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a que no conocias este lado oscuro del monte Everest

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Situado en el “techo del mundo” o cordillera del Himalaya, el monte Everest, de 8848 metros, presume ser la cumbre más alta sobre el nivel del mar. Su cima ha sido codiciada por muchos, pero todos saben que a partir de los 8000 metros está la denominada ‘zona de la muerte’, donde hay una media de 36 grados bajo cero, aunque puede caer hasta los menos 60 grados. Además, en esta zona el oxígeno no se puede reemplazar tan rápido como se consume, por lo que si no se usa una bombona de oxigeno, el cuerpo se irá degradando hasta un punto de no retorno.
Un auténtico infierno sobre el cielo, en el que si uno de los montañero cae, los otros no podrán ayudarle ya que necesitan todas sus fuerzas para dosificar el oxígeno, ya que si tenemos en cuenta que por cada paso que se da, un montañero experimentado respira tres veces, sería un auténtico suicidio.
Por muy triste que suene, cuando un compañero no puede continuar por su propio pié, los otros deberán abandonarlo a su suerte si no quieren morir.
Un helicóptero que se estrelló en el año 2003 mientras intentaba aterrizar en el campamento base. Dos de sus nueve ocupantes fallecieron.
Cerca de 200 cadáveres descansas en la zona de la muerte, de los cuales 150 nunca se han encontrado. Otros 40 han permanecido en el punto exacto donde cayeron y hoy sirven de puntos de referencia para los montañeros que se atreven a cruzar este umbral. Si resulta difícil mover a alguien vivo en este punto de la ascensión, ni se plantea la idea de mover los cadáveres. Los cuerpos quedan congelados, petrificados con la postura exacta que tenían cuando murieron.
El eterno descanso
Este fue el caso de Peter Boardan, que quedó para siempre sentado en el hielo y con los ojos abiertos. Dos nepalíes intentaron rescatar su cuerpo pero murieron en el intento.Finalmente los restos cayeron ladera abajo, arrastrados por el viento.
Peter desapareció en 1982 y fue encontrado 10 años después.
El saludador
Uno de los primeros cadáveres que se pueden encontrar en la ascensión, es el de “el saludador”, un apodo que le pusieron porque dicen que parece que esté haciendo un gesto de saludo, que permanece allí desde que muriera en 1997.
‘El saludador’, uno de los primeros cadáveres que se pueden ver durante la ascensión.
Botas verdes
Tsewang Paljor, famosamente conocido como “botas verdes” por el calzado fosforito que lleva, era un alguacil de origen hindú que murió por congelación, durante una ventisca que sorprendió a su grupo, en mayo de 1996. Sus restos mortales se hicieron famosos porque los escaladores que acceden a la cima por la ruta del sur tenía que sortearlos.
Tsewang Paijor, apodado “botas verdes”, descansa tendido sobre la nieve a 450 metros de la cima.
David Sharp, el alpinista al que dejaron morir ante los ojos de todos
Otro de los casos que conmocionó a la comunidad alpinista fue el de la muerte de David Sharp en mayo de 2006. En su tercer ascenso a la cumbre había contratado a Asian Trekking para viajar con ellos hasta el campamento base. Desde allí, hizo varias incursiones en solitario y sin el material adecuado, subiendo tan solo con lo puesto, quizá con la intención de batir algún récord.
Durante el descenso se vino abajo, al lado del cadáver de “botas verdes”, intentando recobrarse como podía, aunque sabía perfectamente que estaba agonizando lentamente. Pasaron decenas de alpinistas por delante de él que ni siquiera se pararon para asistirle porque no eran de su grupo.
Mark Inglis, que había perdido sus dos piernas por congelación en 1982, lideraba una expedición que pasó junto a David. Sharp todavía estaba con vida, así que Inglis llamó por radio para solicitar instrucciones. Su director le dijo que en todo caso le socorrieran en el descenso. Fue uno de los hechos más criticados, puesto que en el Everest priman los intereses comerciales y los de equipo. Si un cliente contrata un equipo para acceder a la cima, está pagando solo por eso y no por ayudar a terceras personas.
Imágenes pertenecientes al canal Odisea
Tras nueve horas de agonía, dos montañeros que volvían de la cumbre intentaron socorrerle, pero al no poder levantarle le dejaron abandonado a su suerte. Los que intentaron reanimarle llevaban cámaras y recogieron posiblemente las últimas palabras de Sharp: “Me llamo David Sharp, y estoy con Asia Trekking”.
A la izquierda el alpinista David Sharp. A la derecha Mark Inglis, al cual se le criticó muy duramente por haber dejado atrás a Sharp.
Enloquecido por la hipoxia
Bruce Herrod consiguió llegar a la cumbre pasadas las 5 de la tarde, una hora demasiado tardía pues la noche se le echaba encima. A pesar de que un grupo con el que se cruzó le insistió para que descendiese porque no le vieron en buenas condiciones,ya era demasiado tarde, pues la euforia causada por la hipoxia hacía que nada pudiera detenerlo. Después de dos horas de haber alcanzado la cumbre, se perdió para siempre.
Foto realizada por el propio Bruce en la cumbre. La cámara sería recuperada posteriormente y su mujer revelaría la foto que le había costado la vida.
Una recuperación milagrosa
A Lincoln Hall se le conoce como “el muerto viviente del Everest”.En su descenso, después de haber pisado la cima, sufrió lo que se conoce como mal de alturas, y empezó a sufrir alucinaciones. Los sherpas que iban con él intentaron ayudarle, pero tras quedarse sin suministros, el director del equipo ordenó que regresasen, abandonando a Lincoln a su suerte. Incluso se llegó a comunicar a la familia su fallecimiento.
Al día siguiente, un equipo de estadounidenses encontró a Hall a 8700 m, sentado con la piernas cruzadas, sin guantes, con el mono bajado hasta la cintura y el torso desnudo. Se estaba cambiando de camiseta. Cuando el grupo llegó hasta él se percató de que no llevaba nada de equipo para poder sobrevivir y les dijo: “les sorprenderá verme por aquí”.
Después del rescate, Lincoln consiguió llegar al campamento, donde fue atendido de un edema cerebral, del cual se recuperó.
Lincoln Hall momentos después de su rescate. Todavía seguía alucinando y sonriendo a pesar de estar al borde de perder los dedos de pies y manos.
Todavía son muchos los cuerpos que descansan en la colosal montaña, historias trágicas que dejan constancia del precio que tuvieron que pagar para intentar lograr su sueño.
Estos son los restos de un alpinista que descansan en el campamento 3. Aunque parezca sorprendente, los montañeros y los sherpas acampan cerca de él como si se tratara un elemento paisajístico.
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