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¿Yo estoy del derecho? ¿Dado vuelta estás vos?



La puja es por sostener/se. Mantener/se. No caer. Y en la frutera de la realidad, la jugosa verdad es vista con tantos ojos como posibilidades de ser modificada, según las preferencias del comensal. Y así, a carta abierta, el universo de las creencias se propone como la dieta para que la razón quede en manos del misticismo, que todo mundo necesita para ser o para estar/mejor.

Creer parece ser una necesidad motora. Y como el movimiento se demuestra andando, entonces, andemos. El profetisismo de corto plazo se convirtió en maremágnum y en la cresta de esa ola vamos surfeando hacia una experiencia más emocional. Más en contacto con el ser inmerso. El otro.

La caída de los grandes muros de contención sociocultural, sus nuevas concepciones, la intervención constante de la figura del consumo como interminable posibilidad de un ser más único, en contacto con el otro, no sólo nos abre la puerta para ver una plataforma de vida mucho más amplia, sino que también nos asegura un andar en desequilibrio constante, donde lo fugaz no garantiza la desaparición del dolor. Lo incrementa. Hoy, dolor significa la resolución de una velocidad descontrolada con la que nos proponemos las emociones. Sentir más en menos tiempo es la búsqueda, pero también es la apertura a una nueva relación con el dolor: con el viejo y el nuevo dolor.

Entonces, en ese transitar indiscriminado buscamos evitar el no reventar con nuestro propio cóctel, fundamentando la dicotomía: creer en todo para dejar de creer en nada. Con esa estampa vamos evangelizándonos con todo lo que nos suene bonito. Porque esa es la idea, ser más y mejor bonito.

Así es que mezclamos los consejos de la neurociencia con frases de Buda, colgamos mandalas que nosotros mismos nos encargamos de confeccionar de manera ritual y las compartimos en Twitter, Instagran, o Facebook desde nuestro celular; creemos en la real infinidad del tiempo y de las cosas, mientras que no vemos que nosotros pasamos de manera definitiva dentro de ese tiempo; despegamos potentes frases literarias, las mezclamos con otras tantas de psicología y filosofía, hacemos arte con todo lo que tenemos a mano y nos perdemos en argumentos hiperemocionales para finalmente no decir/nos nada. Porque ese es el otro argumento fundamental de estas crecientes tendencias.

El ser perdió su valor identitario. Somos consigna sin contenido. Queremos ser todo y sentir todo para creernos únicos. Nos desprendemos de nosotros para convertirnos en un otro más placentero. Nos evitamos. La palabra va consumiendo su valor como motor esencial para comunicar/nos. Y creer, creer en todo menos en nosotros, se convirtió en la posibilidad de vernos, pero jamás de mirarnos.

Como diría Borges: “¿Qué somos? Cuestión de tiempo”.

https://naufragoentintaseca.wordpress.com/2015/12/22/yo-estoy-del-derecho-dado-vuelta-estas-vos/
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