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Ultima noticia: Argentina campeon mundial 86


En México 86 Argentina llega a la cima y Maradona deslumbra

Una Selección criticada que, sin embargo, fue creciendo en cada partido consiguió para Argentina y por segunda vez el título de campeon mundial. Pero en México se vio quizas al mejor Maradona de todos los tiempos. El protagonista de un mito que la pasión del fútbol sigue alimentando.

Miguel Angel Bertolotto.






Jamás se sabrá ciertamente cuántas cosas pasaron por su cabeza en esos 10,6 segundos para llegar a la perfección. Jamás se sabrá, tampoco, a qué velocidad pasaron esas cosas, un tiempo seguramente aún menor a lo poquito que duró la incomparable exhalación de habilidad, talento, repentización, inventiva, destreza, guapeza, rapidez. Y belleza, más que todo. Porque si el fútbol siempre fue bello, nunca fue tan bello. Nunca.

Jamás se sabrá en qué sueño de purrete, en las noches pobres de Villa Fiorito, soñó con tantos adversarios desparramados, con tantos amagos imaginados y concretados, con tantos corazones y ojos pendientes de su marcha de 53,5 metros hacia la gloria.

Jamás se sabrá por qué esos ingleses, vestidos de blanco, parecían muñequitos de metegol, parados, quizás obnubilados por la misma admiración que profesaban los 114.580 privilegiados que contenían la respiración en el hirviente Azteca.

Jamás se sabrá por qué secretos de la mente los nombres de esos mismos ingleses, antes ignotos, quedaron guardados en algún recoveco de la memoria como partícipes necesarios de la inédita obra. Bearsdley, Reid, Butcher, Fenwick, Shilton, Stevens.

Jamás se sabrá por qué, de golpe, esos varios millares de maravillados espectadores dejaron de ser mexicanos, españoles, colombianos, británicos, japoneses, uruguayos, marroquíes, y se transformaron en ciudadanos "maradonianos". Y se abrazaron unos con otros. Y lloraron.

Jamás se sabrá por qué uno —conmovido testigo, agradecido como nunca a la bendita profesión— no podía salir de su estatismo (el de todos), no conseguía abandonar su perplejidad (la de todos), no lograba abarcar la decena de sensaciones que lo rodeaban en el palco de prensa. Jamás se sabrá por qué uno, a diecinueve años de aquel soleado 22 de junio, todavía se acuerda hasta de qué color eran las medias que tenía puestas.

Jamás se sabrá por qué en ese abrasador domingo mexicano, con las mejillas humedecidas y la mirada vidriosa, más de uno coincidió en un pensamiento, en un sentimiento, en una plegaria, seguramente en una herejía: "He visto a Dios".

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México, Distrito Federal, 1986. Allá en el Club América, en el mediodía del viernes 6 de junio, Diego Maradona, a solas, me entregó una confesión esperanzada: "Ojalá que éste sea mi Mundial, pero que también sea el de Argentina. Así ganamos todos". Con diez años de Primera División, cuatro en el fútbol europeo y 25 de edad, Maradona pisó tierra mexicana con dos ideas fijas: ser campeón mundial y apoderarse del cetro de Pelé, vacante y con un par de aspirantes más: Zico y Platini. Después de la frustración de los 17 años —César Menotti lo dejó fuera de la Copa del Mundo del 78— y del desconsuelo en España 82, Diego sabía que en México podía acceder a la cumbre. "Ahora o nunca", debe de haberse impuesto cada vez que apoyaba la cabeza en la almohada. Llegó afilado, en lo físico y en lo futbolístico. Llegó con su experiencia europea, clave para aguantar la marca pegajosa y violenta. Llegó mimado por todos, sin las batallas por el vedettismo que solía librar (inconscientemente o no) con Menotti; Carlos Bilardo, con criterio, resignó protagonismo, pasó a segundo plano, y lo elevó a Diego al primer escalón. Llegó con hambre de gloria y ganas de demostrar que esa criticada Selección podía ser campeona. Llegó él y en México se desató la "diegomanía". O la "maradonitis".

Pasaron coreanos (3-1), italianos (1-1) y búlgaros (2-0). Diego cumplía, pero no brillaba. Con Uruguay, en los octavos (1-0), el duende de la zurda surgió en casi toda su dimensión. El casi es porque faltaba la mejor poesía, ante Inglaterra (2-1 en cuartos). Porque quedaba un nuevo acto majestuoso, ante Bélgica (2-0 en las semis, con otros dos gritos personales). Porque restaba el cierre de oro, contra Alemania (3-2 en la final), la tarde que desembocó en la vuelta olímpica, paseado en andas, copa dorada en manos. Sueño de pibe cumplido, mágico.

Con los ingleses patentó una de sus frases antológicas: "La mano de Dios", producto del primer gol, cuando se anticipó al arquero Shilton para mandarla a la red con su puño izquierdo, mezcla de picardía de potrero y de viveza criolla. El otro conejo sacado de la galera lo registró la historia como "El día del gol", por aquella pintura como la que no hubo (ni habrá) otra igual. El arte de Diego pudo con todo y con todos. Pudo cambiar las hostilidades y los silbidos —esa Selección siempre jugaba con la gente imparcial en contra— por admiraciones y respetos. Pudo con los empedernidos alemanes, que se levantaron de un 0-2 (frentazo de Brown, corrida de Valdano) para arribar a un increíble 2-2, pero no fueron capaces de frenar la asistencia postrera a Burruchaga para que su socio la trocara por gol y por título. Pudo empujar, por capitán y por corajudo, a sus compañeros para que pusieran el alma y la vida en ese broche de fantasía.
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