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“Vinimos a la Argentina porque era un país de paz”

Nobuko Oshiro encontró tranquilidad después de la Segunda Guerra. Le gusta que aquí la gente se abrace y diga lo que piensa.




Pintora. Nobuko muestra su producción en “sumie”, una técnica monocromática en tinta. Oshiro concurre a un taller de pintura en barrio Cofico con la profesora Lilia Sasaki de Fushimi y varias alumnas japonesas y cordobesas. Nobuko asegura que el arte y la danza son sus pasiones 







 “Soy más cordobesa que japonesa. A veces digo más japonesa que cordobesa. A veces hablo al revés, ¿viste? Tengo que estar pensando qué es lo que digo”. Nobuko Oshiro (75) es tan menudita como conversadora. Cuando habla, se ríe y contagia alegría. Le gusta tomar mate, reunirse con amigas y recibir con un abrazo.





“¿No ves que el japonés, cuando saluda, no besa? A mí me encanta, pero allá se hace separadito. Se saludan con una inclinación y parados. Pero a mí me encanta abrazar”, explica la “cordobesa” que se esconde detrás de sus inconfundibles rasgos orientales.


Nobuko llegó al país en 1958 y no le costó adaptarse: le gusta la gente, el paisaje y la forma de vida.


Un nuevo destino


El viaje que realizó en aquel barco de bandera holandesa, que transportaba pasajeros y mercadería, desde Okinawa (Japón) a Buenos Aires duró 72 días.


Nobuko tiene buenos recuerdos de la travesía, que compartió con su madre y tres de sus hermanas. Su padre había fallecido víctima de una enfermedad durante la Segunda Guerra Mundial y otros dos hermanos ya estaban en la Argentina, desde 1953.


Oshiro se acuerda de cada puerto en el que atracó y tiene grabado cada amanecer. “Cuando salimos de África, tocamos una isla. Me levanté a las 5 de la mañana, subí ahí, arriba de barco... ¡Ay! Se veía como una roca grande (...) y atrás el sol naciente anaranjado, rojo... ¡Jamás había visto ese color! Todavía, hasta el día de hoy, me acuerdo. Siempre tengo ganas de pintarlo”, subraya.


Fue un buen viaje. En San Pablo, Brasil, desembarcaron unas 500 personas y en Buenos Aires, 27 familias japonesas. Sólo dos eran de Okinawa.


Llegaron a Córdoba en 1958 a instancias de un tío, hermano de su padre, que había arribado al país antes de que comenzara la Segunda Guerra.


El hombre, viudo y profesor de profesión, había emigrado siendo el primogénito de su familia y, por ende, el heredero. Al partir dejó a sus dos hijos a cargo de su hermano, el papá de Nobuko, a quien le había buscado y encontrado esposa.


Aquel tío le cambió el destino a todos. Luego de la guerra mandó a llamar a cada miembro de la familia, de mayor a menor. “En Argentina no hay guerra. Es un país de paz”, eso les dijo el tío. Y se vinieron, uno tras otro.


Así, en la búsqueda de tranquilidad, los Oshiro dejaron su casa y un campo arrocero en Okinawa. “Teníamos mucho terreno. Eramos pobres, pero no tanto”, dice la mujer. “En aquella época, después de la guerra, Japón estaba sufriendo mucho, mucho. No había nada; entonces no había trabajo”, cuenta Nobuko.


Cuando les tocó el turno de emigrar, Nobuko se resistió porque soñaba con recibirse de peluquera. Es que le faltaba un mes para rendir el examen nacional que le otorgaría el título. Insistió todo lo que pudo, pero el tío le prometió que en Córdoba concluiría los estudios. Y con 20 años, recién cumplidos, se embarcó hacia América.


Del campo a la tintorería


Atracaron en el puerto de Buenos Aires el feriado del 12 de octubre de 1958. Esperaron a ese tío, el hermano de su padre, a quien Nobuko nunca había visto.


Hasta aquel momento, no sabía muy bien con qué se iba a encontrar en destino. Ya en el barco algo le habían advertido: le dijeron que en Buenos Aires había muchas moscas. “Yo no sé por qué se juntan tantas moscas (...) en Japón no hay. Es que tienen más mugre”, se ríe.


De cualquier modo, de Argentina tenía algunas referencias que sus primos le habían transmitido por carta. En síntesis, era más o menos así: un país grande, próspero, lleno de campo y vacas.


“Cuando llegamos a Argentina, digo yo: ‘vamos a vivir en el campo grande...’, pero acá me encontré con una tintorería. Nunca había visto una allá...”, dice, alegre.


A Córdoba arribaron después de 12 horas en colectivo. “Nos pasearon por la Cañada para hacernos conocer. ¡La Cañada me encantó! Pero las paredes estaban todas escritas y yo digo: ¡porqué se ensucia tanto! Fue un impacto para mí. Pero Córdoba es linda, me encanta, me gusta, porque es más parecido a Japón. No es como Buenos Aires de grande”, piensa.


Su hermano mayor ya era dueño de la tintorería Oshiro, en camino a Pajas Blancas, donde Nobuko empezó a trabajar. Toda la familia ayudaba. Pese a que no era tradición en Japón, los japoneses se dedicaron al lavado de prendas. Uno puso un lavarropas y otro una máquina y el oficio se fue transmitiendo de generación en generación.


“A la semana de haber llegado, yo dije: ‘quiero ir a la academia de peluquería, porque era ese el trato...’”, cuenta Nobuko. Se lo negaron porque, le argumentaron, que “se iba a quedar soltera”.


Se resignó. Aunque con los años se apasionó por la danza okinawense, que ya conocía de niña, y el sumie , una técnica de dibujo monocromático en tinta.


La señorita Estela


En la tintorería comenzó a aprender el idioma. “Salíamos al Centro y no sabíamos hablar, ni comprar nada. Me daba bronca”, cuenta la mujer.


No tardó en aprender. “Yo soy medio charlatana (...) no tenía miedo a nada. Mi hermano me hizo parar en el mostrador (...) Forzosamente tenía que trabajar en la tintorería. Con razón no me dejaba estudiar peluquería”, piensa.


Además de la atención al público, que le servía de práctica para el idioma, Nobuko y sus hermanas asistieron a una maestra particular, cerca de la tintorería. “Ah... esa señorita era tan buenita, se llamaba Estela pero vos sabés que empezaba a llorar junto con nosotros cuando estudiábamos. Ella explicaba pero no entendía”, recuerda Nobuko.


Era un combo complicado: Estela no sabía japonés y las chicas no sabían castellano.


Nobuko dice que no le costó nada adaptarse. “Las otras hermanas no sé, pero para mí fue fácil. Lo que pasa es que el castellano no me costó mucho”, plantea. Conocía el abecedario por el inglés que había aprendido en el colegio. Lo más difícil hasta el día de hoy es pronunciar la “l”, la “z” y la “r”, sonidos que en japonés no existen.


“En la tintorería mientras trabajaba con la ropa o sacando manchas, con otra hermana practicábamos ‘rrrrrr’ hasta que salía”, subraya.


El saludo no se niega


El tío elegía los maridos a sus sobrinas. Eran otras épocas donde la mujer aparecía siempre en un segundo plano, refiere Nobuko, quien –asegura– esperaba poder elegir a su propio pretendiente. “Yo digo: no voy a decir nada hasta que encuentre a alguien. Y así lo hice”, se ríe.


El tío había abierto una pollería en el Mercado Norte. Su primera empleada fue Nobuko junto con otra japonesa. “Cerca de la pescadería de Fazzio, ahí en la esquina ahora está Rapipago. La cola salía y hacía como dos cuadras para comprar huevos, gallinas y pollos”, cuenta.


Trabajaba mucho y el tío siempre la iba a buscar. “No me dejaba conversar con ese pescadero (...) Mi tío decía: no hablés nada, no saludés nada. Entonces cuando me iba, el tío iba con su portafolio adelante mío, yo saludaba así (mueve la mano detrás de la espalda) para decir chau ¿viste? Entonces ellos ya sabían, porque mi tío no dejaba hablar y no quería que se casara nadie con un argentino”.


A su marido lo conoció trabajando. Había traído una máquina especial para la pollería. Tuvieron tres hijos, el varón vive en Japón; una de las chicas, se casó con un inglés y se instaló en Noruega y la tercera, en Córdoba. A Japón viajó varias veces. En una visita, se quedó ocho meses cuando sus dos hijas se instalaron allí para estudiar. Luego, Nobuko regresó a la Argentina.


Otra vez en su lugar por adopción, se dedicó a enseñar danza de Okinawa, puso una academia, con mayoría de alumnado cordobés, ganó premios y dio rienda suelta a su pasión.
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