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Tengo, luego existo

Queria compartir con uds esta editorial del diario critica, que me pareció muy buena ya que nos describe bien, la sociedad en la cual estamos insertos.

Saludos

Tengo, luego existo


Hay que tener. No importa exactamente qué pero ya: celulares chiquitos, chatitos y luminosos para estamparlos a las orejas y caminar por la calle como zombi que habla solo, y así estar disponible las 24 horas y responder monosilábicamente en el tren, el colectivo, arriba de la cinta del gimnasio o mientras uno se derrite en el sauna. Hay que tener una cámara fotográfica para ir a recitales, fiestas de cumpleaños y boliches y llegado el momento desenfundarla, dirigirla y apuntar guardando así en un disco duro -y no en la memoria- un recuerdo, la constatación digital de que uno “estuvo ahí”, donde había que estar (o si no no se es nada), para, al día siguiente, demostrárselo a todo el mundo -esto es, amigos, pseudoamigos, compañeros de trabajo, jefes- subiendo un videito fugaz y borroso a Youtube.

Hay que tener revistas, libros, diarios que se compran, hojean un rato y, bajo el grito de “después los leo”, se arrojan sobre la cama o el escritorio donde se acumulan hasta formar mesetas, montañas y cordilleras.

Hay que tener novia o novio en el día de los enamorados, amigos en el día del amigo, hijos en el día del niño. Hay que tener para ser. La lógica acumulativa rebalsó hace tiempo el concepto algo viejo y academicista de “propiedad”. No se trata solamente de tener un objeto, un iPod, un iPhone, aquel jean desteñido y tajeado de 360 pesos, aquella remera-mamarracho con una etiqueta que empieza en “Ben” y termina en “Simon” o las zapatillas diseñadas en Nueva York, hechas en Tailandia y vendidas por un aspirante a modelo en un outlet de Scalabrini Ortiz y Córdoba.

Se tiene para mostrar y hablar acerca de lo que se tiene. O al menos para despertar frases que destilan envidia como “¿dónde lo compraste?”, “¿cuánto te salió?” o “a mi hermano le trajeron uno igual de Miami”, mientras que el que las pronuncia se muerde el labio inferior y sale disparado para tipear en su computadora www.mercadolibre.com.ar y buscar ofertas de productos similares que exceden holgadamente su presupuesto.

El mandato moderno pasó de orbitar el objeto a centrarse en el medio. La tecnología abolió distancias, acortó los tiempos, aminoró paciencias, multiplicó los casos de miopía y consagró tanto a los puentes de comunicación fugaces (MSN y mail: Gmail, Hotmail o Yahoo) como a las ventanas de exhibición, las “tecnologías del yo”, en las que se tiene mostrando: blog, Fotolog, Twitter y Facebook, aquel gran buchón cibernético donde cosechar contactos, ya sea el vecino de la vuelta, la compañerita de sala de tres que no se la ve desde hace 25 años o al amigo del amigo del hermano que vive en Turquía.

Las imágenes de felicidad varían con los años tanto como el color que, vaya a uno saber por qué, “se pone” de moda: el verde, el amarillo patito o el actual y omnipresente violeta que exhiben las “chicas uva” -dícese de todas aquellas mujeres monocromáticas que abusan de dicho color para maquillarse y adornar sus cuerpos- en escaleras mecánicas de shoppings, pasillos de universidades, calles, en fin, en todas partes, en cada rincón de una redacción, una ciudad o el país entero.

Como señala el historiador estadounidense Darrin M. McMahon, la felicidad fue considerada un bien divino durante la Grecia Antigua y de ahí mutó: fue vista como capricho del destino, premio a una conducta excepcional, un estado a alcanzar después de la muerte o en la vida misma. Hoy, en cambio, la publicidad -aquel género discursivo por muchos subestimado que sirve de termómetro del estado de la percepción e imaginación de una sociedad en determinado momento histórico- empuja a creer que la felicidad está únicamente en el “estar conectado”, en el tener un celular, tener Internet: “connecting people” (Nokia), “Speedyficate” (Speedy/Telefónica) o cualquier apelación a la velocidad fortuita que acentúa el culto a lo fugaz (como los spots de Fibertel: “Si tu internet va más rápido, vos también”).

Clickear, loggearse, messengerear desde la cancha de fútbol, estar online. Siempre: cuando se duerme, cuando se va al baño, cuando se estudia y cuando se trabaja. La realidad virtual dejó de ser totalmente virtual para ser una realidad a secas que no pregunta si no que obliga. Al que tiene y al que no, también.


Federico Kukso



http://www.criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=8625
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