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Verguenza K Echan ñoquis que cobraban hasta 60 mil pesos



Lujo, juventud e inexperiencia: el perfil de los camporistas que manejaban Fabricaciones Militares


Un economista de 34 años y su novia, ambos sin la más mínima trayectoria, se rodearon de adictos al kirchnerismo para hacer del organismo su patio trasero. Cobraban entre 30 y 60 mil pesos


El "vamos por todo" de la ex presidente Cristina Kirchner tuvo su capítulo en la Dirección General de Fabricaciones Militares, donde en el verano de 2011 fue nombrado como interventor Carlos Rodríguez, un joven de 34 años y sin experiencia, militante de La Cámpora y hasta entonces asesor en el Ministerio de Producción. Junto a su novia, a quien le otorgó un sueldo de unos 60 mil pesos, convirtió el prestigioso organismo en un nicho de militantes rentados, amigos y vecinos, la mayoría de ellos sub 30.
Egresado del Colegio Nacional, Rodríguez forma parte de un grupo de economistas que surgió de la Facultad de Economía de la Universidad de Buenos Aires y que se gestó en torno a la cátedra que comandaban el ex ministro Axel Kicillof y el fallecido Iván Heyn. Comenzó su carrera en el Estado asesorando a la ex ministra de Producción, Débora Giorgi, en cuestiones vinculadas a PyMES, y pese a que era muy joven y no tenía experiencia, Máximo Kirchner lo llevó a Fabricaciones Militares. Su poder llegó a ser tal, que hay quienes dicen que cuando ex el ministro de Defensa, Agustín Rossi, estaba de campaña, el ministro en las sombras era Rodríguez.


En efecto, el interventor terminó manejando dos áreas clave que le terminaron dando un control absoluto sobre el presupuesto de Fabricaciones Militares, que es tan grande como el que toda la cartera de Defensa. Primero, fue nombrado Secretario de Investigación, Tecnología y Producción del Ministerio, lo que lo convirtió en su propio jefe o supervisor, ya que la intervención dependía de esa secretaría. Y después se encargó de que las áreas de Abastecimiento y Comercialización dependieran de la Administración, en donde colocó a una persona de confianza, por lo que se quedó con todas las compras y ventas de Fabricaciones Militares.
Con todo ese poder a cuestas, congeló los ascensos de los empleados de carrera, persiguió a sus críticos y multiplicó por cinco el plantel de trabajadores. Llegó a nombrar una veintena de gerentes con la máxima categoría, que cobraban unos 60 mil pesos al mes, aunque algunos de ellos no ostentaban un título universitario en su currículum vitae, como su novia.


Oriunda de Gualeguaychú y militante kirchnerista, pero sin la más mínima experiencia, Bárbara Grané, actual esposa de Rodríguez, fue nombrada directora de Comunicación, Relaciones Institucionales y TIC's, desde donde se ganó el apodo de "emperatriz" por sus caprichos, que incluían salmón en el almuerzo y un chofer a su disposición durante las 24 horas del día. También ordenó que el uso de la cafetería se exclusivo para la militancia. Y, literalmente, se cansó de viajar al exterior.
"Nos decía que los domingos tomaba el té con Cristina Kirchner, pero todos sabíamos que era una mitómana. Siempre se mostraba benevolente, con una sonrisa, pero gritaba y maltrataba, y juagaba a ser Evita. Usaba rodete, se teñía de rubio platinado y se vestía igual a ella", le contó a Infobae una fuente que sufrió su "reinado".
Otra pieza clave en la estructura de poder de Rodríguez era Carlos Vaca, un ingeniero de 66 años y vinculado a la guerrilla en los 70, que trabajaba asesorando ARTs hasta que el interventor lo puso primero en el área de medio ambiente –su especialidad– y luego lo nombró Director de Producción. Pese a su absoluta inexperiencia dirigiendo empresas, contó con el beneplácito de la Asociación de Trabajadores del Estado, que defendió su promoción. Su falta de conocimientos se tradujo en varias explosiones en las fábricas, que provocaron dos muertos, y numerosos robos, todo ello ocultado con la complicidad del RENAR, que tiene a su cargo la auditoría y aprobación de polvorines para armas, municiones y explosivos, y que también controlaba La Cámpora. Son situaciones que le hubieran costado el cargo a cualquier ejecutivo de una empresa privada.


Cuando le llegó el telegrama de despido, Vaca llamó a su equipo e hizo una arenga a viva voz, diciendo que no se iba a ir. "Sólo me echaron dos veces en mi vida, una con la Dictadura militar y ahora con la dictadura de los votos", sentenció. Sin embargo, su resistencia apenas duró unas horas.
Hay otros nombres de peso, como el de Matías Savoca o Leandro Navarro, por supuesto, adictos al "proyecto", pero hay dos de ellos que se destacan porque mantienen su poder en Fabricaciones Militares, ya que fueron nombradas por decreto y sólo pueden ser despedidas de esa manera. La más importante es Laura Sarafoglu, a quien Rodríguez puso como directora de Administración, que tenía a su cargo las ventas y las compras, es decir, los contratos. El sector de comercialización siempre estuvo en su órbita, mientras que el abastecimiento, que insólitamente estaba a cargo de su hermano Guillermo, se lo dio el interventor durante su gestión.
Laura Sarafoglu es amiga de los padres de Rodríguez y tenía un cargo en la administración de granos de la Provincia de Buenos Aires cuando la convocó el interventor. Hoy es la figura más fuerte que La Cámpora tiene en Fabricaciones Militares y tiene centralizado el poder, ya que le sacaron funciones a otros departamentos para dárselo a ella. Un rumor repetido hasta el cansancio en los pasillos sostiene que en el Ministerio de Defensa están buscando una estrategia para despedirla.
También permanece en su cargo de auditora la contadora Nora Márques, que tiene un cargo en la ANSeS. Su rol era fundamental porque tenía que controlar las compras y ventas que contrataba Sarafoglu, la amiga de los padres de Rodríguez.

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