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Uruguay: ¿qué pasó anoche?

Uruguay: ¿qué pasó anoche?
Cada 24 de agosto se celebra en Montevideo “La Noche de la Nostalgia” y sale a la calle más gente que cualquier otro día del año. Entre hits oldies, te contamos qué bares y fiestas recorrer en esas horas surrealistas cruzando el charco.



 


Nota de Lonely Planet
Montevideo tiene fama de gris y melancólica. Marcada por los atardeceres en la rambla, la Ciudad Vieja, el clima nebuloso del puerto y la tranquilidad de los propios uruguayos –que caminan termo bajo el brazo como si los relojes no existieran–, la capital charrúa da la razón a estas cualidades que se nos vienen a la mente a muchos cuando pensamos en cruzar el charco. Pero claro, Victor Hugo (el poeta, no el relator yorugua) decía que “la melancolía es la felicidad de estar triste”, y hay un mes en el año, especialmente, en el que los montevideanos confirman esto e inclinan la balanza para festejar, teñir el gris de colores y bailar al ritmo de la magia de antaño. Cada 24 de agosto se celebra en Montevideo La Noche de la Nostalgia y todos salen a la calle, incluso más que el Día del Amigo, incluso más que el Día de la Primavera, incluso más que en Año Nuevo. Todos salen y vale la pena, tanto como vivir el clima festivo que hay durante todo agosto palpitando esa noche, la previa más larga que se haya visto. Todo empezó allá por 1978. El flamante propietario de la radio CX-32 Radiomundo, Pablo Lecueder, decidió hacer una fiesta para promocionar la emisora y su programa en particular, dedicada a los viejos hits, y estalló la convocatoria. Treinta y seis años más tarde, sentado en su oficina de Radio Océano (que supo ser el boliche más importante de décadas pasadas, Zum Zum), un Lecueder canoso pero jovial confiesa que nunca se imaginó que iba a pasar una cosa así con su idea, pero que evidentemente dio en la tecla de la idiosincrasia uruguaya. De esa fiesta a esta parte pasó de todo. Hoy en día la fecha fue declarada por ley Noche de la Nostalgia y lo tiñe todo durante todo el mes: los locales están decorados en torno a esta temática, los restaurantes hacen menúes especiales, los hoteles alojamiento tienen más reservas que nunca, se vende más lencería que en el Día de los Enamorados, las clases en los gimnasios son con música oldie, las radios solo pasan canciones de otras décadas, las casas de cotillón estallan en ventas y las fiestas se multiplicaron al infinito y más allá. En la noche de la nostalgia todos salen, y todo vale.
Álvaro Risso es alto y elegante, y con esa compostura sofisticada se mueve entre las enormes bibliotecas de madera oscura y las mesas llenas de libros, como un pez en el agua. Algunos de esos libros son nuevos, pero la mayoría tiene las hojas amarillentas y ese aroma característico que toma el papel con el paso de la edad. Por lo visto, este lugar no escapa a la nostalgia uruguaya. La librería se llama Linardi y Risso y fue fundada hace exactos setenta años, en 1944. Álvaro es el hijo del Risso fundador y defiende el apellido siguiendo adelante con la librería, especializada en materiales latinoamericanos y libros raros, y además con un sello editorial propio para editar a autores uruguayos. Risso Hijo es un apasionado de lo que hace, pero ya no se encariña con cada una de las gemas ordenadas en los estantes: “Colecciono más o menos; uno acá se acostumbra a que todo se vaya”, confiesa melancólico. Sin embargo, aún no se le fueron de las manos algunas primeras ediciones del pintor local Joaquín Torres García, ni las de Felisberto Hernández ni las de Juan Carlos Onetti, así como otras de argentinos, tales son los casos de Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Para mostrármelas, Álvaro las toma con delicadeza de cirujano, haciendo gala de una sabiduría adquirida, como la de un samurái que sabe manejar un sable. “Soy librero por herencia y por vocación. Tengo la suerte de que sea una pasión”, me dice mientras me invita a ver los libros de visita. Increíble: no solo en las estanterías están los nombres importantes. Voy pasando las páginas de un cuaderno enorme y veo que por ahí andan las firmas de Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte y Eduardo Galeano, entre otros. Eso y unos veinte mil libros impresionan al más intelectual.
Si conocés el Milongón conocés Uruguay” reza una fachada iluminada. Queremos conocer Uruguay, así que entramos, pasamos un salón lleno de tambores y salimos a otro, donde nos muestran nuestra ubicación en una de las mesas bien puestas del lugar. Frente a nosotros, un escenario que simula ser una especie de conventillo con ventanas y puertas. Un camarero nos pregunta qué queremos beber y elegimos Medio y medio, un espumante con vino blanco que viene ya así, mezclado, una bebida que nació en el puerto y alguien tuvo la suspicacia de envasar. Ya estamos cenando cuando sale al escenario un grupo de bailarines de la compañía de danza Aires del Plata que empieza a hacer lo suyo, con banda en vivo. Danzan malambo, zapatean, se lucen con las boleadoras con una maestría de esas que conmueven al espectador incapaz de reproducir tanta belleza. La voz de Alfredo Zitarrosa flota en el aire y yo agarro una masa mental para romper con ganas los prejuicios acerca de este tipo de espectáculos “para los turistas”.
El recorrido musical que empezó por el folklore local (muy similar al nuestro) continúa con el tango, también compartido en las dos orillas. “La Cumparsita” y “Malena” pasan en la voz de excelentes cantantes, masculino y femenino, y dos parejas de bailarines acompañan y se bajan del escenario para rozar al público que mira paralizado en esta especie de Copacabana arrabalero. El gran final llega con una cuerda de tambores y una comparsa copando lo que ya es una pista. Sale la gente a bailar en medio de las lentejuelas, las plumas y los pantalones blancos. Incluso hay trencito, pero sobre todo mucha magia. En medio de todo ese despliegue resalta Hugo “Cheche” Santos, un morocho de pura cepa, aunque algunas canas le vuelvan bicolor, absolutamente carismático, cantor de candombe cuyo brillo trasciende su traje blanco. El placer de escucharlo y verlo bailar hace que los pocos que aún estamos sentados nos unamos a la fiesta; no hay que olvidar que si se quiere uno sumar a la nostalgia debe primero sumar recuerdos para añorar más tarde.
Juan Carrau tuvo una idea, y no le fue mal. En 1979 fue el primero en poner la etiqueta de Tannat a una botella de vino uruguaya y, los amantes del vino lo saben y los que no, ahora se enteran, hoy en día dicha cepa es la más representativa del pequeño país hermano. La bodega a cargo de esta revolución etílica fue Carrau, un viñedo experimental que tiene plantaciones en Montevideo y Canelones, y que produce 85.000 litros por vendimia.

Si queremos comprobar que la Noche de la Nostalgia mueve a tanta gente hay que ver si la noche anterior los bares están vacíos. De ninguna manera.

Allí nos recibe Margarita Carrau, hija de Juan, hoy a cargo de coordinar cierta parte de la empresa como las visitas de turistas, detalle que incorporaron hace diez años. A una hora de la ciudad, se puede ver el proceso de producción del vino, hacer catas grupales e incluso organizar catas específicas, con cenas en la vieja casona del lugar, que es un encanto al sol rodeada de verde, piedras, madera e incluso un viejo aljibe. “La cava data de 1886 y es la más antigua en Uruguay en funcionamiento. Por las paredes de granito rosado, el lugar tiene una temperatura de entre doce y dieciséis grados todos los días naturalmente”, nos cuenta Margarita sonriente.
Tras el recorrido, la visita a la tienda es una tentación. Se puede comprar ahí vinos que van desde 8 hasta 7.000 dólares, incluso el Tannat Amat, que figura en el libro “Los 1001 vinos que hay que tomar antes de morir”. Nosotros queremos seguir vivos para ir a algunas fiestas en la noche de la nostalgia, así que nos limitamos a unos vinos jóvenes y unos gran reserva y salimos complacidos, con ganas de dormir la siesta.
Si queremos comprobar que la Noche de la Nostalgia mueve a tanta gente hay que ver si la noche anterior los bares están vacíos. De ninguna manera. La primera parada que hacemos es en el Tabaré Café, lindo para cenar y para un público de cualquier edad. Antiguo bar de copas (sólo para hombres) y almacén de ramos generales, este lugar conserva muebles, frascos, cajas y toda una serie de objetos de colección que retrotraen a cualquiera a su más tierna infancia. Ahora es bar y restaurante, y tiene un sótano en donde realizan espectáculos. Por allí pasaron desde Jaime Roos hasta Eduardo Mateo y desde Carlos Gardel a Joaquín Sabina. Fotos de músicos decoran las paredes y, conservando la esencia de sus fundadores españoles, la carta ofrece platos como chipirones, pinchos, tortillas y picadas.
De ahí, donde un cantautor está entonando, por supuesto, temas viejos, nos vamos a El Hacha, una pulpería del 1700 ubicada en la Ciudad Vieja, que la rockea. Dos lindas chicas, una morocha con estilo de dama antigua trash y otra rubia con pollerita de estudiante (Gabita y Lucía, respectivamente) compraron el lugar y abrieron hace apenas un año un bar y espacio cultural con una oferta súper multifacética. Esta noche una banda de punks maduros está ocupando el escenario, pero lo mismo otra noche hay milonga y otra una jam jazzera. La onda del lugar también tiene lo suyo: mesas con arte contemporáneo de artistas locales como Dani Umpi y Santiago Tavella, una petit galería y, para comer, picadas, pastas caseras, cazuelas y revuelto gramajo. Una cerveza de parados viendo a la banda tocar delante de una vieja carreta colgada por los aires, y nos vamos a unas cuadras a conocer otro clásico.
Fun Fun es otra cosa. Una milonga típica, dicen. Un local que no es chico, pero lo parece esta noche que la gente lo colmó por completo. Amuchados como pueden, las mesas, el patio cerrado y la barra rebalsan de clientes que junto a la entrada se ganaron el derecho de tomarse un shot de uvita, una bebida local con tintes de moscato. En Fun Fun hay show en vivo de martes a domingos y este día en particular salen covers viejos, cómo no. Entre camisetas de fútbol, fotos y banderines que sobrecargan las paredes, el público pide a gritos temas, la banda improvisa, canta el indicado pero también el percusionista y después el tecladista, tocan desde Estopa hasta Fito Páez y Marc Anthony, y todos se paran, bailan, aplauden, corean. Es una fiesta tipo casamiento de madrugada y de un momento a otro pareciera que todos nos conocemos desde hace tiempo. Tres bares en una noche, linda previa.
Ya es 24. Llegó la gran noche (el día no importa, la calle parece desierta y hay que descansar bien para salir de marcha). Apenas sale la Luna se puede dar por inaugurada la velada nostálgica, y hay que aprovecharla desde temprano yendo a cenar a algún lado, comiendo con amigos o corriendo a comprar algún accesorio de cotillón a último momento. Una de las opciones es Il Tempo, boliche gay pero amigo de todos cuyos eventos parece que son imperdibles. Esta vez la propuesta es una cena con show en vivo, a cargo de algunas transformistas que interpretarán escenas de películas viejas. Entre acto y acto, una cantante entona old hits. Así se suceden desde la versión más extraña de “El exorcista” que vi en toda mi vida hasta los más recordados fragmentos de “Esperando la carroza”, personificadas haciendo de la exageración una bandera, y funciona. El público llora de risa mientras degusta un menú especialmente diseñado para la ocasión. Alrededor de la 1 de la madrugada las mesas se corren y empieza el baile.
De ahí al Hipódromo de Maroñas, donde es la fiesta más top de la ciudad. En unos lujosos salones como de casamiento a los que se llega sorteando bastante seguridad, gente de cuarenta y pico de años de edad promedio baila desaforada con pelucas de colores, vinchas y anteojos de plástico en las cabezas. Hay bolas de espejos, como debe ser, pero acá no se vende cerveza. Lo que más sale es el vino y el whisky, y lo que más se ve son camisas y vestidos bastante sofisticados para la ocasión. En uno de lo salones, en una especie de escenario, un morocho de pelo largo con camisa arremangada baila sudando y unas mujeres lo acompañan despuntando estertores de adolescencia al ritmo de “La isla del sol”. En otro salón, un señor grande baila un lento con una rubia teñida de curvas pronunciadas, quizás en una de las contadas noches del año en que salen.
La Fiesta de la Nostalgia, la original, de Lecueder, va cambiando de lugar porque cada año tiene mayor convocatoria. Esta vez se hace en Latu y realmente parece que medio Montevideo estuviera aquí. Entre hits de Cat Stevens, Supertramp, ABBA y los Bee Gees, gente joven y de mediana edad baila en medio del humo y las luces de colores que colaboran con el clima. Si alguien me dijera que mañana se termina el mundo y por eso todos salieron a descontrolarse, lo creería. Hay besos, abrazos, pasitos de baile coreografiados, vasos de alcohol que pasan de una mano a otra y muchos gritos y sonrisas. Todos los temas que pasan son “una que sepamos todos”. No hay nadie que se quede afuera, nadie que pueda mantenerse quieto y alimentar la idea de que los uruguayos son tranquilos. Esta noche, la alegría no es solo brasilera.
Claro que todo no puede ser melancolía, así que la última fiesta a la que vamos es la de la Anti-nostalgia. Hace unos años, cansada de esta ocasión especial, la DJ Dalto decidió dejar de mirar el pasado y organizó en su casa una fiesta de disfraces. “¡En la primera éramos pocos; después, trescientas personas; y hoy en día, tres mil!”, me cuenta Paola con su peinado alto y sus piernas bien al aire, disfrazada de cheerleader. “Acá pasamos solo música de la última década, nada más viejo. Esos hits bizarros de esos que te avergüenza haber bailado y haberte aprendido la letra”, admite. Esta fiesta es una de las más exitosas entre los chicos más jóvenes, y todos se esmeran sobremanera para ganar en el concurso de disfraces. Dando una vuelta por el estadio en donde tiene lugar el evento veo a un idéntico presidente Obama (con secretaria y asesor incluidos), a Gandalf el Mago e incluso, después de años buscándolo en libros, ¡encuentro a Wally! Todos están con ganas de bailar y conocer gente, todos se prestan para las fotos y danzan al ritmo de The Cardigans, Elástica, Blind Melon y otros noventosos. Aunque sea de anti-nostalgia, en realidad esta fiesta también se sumó a la cresta de la ola y a mí, que ya tengo la edad de Cristo, me hace pensar en mi adolescencia viendo MTV y bailando al ritmo de Nirvana. Montevideo lo logró, ya soy una nostálgica más intentando revivir el pasado a fuerza de fiestas y los hits que supe escuchar… ¡en CD!
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