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5 Cuentos Siniestros para niños



















5 Cuentos Siniestros para niños







La infancia como un estado de gracia, de inocencia anterior a la corrupción del alma, es una idea que proviene principalmente del romanticismo. Antes de éste, los niños con frecuencia morían antes de llegar a adultos y tenían que crecer y valerse por sí mismos tan rápido, que muchas veces era mejor no considerarlos demasiado y no encariñarse con ellos. Quizás fue entonces, y desde una visión cristiana, que se consideró que los niños no debían ser expuestos a la violencia ni al miedo.

Muchos de los cuentos de hadas que conocemos son anteriores a este periodo y no sufrieron antes ningún tipo de censura. Es ya bien sabido que en la versión original de “La Cenicienta” las hermanastras se deben cortar los dedos de los pies para ajustarse a la zapatilla, y que en algunas versiones de “Caperucita roja” la niña se come a su abuela. Y es que estos cuentos provocaban miedo en los niños de manera didáctica, para que aprendieran, por ejemplo, de los peligros reales que habitaban en los bosques. Existe inclusive un cuento de hadas en el cual el protagonista va por el mundo buscando quien le enseñe a temer.

Hoy parece prevalecer esta misma concepción romántica de la infancia, aunque convive con una nueva imagen de la niñez siniestra (la de los cuentos y las películas de terror como El resplandor, La profecía, etcétera). Sabemos ahora que los niños conocen la violencia y la crueldad mucho antes de lo que nos gustaría, y que son capaces muy pronto de todo tipo de maldades. Varios autores de cuentos infantiles han apelado a este aspecto de la infancia y han escrito cuentos siniestros, tristes y melancólicos. Aquí proponemos cinco de los mejores.







Las zapatillas rojas



Hans Christian Andersen era cristiano, y escribió esta fábula en la que una niña encuentra unas zapatillas rojas que la hacen perderse en una vida de vanidades, olvidando el deber hacia su familia y hacia dios. Como castigo, las zapatillas adquieren vida propia y la obligan a bailar frenéticamente, sin descanso, hasta que de la desesperación y el arrepentimiento la niña se corta los pies.

"Cuento"

Érase una vez una niña muy linda y graciosa, llamada Cármen, hija de una madre viuda tan infeliz que, no pudiéndola comprar un par de zapatos, iba descalza la pobre muchacha durante el verano y calzada con unos grandes zuecos, en invierno, que no la preservaban del frio; así es que sus piececitos estaban siempre amoratados. En la misma aldea vivia una vieja zapatera que se compadeció de Cármen, y procuró calzarla como pudo. Juntó, pues, unos retazos de paño encarnado, los arregló y cosiéndolos con hilo del mismo color, hizo con ellos un par de zapatos que, aunque muy distantes de ser una obra perfecta, regaló de buena gana á Carmencita y esta los recibió con la mayor alegría.

Pero hé aquí que, el mismo dia que los recibió, murió de repente la madre de la pobre niña; los zapatos colorados no eran de luto, pero como la infeliz no tenia otros, se los puso para ir al entierro de su madre.

Así iba detras del féretro, cuando pasó junto al entierro una grande y antigua carroza donde habia una señora anciana que, viendo sollozar á Cármen, se compadeció de ella y dijo al cura párroco: «Confiadme esa pobre niña, yo me encargo de ella.»

Se figuró Cármen, al principio, que si habia gustado á aquella buena señora, fué á causa de sus zapatos colorados, pero su protectora la dijo que eran horribles y los mandó arrojar. Despues vistió á la niña con mucha decencia, la puso un bonito vestido, la hizo aprender á leer, escribir, coser, y la gente decia que era muy linda. Cármen se miró al espejo que la dijo: «Eres aun mas que linda, pues eres hermosa.»

Hé aquí que algun tiempo despues, el rey, la reina y su hija la princesita, llegaron á la ciudad vecina y toda la comarca acudió alli reuniéndose en la plaza mayor para ver á sus majestades. Cármen fué tambien y vió en el balcon á la princesita, vestida de raso blanco á quien todo el mundo admiraba; no llevaba corona, ni vestido de cola, pero iba calzada con unos zapatitos de cordoban encarnado, sumamente bonitos. ¡Cuán diferentes eran de los que hizo para Cármen la vieja zapatera!

Poco á poco llegó el dia en que la niña debia hacer su primera comunion. Su buena protectora la mandó hacer un lujoso traje, y la llevó á casa del mejor zapatero de la ciudad para que la calzase. Cármen alargó su piececito para que la tomasen medida, y mirando, en torno suyo, todo lo que habia en la tienda, vió detras de una vidriera un par de zapatos de un brillante color de grana, enteramente iguales á los que llevaba la princesita. ¡Qué bonitos eran! « Ese calzado es el que yo necesito, dijo Cármen; veamos si me van bien. — Han sido hechos para la hija de un conde, respondió el zapatero, pero como le son muy estrechos, me he quedado con ellos. — ¿Son de marroquí? preguntó la anciana señora cuya vista se habia debilitado con los años; me parece que relucen mucho, — En efecto, contestó el mercader, son muy relucientes; se parecen á un espejo.

Los zapatos iban perfectamente á Carmen, y la buena señora se los compró sin notar que eran encarnados, porque á haberlo observado, de ningun modo hubiera consentido que la niña llevase semejante calzado el dia de su primera comunion.

Y así sucedió sin embargo; fué á la iglesia con los zapatos colorados, llamó la atención general y todo el mundo se encogia de hombros. Cuando Cármen entró en la iglesia, le pareció que todas las figuras de los cuadros, que estaban colgados en las paredes, tenian clavados los ojos en sus zapatos, lo cual, léjos de ruborizarla, la envanecia. El cura la habló con tono patético de los deberes que habia de desempeñar mayormente desde aquel momento en que iba á entrar en la comunidad de los fieles y en la edad de la razon. El órgano hacia resonar el santuario con sus graves y majestuosos sonidos, los chantres y niños de coro entonaban armonioso cántico, pero Cármen no atendia á nada, estando sólo poseida de la idea que llevaba unos zapatos tan hermosos como la hija del rey.

Por la tarde la voz pública hizo saber á la anciana señora el escándalo causado por Cármen; reprendió severamente á la niña, haciéndola ver lo indecoroso de su compostura en aquella sagrada ceremonia y la mandó que en adelante no se presentase en la iglesia mas que con zapatos negros, por viejos y rotos que estuviesen.
El domingo siguiente, debia recibir Cármen la confirmacion, y segun las órdenes de su protectora, la hicieron para el caso un par de zapatos negros; tomólos la niña maquinalmente, pero echando en seguida una mirada sobre los colorados, los asió con mano resuelta y se los calzó.

Hacía un tiempo magnífico y la anciana señora, ántes de ir á la iglesia, dió una vuelta por varios senderos que llenaron de polvo su calzado y el de su pupila. Á la puerta de la iglesia estaba un viejo inválido, apoyado en una muleta, con unas barbas canosas, que, al ver llegar la señora y la niña, las propuso limpiarlas del polvo los píés. Accedió á ello la anciana y Cármen alargó el pié al inválido quien al ver los zapatos colorados exclamó : « ¡Vaya un lindo calzado de baile! Tenga usted cuidado de no estropearlos en los valses. »


La señora dió al inválido una limosna, y entró luego con la niña en la iglesia, donde todos los circunstantes se asombraron aun mas que la primera vez á la vista de los zapatos colorados de Cármen, cuyo vivo encarnado parecia llamar la atencion hasta de las figuras de los cuadros. En cuanto á la niña, cada vez mas ufana con su calzado, se olvidó de rezar y de entonar en coro el cántico á la divinidad. Llegó á tal punto su distraccion que apénas notó el golpecito del prelado en signo de confirmacion; la parecia que todo el mundo envidiaba sus zapatos.

Al salir de la iglesia tomó la señora un coche de alquiler para regresar á su casa; y cuando Cármen levantó el pié para subir al carruaje, el inválido de la puerta volvió á repetir : « ¡Lindos zapatos para un baile! »

Sintió Cármen que la levantaban á pesar suyo y sus piernas empezaron á moverse á compas y todo su cuerpo se puso á saltar y bailar sin poder pararse; el cochero la tomó en sus brazos y la sentó por fuerza en el carruaje, pero aun alli continuó el pataleo dando numerosas pisadas á la buena anciana. Llegaron por fin á casa, adonde fué necesario subir á Cármen; la criada le quitó allí los malditos zapatos y la niña recobró su quietud.

En vez de arrojar ese ridículo calzado, lo encerraron en un armario de vidrieras, donde iba Cármen á admirarlos diez veces al dia.

En esto cayó enferma la anciana señora y los médicos la desahuciaron. Su estado requeria el mayor cuidado y el puesto de Cármen era á la cabecera de la cama de su protectora. Desgraciadamente había un gran baile en la ciudad y estaba convidada á concurrir á él; en un principio tuvo intencion de quedarse á cuidar á su protectora, pero la imágen de los zapatos colorados atormentaba su imaginación : « ¡Bah! dijo, la buena señora no puede curar; ¿de qué sirve estarla cuidando noche y dia? » Y apoderándose de la llave del armario, tomó los zapatos y se los calzó diciendo: «Ahora sí que no es pecado ponerse este calzado, puesto que es para un baile, como dijo el inválido.»


Y hé aquí que sale de casa con sus zapatos colorados, pero otra vez á pesar suyo se pone á dar saltos á derecha é izquierda, llamando la atencion de los transeuntes con sus brincos, lo cual no la disgustaba, pero al llegar á la puerta de la casa del baile, se halló sumamente cansada y no la quedaban fuerzas para dirigirse por sí misma. Tuvo, pues, que dejarse guiar por sus zapatos que la llevaron por medio de calles sombrías al bosque vecino en cuyos lindes vió á la claridad de la luna al viejo inválido que la volvió á repetir : «Buenas noches, linda muchacha, ¡que bonitos zapatos de baile llevas!»

La niña se llenó de espanto y comprendió entónces que aquellos zapatos estaban encantados; quiso quitárselos, pero no pudo lograrlo, pues parecia que estaban clavados en sus piés y condenados á un movimiento perpétuo, de modo que ni aun agacharse podia para tocarlos con la mano.


Atravesó bailando bosques, campos y praderas. Salió el sol y creyó la niña que aquel mágico poder que la arrastraba en pos de sí sin tregua ni descanso, cesaria con la noche; pero la infeliz se engañó por que no halló ni aun medio de cobrar aliento. Sobrevino una violenta tempestad y continuó saltando y brincando en medio de los relámpagos, de la lluvia y del granizo.

Volvió otra vez la noche y Cármen fué impelida hácia el cementerio: « Los muertos, dijo, no bailan ; este es el campo del descanso y hallaré aquí á lo ménos un alivio á mis tormentos. » Agarróse á un sepulcro, pero el poder que la arrastraba la arrancó de allí, llevándosela consigo.

Pasó por delante de la iglesia y vió la puerta abierta ; quiso refugiarse en el santuario é implorar la misericordia de Dios á quien había ofendido, pero halló á la entrada un angel cuyas alas le caian hasta el suelo. Su aspecto era severo y tenía en la mano una larga y centellante espada: « Baila siempre, dijo, baila con tus zapatos colorados que es lo único que has amado en el mundo ; baila hasta que tus huesos se peguen á la piel para que se vuelva un pergamino y te convierta en un esqueleto ambulante. Baila por en medio del mundo, y cuando pases por delante de una casa donde haya niñas propensas á la fatuidad y á la vanagloria, llama á la puerta para que vean y sepan adónde conduce el vicio del orgullo. »

¡Piedad! ¡Piedad! exclamó Cármen ; pero no pudo oir lo que la contestó el ángel, porque los fatales zapatos se la habian llevado ya muy léjos.

Al siguiente dia pasó delante de una casa que le era muy conocida, donde oyó rezar las oraciones de los difuntos y unos hombres negros salieron llevando en hombros un féretro cubierto de flores. Era el de la anciana señora, su bienhechora, á quien había abandonado enferma para ir al baile. Conoció entónces Cármen que se hallaba abandonada de todos en la tierra y condenada en el cielo.

Los zapatos la llevaron hácia la montaña por en medio de breñas y zarzales que la arañaron toda la cara; llegó á la puerta de una casita, rodeada de matorrales, donde sabía que habitaba el verdugo. Llamó á la vidriera de la ventana diciendo: « Venid, venid pronto por amor de Dios, pues no puedo entrar porque estoy condenada á bailar y dar vueltas. » — El verdugo salió y le dijo : « Tú acaso no sabes quién soy; yo corto la cabeza á los malos. Estoy afilando el hacha, y si quieres ejerceré en ti mi oficio... » — « Sí, respondió Cármen, pero no me cortéis la cabeza porque no podria hacer penitencia por mis pecados ; cercenadme los piés con estos zapatos colorados. »

Confesó después su desmedida vanidad. El verdugo la agarró y de un hachazo la cortó ambos piés, que se escaparon arrastrados por los zapatos, bailando y dando vueltas por medio de los campos, hasta que desaparecieron en el bosque.


La mujer del verdugo tomó á su cargo asistir á Cármen, la dió un ungüento para curarse las heridas y el verdugo la hizo un par de muletas enseñándola los salmos de la penitencia. L pobre mutilada los rezó con fervor, besó la mano al verdugo que habia manejado el hacha bendita y salió de las malezas diciendo : « Ahora que he padecido bastante con esos malditos zapatos encarnados, voy á la iglesia para que vean que estoy perdonada.» — Pero al acercarse al portal, vió sus lindos y amputados piececitos bailando delante de ella con los zapatos colorados; sobrecogióse de espanto y se alejó de allí lo mas aprisa que la permitieron sus muletas.

Vivió en los caminos públicos como una pordiosera, alimentándose con lo que le daban las almas compasivas; las penas la agotaban y no hacía mas que derramar abundantes lágrimas. Al cabo de una semana se dijo: « He sufrido ya hartos tormentos; mi penitencia debe hallarse terminada y creo ser tan digna de entrar en la iglesia como otros que se presentan ante Dios con la cabeza erguida. » Y volvió á tomar el camino de la iglesia, pero á la esquina del cementerio le aparecen otra vez sus piececitos con los zapatos colorados, brincando y dando vueltas. Oprimiósele el corazón y reconoció, por fin, humildemente toda la enormidad de su falla. No fué á la iglesia, pero sí á casa del cura suplicando que la confesara y recibiese como criada para hacer todo lo que sus fuerzas la permitiesen, sin mas salario que un pedazo de pan y un rincon donde dormir.

El ama del cura se compadeció de ella y la recibió. Cármen dió pruebas de muy buena voluntad, trabajando cuanto podia. Estaba siempre pensativa y taciturna, y por las noches oia con la mayor atencion la palabra del digno sacerdote y oraba con fervor. Á pesar de su tristeza y taciturnidad, todos los niños la querian; y cuando oia alabar su linda cara ó gracioso talle, sacudia la cabeza en signo de desaprobacion, diciendo que todo eso no era mas que pura vanidad mundana.

Un dia de gran fiesta, todo el mundo acudia á la iglesia; ella tambien quiso ir; pero no pudo llegar á tiempo porque no podía andar aprisa con sus muletas.


La infeliz muchacha se echó á llorar amargamente y miéntras los demas estaban oyendo la voz de Dios, ella subió á su pobre cuarto y se puso á repasar las oraciones de su devocionario.

En medio de su fervor, llevóla el viento los armoníosos sonidos del órgano, Cármen miró al cielo con el rostro anegado en llanto y exclamó : « ¡Dios mio, socorredme! »

Al momento resplandeció en torno suyo una luz mas viva que el sol y se la apareció el mismo ángel que habia visto ántes á la puerta de la iglesia, pero en vez de la espada centellante tenia en la mano una rama cubierta de bellísimas rosas; tocó con las flores el techo, que se levantó, se ensancharon las paredes y Cármen se halló transportada en medio de la iglesia donde resonaba el órgano sagrado. Cuando acabaron los cantos, vióla el cura y la dijo : « Bien venida seas. » — Y ella respondió: « Bendito sea Dios que me ha devuelto su gracia. »

Volvió á tocar el órgano y los niños, con voz suave, entonaron otro cántico. Un alegre rayo de sol atravesó los pintados vidrios de la iglesia y fué á iluminar á Cármen cuyo corazon rebosó de alegría y su alma, elevándose con los rayos solares, voló hácia el cielo, donde nadie le recordó los funestos zapatos coorados.








El enebro



En esta historia que escriben los hermanos Grimm, una madrastra le corta la cabeza a su hijastro y hace creer a su hija que ella fue quien lo mató. Luego cocina al niño y se lo da de comer a su padre. Eventualmente los huesos que sembraron bajo un enebro se convierten en un pájaro que descubre el crimen y mata de locura a la madrastra.

"Cuento"

Hace ya mucho tiempo, unos dos mil años, vivía un hombre rico que tenía una mujer piadosa y bella, y los dos se querían muchísimo, pero no tenían hijos, aunque deseaban ardientemente tenerlos, y la mujer rezaba día y noche para conseguirlos, pero los hijos no llegaban y no llegaban. Delante de la casa, en el patio, había un enebro y una vez, en invierno, estaba la mujer bajo él mondándose una manzana, cuando se hizo un corte en el dedo y la sangre cayó sobre la nieve.

-¡Dios mío! – Dijo la mujer, y suspiró profundamente porque, al ver la sangre delante de sus ojos, se había puesto melancólica-. ¡Ojalá tuviera un hijo tan rojo como la sangre y tan blanco como la nieve!

Apenas lo hubo dicho, se sintió muy feliz, porque tuvo la sensación de que aquello se iba a cumplir, y regresó a la casa. Pasó un mes, y la nieve se derritió; pasaron dos meses, y todo se puso verde; pasaron tres meses, y salieron las flores de la tierra; pasaron cuatro meses y todos los árboles estallaban en el bosque y las ramas verdes se entrelazaban entre sí y los pajarillos cantaban y su canto resonaba por todo el bosque y las flores caían de los árboles; transcurrió el quinto mes, y la mujer se puso debajo del enebro que olía maravillosamente, y el corazón le saltaba de alegría y cayó de rodillas; y, cuando hubo transcurrido el sexto mes, las bayas del árbol crecieron y engordaron y la mujer se puso pensativa; y, en el séptimo mes arrancó una baya y la comió ansiosa, y entonces se puso muy triste y enfermó; y, cuando transcurrió el octavo mes, se acercó a su marido y le dijo llorando: “Cuando yo muera, entiérrame debajo del enebro.” después se tranquilizó y volvió a sentirse contenta hasta que pasó el noveno mes, en el que dio a luz un niño tan rojo como la sangre y tan blanco como la nieve, y, cuando lo vio, se sintió tan feliz, tan feliz, que se murió.

Entonces el marido la enterró debajo del enebro y se echó a llorar y estuvo llorando durante muchísimo tiempo. Pero después se tranquilizó y, cuando hubo llorado un poco más, dejó de hacerlo y, cuando hubo transcurrido un poco más de tiempo, volvió a casarse.
Con la segunda mujer tuvo una hija. El hijo de la pri­mera mujer era un varón, rojo como la sangre y blanco como la nieve. Cuando la mujer miraba a su hija, sentía muchísimo cariño por ella, pero, cuando miraba al niño, se le encogía el corazón y pensaba que era un estorbo. Y siempre estaba meditando cómo se las arreglaría para que todos los bienes pasaran en herencia a su hija, y era el diablo quien le inspiraba estos pensamientos, y la mujer le cogió, pues, mucha inquina al pequeño, y lo empujaba de un lado a otro y le daba tantos pellizcos que el pobre niño estaba siempre muerto de miedo delante de ella. En cuanto llegaba de la escuela, no tenía un minuto de tran­quilidad.

Un día, la niña entró en la habitación donde estaba su madre y le dijo:
—Madre, dame una manzana.
—Sí, cariño —dijo la madre, y sacó para ella una man­zana muy bonita de un baúl que tenía la tapa grande y pesada y una enorme cerradura de metal.
—Madre —dijo entonces la niña—, ¿no podrías darle también una manzana a mi hermanito?
Esto no le gustó nada a la mujer, pero, sin embargo, dijo:
—Sí, en cuanto llegue de la escuela.
Y, al mirar por la ventana y ver que el niño ya llegaba, se sintió de repente como poseída por el demonio, y le volvió a quitar la manzana a su hija, mientras le decía:
—Tú no tendrás la manzana hasta que la tenga tu her­mano.
Diciendo estas palabras, arrojó la manzana dentro del baúl y lo cerró. Cuando entró el niño en la casa, el demo­nio inspiró a la mujer, que dijo amablemente:
—Hijo mío, ¿quieres una manzana? —y le lanzó, al decirlo, una mirada de odio.
—Madre —dijo el chiquillo—, ¡qué rara estás hoy! Sí, dame una manzana.
—Ven conmigo —le dijo la mujer, animándolo, y "abrió la tapa del baúl—. Coge por ti mismo una man­zana.

Y, cuando el chiquillo se inclinó hacia el interior del baúl para coger la manzana, el diablo volvió a tentar a la mujer y, plof, la mujer cerró la tapa de golpe, de modo que le cortó al niño la cabeza, y la cabeza rodó entre las manzanas. Entonces la mujer se sintió aterrada y pensó: «¡Ojalá pudiera no haber hecho lo que he hecho!» Fue a su habitación, sacó del último cajón de la cómoda un pañuelo blanco, volvió a colocar la cabeza encima del cuerpo, la sujetó con el pañuelo de modo que no se pu­diera notar nada, sentó al niño en una silla delante de la puerta y le puso la manzana en la mano.

Entonces Marlenita, la hermana, entró en la cocina y se acercó a su madre, que estaba junto al fuego, revolviendo el contenido de un perol.
—Madre —dijo Marlenita—, mi hermano está sentado delante de la puerta, muy pálido y con una manzana en la mano, y, cuando le he pedido que me la diera, no me ha contestado, y tengo miedo.
—Vuelve junto a él —dijo la madre— y, si no te quiere contestar, dale un pescozón.
Entonces Marlenita salió de la casa y le dijo a su her­mano:
—Hermano, dame la manzana.
Pero él siguió callado, de modo que la niña le dio un pescozón y la cabeza cayó al suelo. La niña se asustó mu­chísimo, se echó a llorar y a gritar, corrió hacia su madre y le dijo:
—¡Ay, madre, le he arrancado la cabeza a mi hermano! Y lloraba y lloraba y no había modo de tranquilizarla.
—Marlenita —dijo la madre—, ¿qué te pasa? Tienes que tranquilizarte, para que no se dé cuenta nadie. La cosa ya no tiene remedio. Voy a meterlo con el cocido.
Así pues, la madre cogió al chiquillo, lo cortó en peda­zos, metió los pedazos en la cazuela y los guisó. Pero Marlenita estaba allí y no dejaba de llorar, y todas sus lágrimas cayeron en la cazuela, de modo que no fue pre­ciso añadir sal.

Entonces llegó el padre a la casa, se sentó a la mesa y preguntó:
—¿Dónde está mi hijo?
La madre llevó a la mesa una gran fuente con el cocido, mientras Marlenita seguía llorando sin poder parar.
Y el padre preguntó otra vez:
—¿Dónde está mi hijo?
—Ah —dijo la madre—, se ha marchado de aquí para visitar a su abuelo, y quiere quedarse con él algún tiempo.
—¿Qué se le ha perdido allí? ¡Y ni siquiera se ha despe­dido!
—Bueno, tenía tantas ganas de irse que me pidió a mí permiso para pasar unas seis semanas con el abuelo. No tienes por qué preocuparte, lo tratarán bien.
—¡Ay! —dijo el padre—. ¡Me siento muy triste! No ha obrado bien, hubiera debido decirme adiós. En esto empezó a comer y siguió diciendo:
—Marlenita, ¿por qué lloras? Tu hermanito volverá. —Y añadió enseguida—: ¡Mujer, qué sabroso te ha sali­do hoy el cocido! Ponme más.
Y cuanto más comía, más quería comer, y siguió di­ciendo:
—¡Dame más! ¡Dame todo lo que queda! ¡Es como si fuera algo mío!

Y comía y comía, e iba echando los huesos debajo de la mesa, hasta que lo hubo terminado todo.
Pero Marlenita se dirigió a la cómoda, sacó del último cajón su mejor pañuelo de seda, recogió todos los huesos y huesitos de debajo de la mesa, los envolvió en el pañue­lo de seda, salió de la casa, sin dejar de llorar amargas lágrimas, depositó los huesos al pie del enebro y también ella se tumbó allí, sobre la verde hierba y, en cuanto se hubo tumbado, sintió tal consuelo que dejó de llorar. Entonces el enebro empezó a moverse, y las ramas se ex­tendían y se encogían, como si fueran manos que alguien agitaba muy alegre. Fue surgiendo una niebla del árbol, y dentro de la niebla ardía algo parecido a un fuego, y del fuego surgió volando un pájaro muy hermoso, que can­taba con gran dulzura, mientras se iba elevando en el cie­lo. Y, en cuanto hubo desaparecido el pájaro, el enebro volvió a estar como antes, pero el pañuelo con los huesos había desaparecido también. Y Marlenita se sintió tan consolada y alegre como si su hermano estuviera todavía con vida.

Volvió a la casa muy contenta, se sentó a la mesa y se puso a comer.
El pájaro, entre tanto, había volado hasta muy lejos. Se posó en el tejado de un orfebre y se puso a cantar:
"Me mató mi madre,
me comió mi padre,
pero mi hermanita,
la fiel Marlenita,
puso mis huesitos en un pañuelito
y al pie de un enebro los depositó.
Con el pío pío,
¡oh, qué pajarillo tan lindo soy yo!"

El orfebre estaba ocupado en su taller, haciendo una cadena de oro, y, al oír al pájaro que cantaba en su tejado, pensó que era una melodía bellísima. Se levantó pues, pero, al cruzar el umbral de la casa, perdió una zapatilla. Salió así a la calle, con una sola zapatilla y un calcetín, el mandil de cuero, la cadena de oro en una mano y en la otra unas tenazas. Y el sol resplandecía y alumbraba la calle. El orfebre se detuvo, al ver al pájaro, y le dijo:
—¡Pájaro, qué bonito es tu canto! ¡Canta otra vez esta canción!
—No —replicó el pájaro—, yo no canto dos veces la misma canción a cambio de nada. Dame la cadena de oro y entonces sí la cantaré otra vez.
—Toma —le dijo el orfebre—, aquí tienes la cadena de oro. Y ahora vuelve a cantar.
Bajó el pájaro, cogió la cadena con la pata derecha, se situó delante del orfebre y empezó a cantar otra vez su canción.

El zapatero lo oyó, salió corriendo en mangas de cami­sa, se paró delante de la casa y miró hacia el tejado. Tuvo que ponerse las manos como visera para que no le des­lumbrase el sol.
—Pajarito —le dijo—, ¡qué bonito es tu canto! Asomó la cabeza dentro de la casa y llamó a su mujer:
—Ven aquí, mujer, hay un pájaro. ¡Mira lo bien que canta este pájaro!
Y llamó a su hija y a los niños y a los aprendices y a las criadas y a los criados, y todos salieron a la calle y vieron lo bonito que era el pájaro, con las plumas rojas y verdes, el cuello que parecía de oro puro y los ojos que brillaban como estrellas.
—Pájaro —dijo el carpintero—, vuelve a cantar tu can­ción.
—No —dijo el pájaro—, yo no canto dos veces la mis­ma canción a cambio de nada. Tienes que regalarme algo.
—Mujer —dijo el zapatero—, ve al taller. En el estante de arriba hay un par de zapatos rojos. Tráelos aquí. La mujer fué a buscar los zapatos.
—Toma, pájaro —dijo el hombre—, y vuelve a cantar la canción.
El pájaro bajó entonces, recogió los zapatos con la pata izquierda, volvió al tejado y se puso a cantar.

Cuando acabó de cantar, se alejó volando, con la cade­na en la pata derecha y los zapatos en la pata izquierda. Y voló hasta el molino, que hacía: «klipi klape, klipi klape, klipi klape». Y delante del molino estaban sentados vein­te mozos, dale que dale a una piedra de moler, que hacía: «clic cloc, clic cloc, clic cloc», y el molino seguía rodan­do: «klipi klape, klipi klape, klipi klape». Entonces el pá­jaro se posó en un tilo que crecía delante del molino y cantó:
Me mató mi madre... Y uno de los mozos dejó de trabajar.
... me comió mi padre... Y fueron dos los que pararon para escucharle.
...pero mi hermanita, la fiel Marlenita... Y pararon otros cuatro.
... puso mis huesitos en un pañuelito... Y ahora eran ya sólo ocho los que golpeaban.
.. .y al pie de un enebro... Y ahora sólo trabajaban cinco.
...los depositó. Y sólo trabajaba uno.
Con el pío pío, ¡oh, qué pajarillo tan lindo soy yo!

Entonces también dejó de trabajar el último molinero, que sólo había oído el final de la canción, y dijo:
—¡Pájaro, qué bonito es lo que cantas! Deja que yo oiga también entera la canción. Cántala otra vez.
—No —dijo el pájaro—, yo no canto dos veces sin que me den algo a cambio. Dame la piedra de moler y la vol­veré a cantar.
—Sí —dijo el molinero—. Si fuera sólo mía, te la daría con gusto.
—Sí —dijeron los otros molineros—. Vuelve a cantar la canción y la piedra será tuya.
Entonces el pájaro se acercó y los veinte molineros lo miraron asombrados. Levantaron la piedra —¡ulaop!, ¡ulaop!—, y el pájaro metió la cabeza por el agujero, de modo que la piedra quedó alrededor de su cuello como si fuera un collar. Volvió a subir al árbol y se puso a cantar.
Cuando terminó la canción, se alejó volando, con la cadena en la pata derecha, los zapatos en la pata izquierda y la piedra de moler en torno al cuello. Y voló hasta la casa de su padre.
El padre, la madre y Marlenita estaban sentados a la mesa, y el padre decía:
—¡Ah, qué contento estoy! ¡Qué bien me siento!
—Yo no —dijo la madre—, yo me siento asustada, como si fuera a estallar una gran tormenta.
Marlenita estaba sentada allí, y lloraba y lloraba y no paraba de llorar.

Entonces llegó volando el pájaro y, cuando se posó en el tejado, el padre dijo:
—Ah, estoy tan contento y el sol brilla de un modo tan hermoso. ¡Es como si fuera a volver a ver a alguien cono­cido!
—No —dijo la mujer—. Yo tengo mucho miedo, y me castañetean los dientes y es como si tuviera fuego en las venas.
Y, mientras decía estas palabras, se desgarró el corpiño y el vestido. Marlenita seguía sentada en el rincón, llora que llora, y, como tenía la trenza delante de los ojos, la empapó de llanto.
Entonces el pájaro se posó en el enebro y empezó a cantar:
Me mató mi madre...
Y la madre se tapó los oídos y mantuvo bien cerrados los ojos, porque no quería ver nada ni oír nada, pero los oídos le zumbaban como si se hubiera desatado dentro de ellos una horrible tormenta y los ojos le ardían y reful­gían como relámpagos.
...me comió mi padre...
—¡Ah, mujer! —dijo el hombre—. ¡Mira qué pájaro tan hermoso hay allí y lo maravillosamente que canta! ¡Mira cómo reluce y calienta el sol, y lo bien que huele todo a canela!
...pero mi hermanita, la fiel Marlenita...
Entonces Marlenita apoyó la cabeza en las rodillas, sin dejar de llorar, y el hombre dijo:
—Voy a salir fuera. Quiero ver a este pájaro más de cerca.
—¡No, por Dios, no vayas! —dijo la mujer—. ¡Me siento como si toda la casa estuviera en llamas! Pero el hombre salió y miró al pájaro.

...puso mis huesitos en un pañuelito
y al pie de un enebro los depositó.
Con el pío pío,
¡oh, qué pajarillo tan lindo soy yo!

En este momento, el pájaro dejó caer la cadena de oro, que cayó justamente alrededor del cuello del hombre y quedó allí bien puesta como un collar. Entonces el hom­bre entró en la casa y dijo:
—¡Mira qué pájaro tan maravilloso! ¡Me ha regalado esta maravillosa cadena de oro! ¡Fijaos en lo maravillosa que es!
Pero la mujer sintió tanto miedo que se desmayó, cuan larga era, en el suelo de la habitación y el gorro se le cayó de la cabeza.
Entonces volvió a cantar el pájaro:
Me mató mi madre...
—¡Ah, ojalá estuviera yo mil metros debajo de la tierra para no tener que oír esto! —dijo la mujer.
...me comió mi padre... Entonces la mujer quedó como muerta.
...pero mi hermanita, la fiel Marlenita...
—¡Ah! —dijo Marlenita—. ¡También yo quiero salir de casa y ver si el pájaro me regala algo! Y salió de la casa.
... puso mis huesitos en un pañuelito...
Entonces el pájaro dejó caer los zapatos.
...y al pie de un enebro los depositó. Con el pío pío, ¡oh, qué pajarillo tan lindo soy yo!
Y la niña se puso muy contenta. Cogió los zapatos ro­jos y entró, saltando y bailando, en la casa.
—¡Vaya! —dijo—. ¡Estaba tan triste cuando salí de la casa y ahora entro tan alegre! ¡Qué pájaro tan maravillo­so, el que me ha regalado un par de zapatos rojos!
—¡No, no! —gritó la mujer, y se puso en pie de un salto, y los cabellos se le inflamaron como llamas—. ¡Me siento como si fuera a derrumbarse el mundo! ¡Yo también voy a salir fuera, para ver si me encuentro mejor!

Y, en cuanto salió, ¡cataplum!, el pájaro le dejó caer la piedra de moler encima de la cabeza, y la piedra la aplas­tó. El padre y Marlenita oyeron el estruendo y salieron a ver qué pasaba. Y vieron que en el sitio donde había esta­do la mujer surgía humo y fuego y llamas y, cuando todo hubo acabado, allí estaba de nuevo el hermanito. Y cogió a su padre y a su hermanita de la mano, y los tres se sentían muy felices, y entraron en la casa a comer.








Edward Gorey es uno de los ilustradores y escritores más particulares del siglo XX. Muchos de sus cuentos fueron pensados para niños, pero sus editores lo obligaron a publicarlos para adultos. A la fecha, los críticos no se ponen de acuerdo en la clasificación de muchos de ellos. Uno de sus libros más famosos se llama The Gashlycrumb Tinies y está basado en los alfabetos que se hacían para que los niños aprendieran las letras. Sólo que Gorey asigna a cada letra un niño muerto, y explicaba para cada uno el motivo de su muerte. Los niños mueren chupados por sanguijuelas, ahogados, quemados, e incluso de aburrimiento.





(Aca tienen las imágenes del abecedario traducido en un post hecho por @locopepe1)

El abecedario macabro de Edward Gorey







Outside Over There



Amigo de Gorey, Maurice Sendak heredó su perspectiva de la infancia. “Yo no le miento a los niños”, dice. Su libro más famoso, Donde viven los monstruos, trata de un niño que se encuentra de pronto en una isla de monstruos terroríficos aunque bondadosos. Estos monstruos están basados en las tías polacas, exiliadas de la primera Guerra Mundial, que visitaban al pequeño Maurice cuando era niño en Brooklyn. Pero quizás su cuento más terrorífico sea “Outside Over There”, en el que una niña se da cuenta de que los goblins han raptado a su hermano y le han dejado en vez un muñeco de hielo.









Quizás uno de los peores miedos de los adultos es hablar con los niños de la muerte. En este hermoso cuento de Wolf Erlbruch, la muerte se hace amiga de un pato y discute con él las posibilidades y los misterios de la vida de ultratumba. A través de hermosas ilustraciones hechas por el mismo autor, Erlbruch simboliza, de manera encantadora y con un toque siniestro, el suceso ineludible para todo ser vivo: la muerte.


(Acá les dejo una animación hecha fielmente en base al cuento)













POST ANTERIORES


33 carteles en Los Simpsons que pasaron desapercibidos



La increíble vida de Christopher Lee










Bueno, eso fue todo! Espero que les haya gustado.

Y gracias por visitar mi post.









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