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A 196 años de la Batalla de Tacuarí (por Udyat).



La Campaña libertadora del Paraguay tocaba a su fin. Emprendida la retirada hasta el río Tacuarí - en cuyas cercanías las fuerzas de Belgrano sostuvieron en el transcurso del día 9 de marzo de 1811 diversos encuentros -, una de las intrépidas columnas, compuesta de 235 soldados, se puso en movimiento. El enemigo, que en número cerca de 2000 hombres, con seis piezas de artillería avanzaba con la arrogancia que le inspiraba la superioridad numérica y su reciente triunfo.



La infantería, formada en pelotones en ala, marchaba gallardamente con las armas a discreción, al son del paso de ataque que batía con vigor sobre el parche un tamborcillo de edad de 12 años, que era al mismo tiempo el lazarillo del comandante Vidal, que apenas veía; pues hasta los niños y los ciegos fueron héroes en aquella jornada.



La caballería dividida en dos pelotones de 50 hombres cada uno, marchaba sobre los flancos sable en mano, haciendo tremolar la última enseña del ejército expedicionario al Paraguay. Los cañones con las bocas ennegrecidas por un fuego de cerca de seis horas, eran arrastrados a brazo por los artilleros. Ibañez conducía el ataque, y el general Belgrano, observando con atención al enemigo, dirigía los movimientos de aquel puñado de soldados.
Repentinamente cesó el fuego y disipándose las nubes de humo que obscurecían el campo de batalla, se vio a la línea paraguaya recogerse sobre sus costados, guareciéndose en el bosque y abandonando en medio del campo los cañones con que hacía fuego. La fuerza moral había triunfado de la fuerza numérica. Habiendo conseguido imponerse al enemigo, había, pues, obtenido la única victoria que era de esperarse; y aprovechándose del asombro causado por el valor de sus tropas, envió a su vez un parlamento al jefe paraguayo, quien lejos de pensar en hacer efectiva su arrogante amenaza de la mañana, sólo pensaba en precaverse de una derrota. Así consta del mismo testimonio del enemigo.
Mientras el Parlamento se dirigía al campo adversario, los soldados patriotas descansaban orgullosamente sobre sus armas. Belgrano, de pie en lo alto del "Cerro de los Porteños", pudo entregarse a la satisfacción viril de haber salvado con su fortaleza de ánimo la gloria de las armas revolucionarias, y con ellas, las últimas reliquias de su pequeño ejército.





EL TAMBOR DE TACUARI

Es un grupo de argentinos
el que marcha a combatir;
es la Patria quien los mueve
y es Belgrano su adalid.
Con la bala y con la idea,
traen de Mayo el boletín;
y las selvas paraguayas
van abriendo al porvenir,
mientras juega con sus chismes
el tambor de Tacuarí.

Rompe el aire una descarga,
el cañón entra a crujir,
y un vibrante son de ataque
los empuja hacia la lid.
Bate el parche un pequeñuelo
que da saltos de arlequín,
que se ríe a carcajadas
si revienta algún fusil,
porque es niño como todos
el tambor de Tacuarí.

Es horrible aquel encuentro;
cien luchando contra mil;
un pujante remolino
de humo y llamas truena allí;
ya no ríe el pequeñuelo:
¡suelta un terno varonil,
echa su alma sobre el parche
y en redobles lo hace hervir,
que es muñeca la muñeca
del tambor de Tacuarí!

"¡Libertad! ¡Independencia!"
parecía repetir
a los héroes de dos pueblos,
que entendiéndose por fin,
se abrazaron como hermanos;
y se cuenta que de ahí
por América cundieron,
hasta en Maipo, hasta en Junín,
los redobles inmortales
del tambor de Tacuarí.

RAFAEL OBLIGADO





Las estrofas tan divulgadas que el poeta Rafael Obligado dedicara al Tambor de Tacuarí constituyen quizá el mejor testimonio del hálito de leyenda que rodea a aquel muchachito de doce años, convertido hoy en símbolo del heroísmo infantil para el 9 de Marzo, es decir, la fecha conmemorativa de 'la batalla de Tacuarí.
Unas escuetas líneas de Mitre en su Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina dieron nacimiento al mito. Así, el Tambor de Tacuarí se abrió paso en la maraña de los orígenes históricos sin partida de nacimiento.
Bate el parche un pequeñuelo que da saltos de arlequín, que se ríe a carcajadas si revienta algún fusil porque es niño como todos el Tambor de Tacuarí.
Obligado se refiere al niño que hizo de lazarillo del comandante Celestino Vidal, uno de los jefes de la columna de ataque en Tacuarí, quien se hallaba prácticamente privado de la visión. Vidal, que recuperó la vista meses después, marchó al frente de la columna, pero el lazarillo que lo acompañaba se convirtió, a impulso del entusiasmo que agitaba a las tropas en esos momentos, en heraldo de la avanzada, batiendo el parche de su tambor.
No se sabe qué ocurrió luego con el tamborcillo. Ni siquiera si murió en la acción, aunque si hubiese ocurrido ésto tendría qua haber figurado en los partes. los historiadores contemporáneos prefieren omitir el hecho al ocuparse de la batalla de Tacuarí, por la falta de pruebas documentales. Pero la leyenda prendió con facilidad, y poetas y artistas se inspiraron en aquel Jovencito para perpetuarlo en poemas, esculturas, cuadros, y hasta en una película cinematográfica argentina, estrenada en 1948.



Más info:Campaña al Paraguay
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