ¿Quién sale hoy de su casa sin llevar su celular, con el que pueden rastrearlo de inmediato? Aunque nos hagamos los tontos y lo intentemos, antes de salir vamos a escuchar el grito: “¡Lleva el celu, por las dudas!”. Además, en caso de que logremos evadir esa instancia, a la media hora de nuestra desaparición nos buscarán por las ­redes sociales, y la Policía, Gendarmería, el Ejército y todos los medios tendrán 700 imágenes distintas de nuestro rostro, obtenidas a través de Facebook, Twitter, Lin­kedIn, casillas de correo electrónico, etcétera, incluyendo variantes de nosotros disfrazados en fiestas de casamiento y despedidas de soltero y la versión “vagabundos andrajosos” del día en que egresamos.

Por todo eso, ya nadie puede decir que sale a comprar cigarrillos como excusa para no volver. Otra de las tantas “libertades” perdidas con el progreso de la humanidad.

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