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Biografías del rock: sexo, drogas y vivir para contarlo





Aquella vieja leyenda que decía que Elvis Presley seguía vivo estalla en mil pedazos cuando uno lee la monumental biografía que sobre el Rey del rock escribió Peter Guralnick (Global Rhythm Press) y se detiene especialmente en la descripción de la autopsia: «El corazón estaba dilatado, había una cantidad significativa de arteriosclerosis coronaria, el hígado estaba considerablemente dañado, a la vez que el intestino grueso presentaba obturación con materia fecal…» No sigo. La autopsia de Elvis es un poema en prosa sobre la destrucción y el hundimiento del primer gran icono de la Historia del rock.



No nos bastaba con adorar los discos, las canciones, los conciertos. La industria del libro cayó también de rodillas ante la aparición de los santos laicos y legendarios de la música pop. Todos tienen multitud de biografías, desde Woody Guthrie hasta Kurt Cobain, desde Johnny Cash o Chuck Berry hasta los Beatles o los Stones.
¿Qué estará haciendo ahora...?



Las bibliografías son extensas. La gente quiere saber cómo fue la vida, cómo está siendo todavía la vida de los rockeros inmortales. Por ejemplo, ¿qué está haciendo en estos momentos Bob Dylan? Las modalidades literarias de las biografías de los héroes del pop son muchas: desde la biografía autorizada, hasta la no autorizada, pasando por el libro de memorias escrito por el propio interfecto.



Acaban de publicarse las estupendas memorias de Pete Townshend, con el título de Who I Am (Malpaso). El célebre guitarrista de los Who desvela algunos entresijos de la banda más grande de la Historia del rock. En cualquier biografía o autobiografía de los señores del pop hay constantes imprescindibles. Son lo que yo llamo las constantes de la «tauromaquia», a saber, drogas, alcohol, éxito, sexo, grupies enloquecidas, hoteles de lujo destrozados, millones de dólares y, finalmente, la destrucción. Porque el rock ha sido una tauromaquia, un exhibicionista juego con la muerte. Si no los veíamos jugar con la muerte, no les creíamos.

«El egoismo y las luchas internas son otra constante del género»



Así es como surgió la «Generación del 27» del pop, que Howard Sounes analiza en su libro Amy Winehouse y el club de los de 27 (Alianza). No son Lorca o Alberti y Cernuda los miembros, sino Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain. Todos murieron con 27 años. En los años sesenta y principios de los setenta, la muerte sólo parecía un juego más. Howard Sounes se sumerge en esos acabamientos físicos prematuros: el vómito encharcado de vino tinto en que se ahogó Jimi Hendrix (y su novia, histérica, que no se atrevía a llamar a la ambulancia y Eric Burdon insultándola por llamar tarde al médico); o el sobrepeso inexplicable de Jim Morrison; o los 140 miligramos de alcohol por decilitro (un tercio de la cantidad que mató a Amy Winehouse) en la sangre de Brian Jones.



El que sabía que la muerte no era un juego sino un adiós estúpido a los dones inacabables de este mundo fue Mick Jagger, el inventor de la desafiante longevidad del pop. De él se acaba de publicar una espléndida biografía, muy sociológica y por tanto muy real, escrita por Philip Norman (Anagrama). Norman ya era autor de otro trabajo sobre John Lennon. Las fotos de Jagger incluidas en el libro de Norman dejan bien a las claras algo terrible: ha pasado el tiempo y el mundo ha envejecido. Pero Jagger se hará de noventa años, si no, al tiempo.



Un relato pequeñoburgués y endemoniado


Otros han elegido una vejez dichosa (nada menos que en Hawái), como Neil Young, que ha escrito sus memorias con el título de El sueño de un hippie (Malpaso), memorias más tranquilas, más cósmicas, más iluminadas, incluso más pequeñoburguesas y mucho menos endemoniadas que las de Townshend, pero entre ambas hay una complementariedad o las dos posibilidades vitales que ofrecía el rock en los años sesenta: la psicodelia urbana frente a la psicodelia del hipismo, o Nueva York y Londres frente a California.

El egotismo y las luchas internas son otra constante del género. Me interesaba mucho saber cómo vivió Townshend la muerte de Keith Moon o cómo son sus relaciones con Roger Daltrey. Pero Townshend habla poco de la muerte del batería más chiflado de la Historia del rock. Philip Norman describe con gracia la salida del bajista Bill Wyman, de los Stones, y la tiranía con que Jagger dirigía y dirige a su banda. Cuando Wyman se fue de los Stones, Jagger dijo: «Tocar el bajo no puede ser tan complicado. Yo lo haré si es necesario».



«La autopsia de Elvis es un poema en prosa sobre la destrucción del primer gran icono del rock»


También hubo sus peleas en el seno de The Smiths. Fruela Fernández ha recopilado una serie de ensayos, de corte sociológico y político, en el libro The Smiths. Música, política y deseo (Errata Naturae), en donde poetas como Alberto Santamaría o músicos como Nacho Vegas o Antonio Luque confiesan su pasión por la banda de Manchester. Esta recopilación de ensayos sobre los Smiths refleja una intelectualización muy relevante del pop, que irá a más. Pronto habrá cátedras de universidad sobre la Historia del rock, si no las hay ya. La politización de The Smiths es un paso adelante en esta larga marcha del rock hacia la excelencia cultural, hacia su conversión en un fenómeno de alta cultura, aunque tenga detractores. Me ha gustado mucho la definición que Julian Stringer da de Bob Marley, a quien llama «polígamo errante». Todas las estrellas del rock son o han sido «polígamos errantes».



El Kafka del «rock»


El héroe especial de todas estas historias de elevación del rock a una categoría intelectual es Lou Reed, como bien sabe Mick Wall, quien acaba de publicar hace unas semanas una biografía sobre el ilustre fantasma de Nueva York (Alianza). Reed, como afirma Wall, situó el rock en un lugar inalcanzable para todos los demás. Reed tiene que ver más con Burroughs, Selby y Warhol que con los Stones y los Beatles. En Lou Reed había una solidez no apta para adolescentes histéricos y sin cultura literaria. Todos se drogaban, es verdad, pero Lou Reed lo hizo de una forma condenadamente alegórica, como si fuese el Kafka del rock. Los demás se divertían con las drogas, Lou Reed vio en ellas un novísimo engranaje de la alienación contemporánea, también una nueva forma de perduración en la memoria de los hombres.

Todos estos grandes señores del rock estuvieron –los ya muertos– o están –los aún vivos– forrados: dueños de vastas fortunas y de muchas mansiones en los mejores lugares de la tierra. Fueron, sin duda, detectives salvajes, gente que exploró el límite de las cosas, pero finalmente se convirtieron en detectives millonarios, porque el rock, como todo cuanto existe, o es una industria –una máquina de hacer dinero– o es nada. La vida salvaje y mitológica también se hace con dinero, con mucho, muchísimo dinero.


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