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Si este mercado sigue así, todo consumo es político

Vivir la sociedad anhelada aquí y ahora, ese es el reto. Resistencia, lucha, organización son los caminos. Pero también en los pequeños actos cotidianos podemos disputar poder, podemos apostar por otros modos de producir, distribuir y consumir.



Consumiendo enajenación

Una manzana. Que simple se la ve, para su crecimiento no necesita más que agua y sol. Se la extrae, se la consume... No, no es tan simple.

Pongamos que nuestra manzana llega de Río Negro, lugar que reúne las condiciones adecuadas para su producción. El primer problema aparece cuando vemos que esa manzana, junto a muchísimas otras más, se cosecha en un terreno de unas dimensiones inmensas. Cientos de años atrás probablemente allí habitaban miembros de una comunidad Mapuche, pero luego de aquel genocidio tristemente celebre conocido como “la campaña del desierto”, quedó en manos de algún milico, cuyos descendientes se lo vendieron a algún empresario, y hoy seguramente forme parte de la inmensa cantidad de terrenos que poseen no solo en Argentina, sino en toda Latinoamerica: dos de las más grandes corporaciones que lideran el sector frutihortícola de nuestro país: la transnacional Expofrut S.A., y la local San Miguel S.A., en asociación internacional con el Grupo Fisher.

Frente a semejantes monstruos transnacionales, favorecidos por las leyes neoliberales de desregulación del mercado, la gran mayoría de las pequeños productoras no tuvieron posibilidades de competir. Hoy seguramente muchos de ellas formen parte de los 8000 trabajadoras golondrina que son empleados temporalmente en la provincia de Río Negro entre enero y abril, para luego migrar a Misiones a la cosecha de los yerbatales, o tal vez a Santiago del Estero para el desflore del maíz, emprendimientos que probablemente pertenezcan a las mismas empresas. Las condiciones de este tipo de trabajo, nuevamente gracias a las leyes neoliberales, ahora de flexibilización laboral –que luego de una década de discurso anti-neoliberal siguen vigentes–, son de las más precarias del mercado de trabajo.

Son las manos cansadas de estos hombres y mujeres las que cosechan gran parte de la canasta de frutas y hortalizas que llegan a nuestros hogares. Es la ambición de estas pocas empresas la que se lleva las enormes ganancias que le atribuyen la concentración del suelo y la sobreexplotación de trabajadores.

Continuemos... Esta manzana que tenemos en frente se ve muy linda, con un rojo que nos invita a la degustación, es grande, nos atrae... Pero sobre su piel –imposibles de detectar para nuestros sentidos- pueden existir residuos de uno, dos, tres, cinco o más pesticidas diferentes, en concentraciones muchas veces dañinas para la salud.

La inmensa mayoría de las frutas y hortalizas que consumimos se cultivan con la ayuda de un extenso arsenal de agentes químicos que matan todo tipo de plagas. ¿Pensabas que solo estabas comiendo una manzana? No, con la manzana también nos comemos a Monsanto (mientras que la corporación se deglute nuestra salud).

Tanto en Europa como en Estados Unidos se han sancionado leyes y normas tendientes a que estos productos sean usados de modo de no poner en peligro la salud de los consumidores. Estos reglamentos van perfeccionándose conforme la ciencia conoce más sobre los efectos de los agroquímicos, y cada año se van haciendo más estrictos. Probablemente nuestro continente sea el laboratorio donde se estudia qué tan dañinos pueden ser estos tóxicos. El costo económico y político para las corporaciones transnacionales es mínimo, para nuestra salud incalculable. Llamemos las cosas por su nombre, esto es colonialismo.

La manzana, rociada con agrotóxicos por trabajadoras precarizados en latifundios de corporaciones transnacionales ubicados en la provincia de Río Negro, tiene que distribuirse a todo el país para que llegue a nuestras manos. En algún momento, este viaje era realizado a través del extenso sistema ferroviario público, económico y poco dañino para el ambiente. En algún momento, se nos convenció que los servicios públicos tenían que producir ganancias y que la mayoría de ellos eran deficitarios. Hay que achicar el Estado que es muy costoso, hay que modernizarse. Se venden los trenes, desaparecen montones de estaciones. Ahora los productos que consumimos viajan en cantidades de camiones que atiborran nuestras rutas. Monstruos devoradores de petróleo. Petróleo que ya está escaseando bajo el suelo y que ahora comenzaremos a extraer de modo no convencional, a través de la técnica del fracking


Esos camiones van a ir a parar a los depósitos de alguna de las enormes cadenas de supermercados que se han instalado en todo el mundo, entre las que se destaca Wal Mart, la corporación más grande del mundo, con más de 9.600 tiendas alrededor del globo (el 90% de las tiendas internacionales de Wal Mart operan bajo otro nombre), empleando a 2.2 millones de personas a nivel mundial. Dos de las características más sobresalientes de esta empresa son las políticas antisindicales para todo ese caudal de trabajadores y las estrategias utilizadas al instalarse en nuevas localidades para eliminar a posibles competidores (reducir los precios en el local que se acaba de abrir, yendo incluso a pérdida –costeada por las enormes ganancias de las otras sucursales–, hasta acabar con la competencia de la zona).

Ahora sí, tenemos la manzana en nuestras manos... no sé ustedes, a nosotros no nos dan ganas de comerla.


Alimentarse con organización

La cooperativa “Caracoles y Hormigas” es una de las tantas distribuidoras de productos cooperativos y de la economía social y solidaria. En su presentación nos proponen que “Reemplacemos: Multinacionales X Cooperativas / Supermercados e Hipermercados X Redes de Comercio Justo y Mercados / Ferias Locales; Empresas X Fábricas Recuperadas/ Sojización X Organizaciones Campesinas, Pequeños Productores y Granjas Agroecológicas / Modelo de Agronegocio X Soberanía Alimentaria”
Uno puede entrar a la página, ver si el lugar dónde vive se encuentra en su zona de distribución y encargar algunos de los productos que ofrecen en rubros como alimentación, limpieza, higiene, etc... También podés averiguar por alguna feria justa cerca de tu barrio, o redes de emprendedores que se manejen por tu zona. Las posibilidades de acceder a los productos cooperativos son cada vez más.

La propuesta es reemplazar esa cadena productiva que describíamos al principio por un modo de producir cooperativo, solidario, donde las decisiones se toman en conjunto, no llegan desde un directorio a miles de kilómetros de acá, donde lo que se busca es satisfacer las necesidades de los productores elaborando algo sano para quien lo consume.
Consumir es un acto político, podemos apostar por la vida o favorecer el lucro de unos pocos. En estas pequeñas resistencias podemos empezar a practicar una nueva sociedad. Asumir el control sobre aquello que consumimos, decidir. Contactarse con los productores autogestivos, armar la huerta en algún espacio de la casa, como se pueda, o ¿por qué no? organizar la huerta comunitaria. Juntarse con otros, hacer compras en conjunto...Formar parte de esas cantidades de gente pequeña, que en lugares pequeños y haciendo cosas pequeñas va intentando cambiar el mundo.


De lo pequeño a lo grande en un mismo acto.
De lo grande a lo pequeño con coherencia.


Nota de opinión de Marcos Matarazzi (miembro del Colectivo Alegre Rebeldía).

Más notas e info las podés encontrar en: http://escabullidos.over-blog.com/
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