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Sobre buitres y gusanos

Sobre buitres y gusanos


– Por Agustín Laje



Los gusanos que se comen la Argentina por dentro, acusan a los buitres de comérsela por fuera. Y su prédica tiene éxito; las víctimas de los gusanos, que día a día son un poco más mordisqueadas, un poco más depredadas, se solidarizan con sus victimarios internos. Les creen. Los apoyan. Después de todo, siempre es psicológica y sociológicamente menos perturbante encontrar el mal fuera de casa.

La habilidad de los gusanos es imposible de desconocer: saben despertar en sus propias víctimas eso que algunos llaman “orgullo nacional” que, llamativamente, sólo parece despertarse cuando la nación es afectada por factores externos, y no cuando la atacan desde adentro. Apoyar a los gusanos, para derrotar a los buitres: tal parece ser la consigna que las últimas encuestas de opinión acreditan. Dejar que los de adentro nos coman vivos, ¡aunque los de afuera jamás! La triste paradoja de la fábula es que, degustados por los gusanos o por los buitres, acabamos degustados igual.

Corrupción, impunidad, inflación, devaluación, recesión, aumento del desempleo, desbaratamiento institucional sistemático, destrucción de libertades individuales, populismo. Es la forma en que los gusanos, que acusan a los buitres, comen por dentro. Y poco de todo esto parece importar en estos momentos. ¿Qué más podían pedir los gusanos, que el ingreso a escena del chivo expiatorio sobre el cual redirigir las miradas de los engullidos?

Y es que esto debe ser dicho de una vez y por todas: los buitres son políticamente funcionales a los gusanos. Los datos empíricos hablan por sí solos: tras una sostenida caída en la popularidad de Cristina Kirchner desde fines de 2012 hasta hace dos meses, la tendencia se ha revertido abruptamente a causa del conflicto con los holdouts. En efecto, la última encuesta del Centro de Estudios de la Opinión Pública ha revelado que la imagen positiva de la Presidente supera en el día de la fecha el 54%, mítico guarismo que se convirtió en banderín kirchnerista tras el triunfo del mejor año del gobierno: 2011.

Eso no es todo. La misma encuesta ha constatado que incluso la imagen del ministro de Economía, Axel Kicillof −quien hasta hace poco no podía hacer uso del buquebus sin ligarse un escrache espontáneo propinado por los usuarios del servicio− ha visto mejorar significativamente su imagen. Tanto, que incluso otro gusano, el neonazi Luis D’Elía, lo propuso como candidato presidencial del kirchnerismo desde su Twitter.

Los cambios del humor social y las tendencias políticas en Argentina resultan sorprendentes. Sorprendentes en un mal sentido, por supuesto. Y es que hablan de lo manipulable que puede ser un pueblo, de la volatilidad de sus valores, de la inestabilidad de su dignidad, de la contingencia de la conciencia crítica.

Los gusanos, que habían sido puestos al desnudo frente a sus víctimas, que habían sido descubiertos en sus andanzas (verbigracia: Amado Boudou, Lázaro Báez, Felisa Miceli, Ricardo Jaime, Hebe de Bonafini, etc.), ven en los buitres una oportunidad única para reimpulsar su relato, ese relato según el cual todos son malos, menos ellos. Ese relato según el cual la Argentina, pura e impoluta, “con buena gente” como reza el nuevo eslogan kirchnerista, está sometida a las oscuras fuerzas foráneas del mal.

Y la épica, dada por perdida por muchos, se reaviva y vuelve a llenar los corazones (no los cerebros) de aquellos que necesitan articular su identidad social y política a partir de relaciones de enemistad, al fiel estilo de la manera en que explicaba la constitución de lo político el jurista nacional-socialista Carl Schmitt. Atacados por las fuerzas foráneas del mal, somos más argentinos que nunca; defendidos por las fuerzas nacionales y populares del bien, somos más kirchneristas que nunca.

Pero no sólo épica les confieren los buitres a los gusanos; sobre todas las cosas, les confieren la carta de la liberación de culpas: una carta con la cual, a partir de ahora, todo mal interno podrá ser referenciado y explicado a partir de los carroñeros que nos comieron desde afuera. Y transcurriendo el último año del kirchnerismo, se trata de una carta valiosísima para el triunfo de su relato y la manera en que la historia explicará en términos de pasado, lo que ahora constituye nuestro presente.

Al final de cuentas los buitres resultaron ser funcionales a los gusanos, en esta fábula espantosa que pone de relieve las dimensiones zoológicas que ha adquirido nuestra sociedad.

(*) Agustín Laje dirige el Centro de Estudios Libertad y Responsabilidad (LIBRE), es autor del libro “Los mitos setentistas” y coautor del libro “Cuando el relato es una farsa”.





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