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Una Libia devastada es el saldo tras 4 años de la invasión


Tras cuatro años del asesinato del líder libio, Muammar Al Gaddafi, por parte de los grupos separatistas libios apoyados por Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), la situación en Libia es desoladora: medio millón de desplazados, la división del país entre las facciones que se disputan el poder político en Trípoli y Tobruk, y una economía que, después de haber sido la primera del continente africano con una producción de 1,6 millones de barriles de petróleo diarios, tiene una población empobrecida que se sustenta con un bombeo de apenas 450.000 mbpd.

El homicidio de Gaddafi, perpetrado el 20 de octubre de 2011, ocurrió en Sirte. Los videos, ampliamente divulgados en Internet, mostraron la brutalidad del hecho. El líder libio recibió tiros a quemarropa en el estómago y en la sien, aunque estaba desarmado y rogaba que no le dispararan.

El asesinato de Gaddafi constituía un atropello a la vida, alentado por el gobierno estadounidense, para hacerse con el 40% de las reservas de petróleo liviano del continente africano.

Las versiones de los asesinos del autodenominado Consejo Nacional de Transición (CNT) aseguraban que Gaddafi había muerto “en fuego cruzado”, pero las evidencias fueron suficientes para que la Organización de Naciones Unidas (ONU) solicitara una investigación, en vista de que las ejecuciones -como la cometida contra el líder libio- contravienen el derecho internacional.

La misma semana del homicio de Gaddafi, se produjo la matanza de 53 personas, partidarias del líder libio, que habían sido asesinadas en masa en un hotel por las fuerzas que concretaron el derrocamiento de la Revolución Libia.

El gobierno ruso, en palabras de su canciller, Serguéi Lavrov, condenó la sanguinaria ejecución del líder libio: “No se le debía haber matado de ninguna de las maneras”, dijo, tras exigir respeto para el derecho internacional y el derecho humanitario.

Por su parte, la entonces secretaria de Estado, Hilary Clinton, tuvo una reacción diametralmente opuesta a la de Rusia: Una carcajada. Cuando recibió la noticia del asesinato de Gaddafi, la diplomática estadounidense se encontraba en una entrevista televisiva y se echó a reír justo después de pronunciar la frase: “fuimos, vimos, murió”.

Las potencias colonialistas que impulsaron la intervención en Libia fueron optimistas. El gobierno francés se apresuró a llamar a una “campaña de unidad y reconciliación”, mientras que Estados Unidos aseguraba que iniciaría “una nueva era” para el país norafricano.

“La muerte de Gaddafi cierra una página para los libios y señala el inicio de un proceso democrático”, declaró en un comunicado el entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy. Su par estadounidense, Barack Obama, aseguró que el homicidio del líder libio era su “destino inevitable”.

En la actualidad, varios de los países que promovieron el conflicto en Libia han querido involucrarse para promover un diálogo en ese país, pero sus gestiones han resultado infructuosas. Este lunes, mediante un comunicado difundido en París, los cancilleres de Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Qatar, Túnez, Turquía, Argelia y los Emiratos Árabes Unidos, llamaron a adoptar un acuerdo político negociado por el representante especial de las Naciones Unidas, el español Bernardino León.

Los ministros de Exteriores, reseña Europapress, exhortaron a participar en el diálogo y “aprovechar esta oportunidad de poner fin a la inestabilidad”. Pero ni el gobierno constituido por los asesinos de Gaddafi ni las facciones que siguen leales a la Revolución Verde aceptan los términos de un acuerdo que se ha negociado de manera unilateral por la ONU.

La respuesta de Naciones Unidas ha sido amenazar con sanciones a quienes “impidan” el proceso de “transición” en Libia, país que supuestamente transitaría a la unión, la libertad y la democracia después de la muerte del líder libio. Cuatro años más tarde, ninguno de los augurios de Occidente se ha cumplido.
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