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[7] Super Soliders Apollo

La noche baña con una agradable luz lunar el campamento militar a unos kilómetros de Denver, el clima es fresco y el cielo está despejado. Algo de la luz lunar se ve obstruida por las columnas de humo de La Capital.

-Mira a esos desgraciados –le comenta un militar a su compañero al ver con la mira de aumento de su rifle francotirador-.
-Déjame ver.
Una vez comienza a observar por la mira, no puede ocultar su repudio.
-Reverendos hijos de…
-Ya decía yo que era demasiado humo.
Elisium recoge el desastre que ocasionó, empieza por quemar los cuerpos.



CAPÍTULO 3: COMENZANDO A APRENDER (parte1)



Una vez calmados tras las malas noticias de antes, los muchachos caminan por un pasillo hasta un almacén. Este se encuentra dividido por espacios uno enseguida del otro donde mesas circulares y 8 sillas disponibles se encuentran al centro de cada uno. John se sienta con Lizbeth y otros 6 chicos más. Pasando al siguiente espacio Arthur es sentado con 7 compañeros y 3 espacios más adelante Mari y 7 más.

La regla fue acordada en cada una de las mesas, el comandante la impartió personalmente.
-El objetivo es sencillo: termínense el tazón de avena.

La regla aunque sencilla resultó incoherente, quizá ridícula. Un tazón de avena fría y una cuchara grande de madera por cada persona. Sus manos fueron aseguradas con esposas por detrás del respaldo de la silla y un grillete de plástico no los dejaba acercar la boca al tazón, pero si lo suficiente para alcanzar la cuchara.

-No, no puedo… acercarme. –dijo un compañero de Arthur-.
-¿Cómo se supone que hagamos esto? –pregunta Fátima en alguna mesa-.
-Esto es ridículo. –dijo algún muchacho-.
Mari usa la cuchara para agarrar un bocado, pero al soltarlo nota que peligrosamente el mango quedaría fuera de su alcance. Por lo que al devolverlo en posición, sabría que es difícil tratar de comer sin arriesgarse a perder la cuchara.

Lizbeth con su mano adolorida y con vendas ensangrentadas cierra los ojos y levanta la barbilla en señal de indiferencia. Por su lado John piensa sobre la plática del comandante con los demás.
-¿Qué se supone que tengo que hacer? –Arthur se propone a pensar más detallado-.
-Ya sé, ¿y si movemos la mesa para acercar los platos? –propone un muchacho de una mesa-.
Al hacer temblar la mesa dando rodillazos en la parte de abajo, los tazones se mueven, pero unos quedan más lejos y uno se cae al piso.

En la última mesa, los participantes intentaron atraer el plato con la cuchara, solo para lograr cinco cucharas perdidas.
-La mesa es de aluminio, por lo tanto es ligera, dar patadas solo haría templar los tazones sin control –Mari dió con una pista-.

Avanzada la noche, los muchachos comienzan a dar signos de sueño.
-Quiero acabar con esto, tengo sueño. –Dice un muchacho-.
-Yo también, pero no sé cómo alcanzar esa mugrosa avena –le comenta su compañera de a lado-.

En cada cubil hay una cámara de seguridad. Están conectadas a un cuarto de vigilancia en la que el comandante, dos militares y 2 técnicos observan los avances de los grupos.
-Ya pasaron más de tres horas y aun no pueden terminar –dice un militar fastidiado-.
-Sin mencionar que 2 mesas ya fracasaron en el ejercicio –le responde el otro-.
-¿En verdad fue necesario haber montado todo esto?
-No, pero lo considero de ejemplo. –se dirige el comandante- Está en contra de la naturaleza humana la cooperación. Primero está el interés personal, pensar por el éxito propio que del grupal. La apatía, la indiferencia... eso nubla la vista y evita dar con la solución cuando está en frente de las narices –mirando en el monitor a la mesa de John y Lizbeth-.

-Oye. –Lizbeth por fin habla, con total resignación para romper el silencio- ¿Qué fue lo que te dio ese sujeto?
John no responde, solo recuerda haber guardado la bala que le dio en su bolsillo.
-Te estoy hablando sordo.
-¿Qué?
-Que qué fue lo que te dio el sargento.
-Ah. Pues, es una bala.
-¿Y eso?
-Bueno… es una larga historia.
Lizbeth se lamenta por gastar energías al preguntar en vano.

-La avena está a distancia suficiente para coger algo con cuchara, no puedo arriesgarme a perderla intentando darle la vuelta –Arthur estaba sacando conclusiones- pero y si intentara…
-Oigan -la voz de Mari se distorsiona por tener la cuchara en la boca- ¿se dieron cuenta que la avena está a la misma distancia que cada uno de nosotros?
-Lo tengo – prosigue John-.
-¿Qué? –lizbeth pregunta con lujo agresivo-.
-¿Notaste que al tener grilletes no podemos acercar la cabeza?
-Eso lo sabe cualquiera, tarado.
-Pero mira esto.
John toma la cuchara por el extremo del mango y toma algo de la avena, enseguida gira su cuello hacia su derecha.

-No podemos acercarnos a la comida, “nosotros” –Lizbeth lanzo algo de asombro-.
-¡Pero si la podremos acercarla al de a lado! –John lo confirma-.
-¡Rápido todos tomen sus cucharas! –Mari alza la voz-.

-El ejercicio es simple, el tazón frente a nosotros NO es para nosotros, es para alimentar al de a lado –Arthur explica la mecánica del asunto-.

-Así que si tú, yo, tú… ¿Cómo te llamas?

-Alfredo. –de piel morena, cabello negro corto, ojos oscuros, nariz caída-.

-¿Y tú eres? –le pregunta a John a su compañera-.

-Anna. –cabello pelirrojo rizado y largo, piel muy blanca y ojos azules-.

-Ustedes dos tomen la cuchara, cojan avena y denle de comer al de la derecha. –dice John mientras se le sale algo de saliva por hablar con la cuchara en la boca-.
La mesa de Lizbeth y John, la de Mari y la de Arthur comprendieron de forma retrasada pero eficazmente la dinámica. Cuando 4 de los integrantes de la mesa ingerían la avena dispensada por el de su izquierda, después ellos hacían lo mismo.

Las paredes que dividían el almacén se levantaron, todas las mesas fueron expuestas con los avances que lograron, fueran cuales fueran. Después de elevarse los muros, el comandante ingreso por el portón de ingreso dando espaciados aplausos.

-Bien… muy bien… aquellos que lograron entender el objetivo de este ejercicio, notaran que comieron avena al mismo tiempo, la misma cantidad y quedaron igualmente satisfechos. Que difícil resulto para aquellos que intentaron comerla individualmente, de forma eventual fracasaron. Que simple y sencilla término siendo la practica con el simple hecho de trabajar en equipo.

Su voz se alentó pero adquirió firmeza en señal de pedir completa atención.
-Cuando los acomodemos en equipos, tendrán que tener en cuenta que el equipo son todos, no uno, ni dos, ni aquel que los acompañe, un equipo son todos. Me preocupo por los demás antes de mí, porque yo sé que se preocupan por mí antes que ellos.
Los muchachos escuchaban dando vistazos a las mesas restantes, averiguando quienes supieron hacerlo.

-Trabajando en equipo, nadie se quedara atrás. Trabajando en equipo, nadie será lastre de nadie. Trabajando en equipo –espaciado, muy determinante- el éxito… es… seguro.
Una vez más todos se asombraron de la forma tan sencilla de dar a entender las cosas del comandante.

-Felicitaciones a aquellos que supieron resolver el ejercicio, marcaron la línea entre los líderes y del resto. Los caballeros pasaran a sus asientos y los desposaran, disfruten del resto del día ¡buenos días! Es de mañana –aplaude animosamente- adelante muchachos, animo.

Habiéndose retirado, los militares los liberaron. John y sus amigos se retiraron juntos dándose felicitaciones por completar el ejercicio. Antes de dirigirse a la explanada a tomar el sol John le echó un vistazo a Lizbeth, cuya amiga Fátima la felicitaba. Él le muestra un ademan con la mano en señal de buen trabajo, Lizbeth le devuelve el gesto con buen humor.



continuara...



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¡HASTA LA PRÓXIMA!
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