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60 minutos que me faltaron

El siguiente relato me hizo pensar en todos los 60 minutos no aprovechados en la vida

La cámara, apoyada en su trípode, empieza a grabar. Sesenta minutos de cinta dan para muchas cosas que contar.

Es por la tarde y estoy sentado a la mesa camilla mientras el sol entra por la ventana. Allí fuera yo jugaba de niño y allí me intentaron enseñar a montar en bicicleta hasta que aprendí a hacerlo yo solo. Cuestión de pelotas.

Junto a mí se sienta mi abuelo Kiko. Le he ayudado a afeitarse y está distraído, como pendiente de cualquier cosa menos de mí. En circunstancias normales habríamos venido de tomarnos las cañas. Tenemos hecho un trato: él se toma tantos vinos como yo tubos de cerveza. Cuando mis padres me preguntan luego, solemos mentir. No les gusta que bebamos. Dicen que, al igual que él, llevo el dichoso problema en la sangre. Incluso ahora me empeño en demostrarles que se equivocan, aunque sea lo único que me quede que me recuerde a aquellos momentos.

Hace tiempo que mi abuelo ya no es el mismo. Se olvida de muchas cosas y ha dejado de ser autosuficiente. Hay veces que me da por pensar que en sus circunstancias ya no hay dignidad. Quizás porque ya no hay nada que defender y se tiene la mente en un lugar mejor. Sin embargo, a veces, sólo a veces, de repente vuelve a estar lúcido y recuerda cosas y puede mantener una conversación medianamente coherente. Es cuando sus ojos acuosos y callados recuperan el brillo.

Y es cuando aprovecho para grabar la cinta de vídeo. Allí, los dos sentados, yo preguntando por cosas de su juventud y de cómo conoció a mi abuela y cuáles eran mis cuentos favoritos, aquél de la Cochina Ramona, anécdotas de cuando le llevábamos el bocadillo al trabajo y cosas como que durante muchos años él hacía el dragón de la cabalgata de San Jorge, cómo eran mis padres y tíos de jóvenes, y mil historias más.

La hora se pasa volando. Es sorprendente cómo pasa el tiempo cuando estás a gusto, y justo al mismo tiempo que la cinta se acaba, regresa a mi abuelo esa mirada acuosa y silenciosa. Ha vuelto a ese mundo aparte en el que su mente seguro que está mejor. Mientras tanto, su cuerpo sigue aquí, atado a las tiránicas leyes de la vejez.
Estos son recuerdos que guardo en mi mente. Forman parte de mi pasado y de una realidad alternativa que siempre quise vivir, grabar a mi abuelo y tener siempre con nosotros esos recuerdos suyos y sus vivencias y su forma de ver la vida. Pero no pude hacerlo, lo pensé pero no lo hice, y eso me jode y me joderá siempre. Porque mi abuelo está muerto, lleva muerto casi dos años y no me dio por sacar la cámara y sentarme junto a él a preguntar. Sesenta minutos dan para mucho. Habrían sido muchas preguntas y muchas historias.

Éste es un pequeño homenaje que llega tarde. Estés donde estés, seguro que estás mejor que aquí.

YOE.

http://ojosdehombresombra.wordpress.com/2008/07/07/sesenta-minutos-que-me-faltaron-en-mi-vida/
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