Popular channels

Tomás Abraham, el pensador

Tomás Abraham, el pensador

Nació en Rumania antes del fin de la Segunda Guerra, se crió en Argentina y a mediados de los '60 se instaló en Francia para estudiar en la Sorbona. Hoy, trabaja en un proyecto político-cultural junto al gobernador de Santa Fe, Hermes Binner.



Tomás Abraham habla sin pelos en la lengua a través de distintos medios. Un diario, un programa de televisión, un ciclo radial o una página de internet le resultan igualmente idóneos para transmitir sus ideas. Su farol en la oscuridad tal vez sea el filósofo Michel Foucault, uno de los profesores que tuvo en los ‘60 mientras vivía en Francia. Sin embargo, no todo es filosofía en el universo de Abraham. Durante 20 años, estuvo al mando de Hilos Tomasito, la empresa que fundó su padre y que fue vendida luego de la crisis que atravesó el país en 2001.

En la actualidad, publica una columna política los sábados en Perfil, participa en los ciclos radiales de Víctor Hugo Morales y Mario Mactas –ambos, emitidos por Radio Continental–, asiste a programas de televisión cada vez que lo invitan –hace poco, estuvo en TVR y sus declaraciones causaron bastante revuelo– y escribe diariamente en su portal de internet y en su blog. Según dice, desea que el futuro lo encuentre enseñándoles filosofía a los paseantes en una plaza.

El extranjero



Tomás Abraham llegó a Buenos Aires en 1945, cuando tenía sólo dos años, luego de abandonar Rumania con sus padres. Se crió en el barrio de Flores y cursó la primaria en el colegio Sarmiento mientras en su casa aprendía húngaro y algunas palabras de alemán. Su paso por la secundaria fue traumático debido a su tartamudez; trataba de obtener la máxima nota en los exámenes escritos porque en las pruebas orales siempre le iba mal. Luego de un fugaz paso por la Universidad de Buenos Aires, Abraham partió a Francia para estudiar Sociología y Filosofía.


¿Por qué te fuiste a estudiar a Francia a los 19 años?

Yo estudiaba Sociología en la UBA en la época de la Noche de los Bastones Largos. Militaba en un grupo político de izquierda y todavía era apátrida (no era rumano ni argentino). Tenía un pasaporte especial para extranjeros y la policía me aseguraba que, si caía en cana por alguna persecución, sería expulsado del país. Eso se vivía mal en mi casa. Entonces, me fui a París. No sabía francés y no conocía bien la ciudad. Empecé a cursar la carrera de Sociología en La Sorbona en el ‘67.

En esa época, se vivían grandes conflictos políticos en Francia. ¿Eso se reflejaba en las clases?

Las clases eran apolíticas, anticuadas y burocráticas. Los profesores eran pésimos y los estudiantes pertenecían a una generación en que la militancia se había debilitado por circunstancias de la política francesa. Existía un grupo comunista totalmente desoído por los alumnos, los trotskistas eran una minoría y la actividad académica era soporífera.

¿Te aburrías, entonces?
No. Me conecté de inmediato con instituciones filosóficas que estaban a la vanguardia, como la École Normale Supérieure, donde daba clases el filósofo Louis Althusser. Aprendí francés a toda velocidad y estudié a Marx, a Foucault, a Lacan, a Derrida…

En 1968, participaste del Mayo Francés.

Fue un evento enorme y lo disfruté muchísimo. Me involucré, salí a manifestar a las calles y descubrí a una juventud antes dormida que, bajo la tutela de Daniel Cohn-Bendit (un gran líder de 22 años al que admiré y seguí), propuso cosas novedosas.

Durante tus seis años de estudio en Francia, ¿visitabas Argentina?

Volví un par de veces a cumplir con la típica visita familiar. Miraba lo que sucedía acá y retornaba cuanto antes.

Imagino que el contraste entre un país y otro era fuerte.

En efecto. Aquí, el ambiente era muy careta. Los de mi generación parecían señoritos y señoritas bien vestidos y yo venía de vivir la época del ácido lisérgico, la contracultura y el hippismo. Si eso llegaba a Buenos Aires, llegaba como una cosa muy formal, como una imitación cholula. Además, en Argentina se vivía un clima de censura; por eso, no extrañaba y, cuando venía, deseaba volver cuanto antes a mi libertad.

¿Qué hiciste al terminar tus estudios en La Sorbona?
No quería quedarme en Francia. Luego de Mayo del ‘68, me encontraba en un estado de crisis “psico-urbana”. Entonces, me fui a Normandía –una región al Norte del país– y alquilé una casa de campo con el escritor Rafael Pividal, que había sido mi primer profesor en La Sorbona. Dábamos clases de Filosofía en la École des Roches, un colegio privado muy paquete. Además, cuando estaba sobrio, jugaba al fútbol en un equipo de la segunda división regional. Luego, en 1970, ya con ciudadanía argentina, me compré una combi y manejé desde Múnich hasta Tokio pasando por países como India. Ese viaje duró un año.

¿Cómo fue la experiencia de vivir en Tokio?
Me quedé sólo unos meses. Allí se podía vivir con bastante facilidad. Me mantenía enseñando inglés, castellano y francés. El problema era que me sentía en Júpiter: no entendía el idioma y estaba rodeado de personas que pertenecían a otra cultura, con lo cual debía crearme una suerte de microclima. En un momento, me quedé solo y no la pasé bien. Además, caí enfermo porque arrastraba un estado de debilitamiento orgánico muy fuerte después de mi paso por India. Me hospitalizaron y tuve que pedirles auxilio a mis viejos, que me fueron a buscar y me trajeron de vuelta a Buenos Aires.

Los gritos, el murmullo



Tras residir en distintas ciudades, Tomás Abraham encontró su lugar en Buenos Aires y poco a poco retomó los estudios y las ganas de escribir. Unos años después de su vuelta al país, fundó el Colegio Argentino de Filosofía y el Seminario de los Jueves, un grupo de aficionados a la filosofía que se reúne todas las semanas desde hace más de dos décadas y con el que publicó cinco libros (el más reciente es La máquina Deleuze).

¿Por qué decidiste quedarte a vivir en Buenos Aires?
Porque éste es mi lugar. Di muchas vueltas por el mundo y me sentí desarraigado. Ahora tengo mis raíces acá.

¿Te sentís porteño?
No, para nada. Me siento argentino. El porteñismo me da por las pelotas. Me molestan el machismo, el griterío, la fanfarronería, el compadritismo… Buenos Aires no es la mejor ciudad ni la más linda, pero es la ciudad en la que vivo.

En 2008, cumpliste 25 años al frente del Seminario de los Jueves, que definiste como “una conversación entre amigos”. ¿Qué es la amistad para vos?
Es necesario establecer una diferencia entre la amistad filosófica y la amistad tal como la conocemos. La amistad filosófica está en el origen mismo de la filosofía, que nació como una actividad que no se diferenciaba de los diálogos que concebía Platón. La amistad es un problema complejo y necesario. Tengo amigos y amigas. Comparto los temas más sensibles y angustiosos con mis amigas porque las mujeres se asustan menos que los hombres, que son más limitados y pudorosos.

¿Qué te lleva a escribir?
La escritura forma parte de mi vida. Escribo para expresarme y porque preciso sacarme las palabras de la cabeza. Todo el tiempo estoy pensando en qué voy a escribir y escribo para ver qué pienso. Estoy en una situación de permanente murmullo: investigo los temas que me interesan y estoy atento a lo que pasa alrededor. Como doy clases y conferencias, entre la escritura y el pensamiento se forma un entramado inseparable.

En tu blog, Pan rayado, publicás artículos sobre filosofía, sobre política y sobre cine. ¿Vas al cine con frecuencia?
No. Veo películas en casa. No necesito la pantalla grande, el pochoclo ni la oscuridad. Las películas que se proyectan actualmente no me interesan. En realidad, sólo voy al cine cuando dan algo de Woody Allen o de Francis Ford Coppola.

Seguís a cargo de una cátedra de Filosofía en el Ciclo Básico Común de la UBA. ¿Creés que la institución necesita una reforma?
¡No necesita nada! La UBA es como el Peñón de Gibraltar: se manifiesta frente a nosotros tal cual es. ¿La playa Bristol necesita algo? No. La UBA tampoco. La institución se ha convertido en un fenómeno natural. No necesita más o menos alumnos, más o menos profesores, no debe ser paga ni gratuita. La UBA es inmodificable. Si a alguien no le gusta, que funde otra cosa, el EVO o el UBO.

Bueno, ya existe la Facultad Libre de Rosario, en la que das clases.
Es cierto. La Facultad Libre es una entidad que invita a un cuerpo de profesores, escritores, cineastas y dramaturgos a dictar clases o comunicar sus experiencias sin ningún tipo de restricción académica, sin exigencias de tipo curricular y con una cuota muy baja (la propuesta está subvencionada por la intendencia socialista de Rosario).

¿Cómo fueron tus clases ahí?
A cara de perro y exigiéndoles a los alumnos que lean a Hegel y a Kant, como en cualquier otra institución. El problema es que no hay una devolución ni se piden monografías, con lo cual se les hace muy cómodo y fácil a los estudiantes –en definitiva, se trata de oyentes–. Es lógico que haya desventajas como ésa porque estamos hablando de una experiencia muy nueva en Argentina y en el mundo.

Plaza pública



“Pensar la actualidad no es una tarea científica porque en ella nada es previsible. Como decía Maquiavelo, la política es hija de la fortuna”, expresa Abraham. Actualmente, el filósofo se dedica de lleno a estudiar la política argentina y trabaja junto al gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, para formar una nueva alternativa de gobierno.

Estás en contacto con Binner desde hace tres años. ¿Lo asesorás en ciertos asuntos?
Aunque no soy su asesor, compartimos una mirada y algunos proyectos. Se trata de un hombre que me genera confianza y eso ya es mucho decir. Me agradan su modo de ver las cosas, su pensamiento y su proceder. Además, me obliga a profundizar mi visión sobre la política. De algún modo, él me asesora a mí porque está trabajando permanentemente en el terreno, enfrentando conflictos y buscando soluciones. Creo que esa experiencia enriquece la actividad intelectual.

¿Por qué dijiste, en su momento, que el conflicto entre el campo y el gobierno trascendía la coyuntura económica del país?
Argentina se encuentra sumergida en una crisis que va más allá de los conflictos económicos. Hay una corriente subterránea muy profunda, de carácter inconsciente, que afecta a la cultura y a la educación.

¿En qué sentido?
Me refiero a que los argentinos estamos de acuerdo y ése es el problema. Más allá de los quilombos, las puteadas, el griterío y la histeria, ¡caemos en picada todos juntos por el mismo tobogán! Algunos se enriquecen y muchos se empobrecen; unos sacan el dinero del país y otros lo pierden dentro. Los argentinos siempre nos ponemos en el lugar de la virgencita violada: fuimos despojados por Menem, por la dictadura, por Roca, por los ingleses, por los yanquis…

Néstor Kirchner utilizó ese imaginario.
Claro. Él vociferaba “¡¿no somos todo lo que podemos ser?!”. Creemos que somos un país rico, que tenemos de todo y que podemos ir a cualquier lado, pero que no nos dejan. Esa idea nos tira para abajo. Por eso hablo de crisis cultural y educativa.

¿Qué pensás de Alfredo de Angeli?
Si bien creo que tres Scioli no valen un De Angeli, dudo que surja algo del titular de la Federación Agraria de Entre Ríos. Se pasa de rosca y sólo piensa en su sector, no tiene una visión política nacional (no tiene por qué tenerla y él no presenta su discurso en esos términos). La gente necesita idolatrar a alguien, sea Dolores Barreiro o De Angeli.

¿Y por qué algunos sectores “idolatran” a De Angeli?
Él es un líder que logró tener muy buena comunicación con la gente. Se manifestó en forma muy abierta y lo que dijo contrastó con los discursos preparados, apócrifos y falsos de los políticos, de todos los políticos. Los del campo se decían “partícipes” de la riqueza nacional y decían que el gobierno estaba siendo injusto. Clamaron eso todo el tiempo y la gente los entendió porque fue una protesta auténtica. La gente vio que del otro lado mentían, inventaban hospitales, decían que la soja nos envenena, que había golpistas por todas partes.

Ahora, “el campo” se está organizando para formar un partido político.
Insisto: ellos sólo buscan defender sus intereses. No impulsan un pensamiento político nacional. Para eso, hacen falta dirigentes políticos y sociales y que las instituciones y el congreso funcionen. Me pareció saludable este conflicto para ponerle un límite a la soberbia impostada del gobierno. Hace cinco años, no se sabía quiénes eran y ahora se consideran los monarcas de la política en Argentina.

Hay quienes aseguran que en la actualidad sólo el peronismo puede gobernar este país. ¿Qué opinás?
Eso no tiene ninguna importancia. Hay que dejar de lado las etiquetas. Los políticos que conocíamos tuvieron malos resultados. Por otra parte, la estructura peronista es gremial. Sin gente como Moyano, ¿qué es el peronismo?

Dictás clases en Rosario y tenés proyectos en común con Hermes Binner. ¿Te parece que puede surgir un cambio desde Santa Fe?
No, eso es casual. He ido durante mucho tiempo a Rosario y no me resultaba muy simpático. Esa especie de “guevarismo” polvoriento y la nostalgia “menottista” no me gustaban. No soy de ese palo. Lo conocí a Binner, por una circunstancia azarosa, en la provincia de San Luis. Luego, tomé contacto con los socialistas y con la gente de la Facultad Libre de Rosario.

¿Cómo ves a los medios tradicionales en relación con internet?
Internet es una herramienta de información y expresión infinita. Los medios convencionales –la radio, la TV, los diarios– están muy pobres: cuando consiguen alguna excitación por la crisis del campo o por algún crimen, no ofrecen mayores cosas que despierten mi interés. Creo que los medios pueden tener distintos usos. Yo los uso para pensar y, por eso, no me importa lo que me digan sino lo que yo haga con eso que dicen. En internet, no me divierto ni navego; para mí, se trata de una herramienta para nutrirme de información y escribir.

Has sido invitado a varios ciclos televisivos (el de Chiche Gelblung y el de Luis Majul, entre otros). ¿La TV te excita o te genera miedo?
En la televisión me siento tan cómodo como acá, en mi estudio; es decir, hablo libremente y digo lo que pienso. Quizá a veces me precipito porque sé que la televisión maneja tiempos muy cortos y de repente tengo mucho para decir.

Hace poco, te invitaron a TVR y expresaste tu enojo con respecto a un informe. ¿Por qué vas a los programas de televisión masiva?
Mi trabajo filosófico consiste en pensar lo más rigurosamente posible y los canales son varios: escribo en libros, en diarios y en mi portal de internet y también me expreso cuando hablo en las entrevistas (sean radiales, televisivas o escritas). Un día, me sentaré en una plaza y les daré clases de Filosofía a los que pasen.

Fuente: http://entretenimiento.latam.msn.com/articulo_g7.aspx?cp-documentid=13160066
+2
0
0
0No comments yet