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El plan ortodoxo fracasó

La inflación anualizada ya trepa al 43% y claramente licuó los efectos sobre el tipo de cambio real. En otras palabras, la megadevaluación se trasladó a los precios locales sin que se haya logrado mejora alguna de la competitividad. Peor aún, en sectores vinculados con PyMEs industriales el violento incremento de costos empeoró sustantivamente la ecuación.


En verdad, no puede sorprender lo que ocurrió. A una semana de haber asumido el gobierno, Cambiemos decidió devaluar fuertemente la moneda en el marco de un paquete de medidas de corte ortodoxo. La megadevaluación se trasladó a precios inmediatamente, tal como la experiencia histórica ha enseñado.


En paralelo, el aumento desmedido y brutal en los servicios públicos asentado en la falacia de que el ajuste fiscal era ‘sincerarse’, redundó en aumentos de costos de producción y por tanto, en incrementos de precios. También la quita de derechos de exportación de muchos bienes agropecuarios verificó un gran impacto sobre los precios, ya que la medida tiende a igualar precios locales con precios internacionales y a encarecer el costo de alquiler de la tierra.


Estas decisiones de política económica imprimieron, como decíamos, un nivel de inflación que superó el 43% interanual en mayo de 2016. Esto implica que la inflación se duplicó desde el 23% en noviembre último, a contramano de las promesas de campaña.


De estos hechos se desprende que, en definitiva, el famoso sinceramiento no resultó más que un empeoramiento de la calidad de vida de los argentinos. Ya lo han dicho algunos economistas hablando del modelo económico anterior: "Le hicieron creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, (...) e irse al exterior". Quizás habría que decir que aquel modelo en el cual un empleado medio pudo acceder a una mejor calidad de vida no fue una creencia sino que, con sus aciertos y desaciertos, fue una realidad.


Ahora bien, la pérdida de poder adquisitivo del salario que se registró desde la megadevaluación hasta la fecha deprimió el consumo y con él, el nivel de actividad. Los datos muestran caída de la industria, de la construcción, de las ventas, del empleo registrado e incluso del consumo de lácteos y carnes, sectores clave del modelo del ‘supermercado del mundo’. Contrariamente a la receta que promueve el enfriamiento de la economía como medio para bajar la inflación, en el 2015 se logró una desaceleración interanual de 12 puntos porcentuales con un crecimiento del producto del 2,1%.


El escenario descripto, sumado a la utilización del tipo de cambio como ancla nominal, a la liberalización del comercio exterior y de tasas activas y pasivas, cargos y comisiones, entre otras medidas ortodoxas, conllevará a la destrucción del entramado de empresas nacionales. Es decir, lo que en un cortísimo plazo aparentó ser una salida exitosa del denominado cepo cambiario, en el mediano plazo presentará graves consecuencias para la economía real. Algunas de ellas ya comenzaron a evidenciarse.


Asimismo, la forma en que se salió del denominado cepo cambiario implicó no solo la megadevaluación sino además, el crecimiento de la deuda externa (con magro aumento de reservas: u$s 3.000 millones). A su vez, para frenar la salida de capitales que la maniobra ha supuesto, se incurrió en un alto costo en términos de tasas de interés. El BCRA alcanzó a pagar 38% anual en concepto de tasa de LEBAC a 35 días. Esto ha generado importantes ganancias para los bancos y capitales especulativos -liberalización de tasas mediante- y un freno importante a la producción. Altas tasas enfrían aún más la economía pero contienen la demanda de moneda extranjera.


Hasta cuándo se sostendrán tasas por encima del 30% marcará, en buena medida, la bisagra entre el corto plazo ‘exitoso’ y el mediano plazo. A partir de ese momento, se comenzará a incrementar el ritmo del endeudamiento externo para financiar el creciente déficit comercial y la fuga de capitales. Quizás en algunos años estemos lamentando el peso de la deuda externa sobre el producto bruto y los condicionamientos y restricciones que esa situación genera como ya lo hemos padecido en otros momentos de la historia reciente.


Las consecuencias de este entramado de medidas ya la conocimos en la década del noventa. El ritmo inflacionario probablemente se desacelere en los próximos meses a costa de una recesión autogenerada, cierre de PyMEs, mayor pobreza y mayor desigualdad social.


Quizás a sabiendas del crudo panorama socioeconómico que se avizora, el jefe de gabinete Marcos Peña haya decidido reconocer que "la pobreza cero es una meta inalcanzable". Al parecer, la promesa eje de campaña no fue más que un eslogan de fina pluma publicitaria.
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