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Verdades que duelen.



Si usted es parte de aquellos que creen que pese a que merecemos algo mejor, este país nunca cambia, déjeme decirle antes que nada, que no, no es culpa del PRI, PAN, PRD o cualquier otro partido, si la política nacional y en general la calidad de nuestra vida pública funcionan tan mal en cualquiera de las opciones elegibles, la cosa es más que clara, el problema somos todos. Más concretamente esa mezquina idea que mantenemos en el imaginario colectivo, respecto a que se puede vivir de forma irresponsable frente a cualquier tema de política, sin llegar por ello a enfrentar consecuencias.

En las últimas semanas, por obvias razones, se ha vuelto común, culpar al interés mediático generado por la llamada "Copa América", respecto al escaso interés que la ciudadanía muestra para exigir a nuestras autoridades y representantes políticos en general, una gestión de gobierno más equilibrada y apegada a lo que se dice son los intereses de la mayoría. El único problema con la idea, es que pese a que pueda resultar realmente cierta, hasta donde recuerdo, Copa América, hay sólo cada cuatro años, así las cosas, me pregunto: a qué otro motivo (por frívolo que parezca), habremos de culpar el resto del tiempo.

Para ser sinceros, mañana bien podría venir cualquier cantidad de eventos (entre olimpiadas, juegos panamericanos o liga de futbol), y sin embargo, estoy seguro que ninguno cambiaría en lo más mínimo, el muy escaso interés ciudadano por hacer que lo que nos afecta a todos se resuelva de manera consecuente. Porque si algo he aprendido desde que llegué a este país durante mi adolescencia, no es sólo, que esté quien esté en el gobierno, las cosas cambian siempre muy poco. Sino que lo que mejor define al ciudadano promedio, es su perenne resistencia al cambio, a mejorar y crecer, resistencia a conseguir y volver realidad lo que en otras sociedades se admira. Y es que, si ya de por sí son excepcionalmente notables las acciones de gobierno que resultan como deberían ser (en tiempo y forma), más se tarda en echar andar los cambios necesarios, que la gente de todo tipo, en buscar el modo de permanecer con el menor de los esfuerzos, sacando la más alta ganancia posible.

Ya se ponen cámaras para regularizar la circulación de vehículos, que en las esquinas se ve al seudo ingenioso ganando unos pesos por vender a quien va circulando, micas para obstruir discretamente la visibilidad de las placas. Todo ello sin contar los mediocres acomodaticios cortoplacistas que salen con declaraciones estilo: ¡Aguas! Tengan cuidado que ahora si va en serio. Ya se puede querer acercar los trámites burocrático-administrativos a la ciudadanía en general, por hacerlos un poco más amigables, que sale el oportunista aconsejando la coima (o soborno), o el funcionario de ocasión haciéndose el difícil para promoverla. Ya se puede tener que hacer un trámite, pero en vez de hacerlo uno mismo, se busca la intermediación de un tercero, que por lo común puede estar igual de desinformado que uno, y terminar sin resolver absolutamente nada.

Que cómodo es pensar que tener conexiones sociales de todo tipo a distintos niveles de convivencia, hará algún día la diferencia, cuando la verdad es que el día que en efecto pudieran ser de aparente utilidad, cualquiera termina comprobando, que habiendo millones que lo piensan parecido, es casi seguro que en vez resolver a bien lo que se supone queremos resolver, se termina generando cuellos de botella que de nada sirven y mucho dificultan. Mucho ayuda el que no estorba –decía mi abuela Ana. Y que razón tenía, porque si algo puede resultar de lo más frustrante, por no decir chocante, es pensar que todo lo que hacemos irá invariablemente mejor si alguien más interviene.

De cualquier modo, cuando las cosas que se han prometido no resultan como se alardeaba que serían, siempre queda el consuelo de la excepcionalidad. Definitivamente, eso de las cosas hechas a la mexicana, es decir “en caliente”, por el mero impulso, no es que salgan mejor que lo que se planea, más bien pasa que resultan cómodas, porque no exigen en apariencia esfuerzo, de cualquier modo, nos guste o no, al final del día, son más indicativo del egoísmo y la muy poca importancia que le damos a lo que somos y hacemos, que de la habilidad real o imaginaria para sortear obstáculos diarios.

¡Pero qué diablos! Poco importa realmente si lo que digo aquí es verdad o no, total, si algo he aprendido en la vida, es que decir la verdad podrá ser importante sí, pero jamás termina de ser valorado como debiera. Así, al final del día estas líneas habrán de quedar perdidas como otras tantas del estilo que hay por ahí. Sin embargo, me gustaría pensar que algún día habrán de ser tomadas en cuenta.
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