Buena Fortuna



Bajo el umbral en el que ha pasado la noche, Atilio dobla meticulosamente los cartones sobre los que duerme y la frazada con que se cubre; camina trabajosamente y siente que el frío le ha cristalizado los huesos; llega a la estación de servicio de San Martín y Amigorena y, con el secreto consentimiento de los empleados, guarda sus pertenencias en el escobero: los cartones, la frazada y una pequeña y añosa maleta de equipaje; se lava la cara y se peina frente al espejo del baño: su rostro tiene mucho más años que los sesenta y pico de su alma exhausta.

Junto a la bicicleta del cafetero, compra su cortado y su tortita diarios, y con cada sorbo la sangre se le entibia lentamente; a través de la distancia que lo separa de la casa, con una inclinación de su cabeza va saludando a los demás personajes callejeros: todos lo conocen, pero nadie sabe quién es.

A través de las rejas que protegen la propiedad, la mucama le alcanza las herramientas de jardinería; cuando termina de cortar el césped, el sol ya lo ha revivido por completo; en un ritual que se repite en cada casa en la que trabaja, la empleada doméstica le recibe las herramientas y le da lo pactado: apenas dos billetes de diez pesos y lo que sobró de la cena.


El mediodía lo encuentra en la Plaza Independencia, compartiendo su comida con los perros que lo están esperando desde el día anterior; pero a pesar del sol esplendoroso, un viento helado lo decide a refugiarse en algún negocio, y comer algo caliente.

En el televisor del bar, el periodista comenta el clásico de fútbol; de pronto aparece un cartel de “Urgente”, y luego la fotografía del famoso Eduardo Capetti: las diálisis ya no dan resultado, y de no recibir un trasplante, sus días están contados; el millonario empresario está internado en una lujosa clínica, a la espera de un donante, o un milagro: la que relata el estado del empresario es su esposa, cuya imagen demacrada implora ayuda.


La noticia conmueve a Atilio al punto de no poder terminar su magro almuerzo; piensa en su vida miserable, en la mujer que ha perdido, en el hombre de la pantalla; inexplicablemente se apiada del enfermo y de su esposa; cuando logra salir de su estupor, llama al mozo y paga la cuenta; aunque no es el día prefijado, sabe que a esa hora el encargado no está y que los empleados de la estación de servicio le permitirán bañarse clandestinamente.

En una bolsa de supermercado pone la ropa sucia y la guarda en la maleta; en el recorrido hasta la clínica, seca varias veces sus lágrimas y siente que una fuerza descomunal le oprime el pecho; el viento ha traído las nubes y la siesta se ha puesto tan triste y oscura como él.

Reunido con los médicos, Atilio pide mantenerse en el anonimato. Han pasado unos días desde la entrevista y las pruebas de compatibilidad han resultado favorables; firma los papeles de rutina, y en unos pocos minutos se encuentra en una sala de operaciones: el trasplante es un éxito.Luego de dos meses de luchar por su vida, Atilio se encuentra totalmente recuperado.

El empresario insiste en conocerlo, a lo que finalmente, y de mala gana, Atilio accede. Eduardo Capetti prepara el encuentro: para alimentar su imagen de buen ciudadano, lleva cámaras de televisión; en la puerta de la clínica organiza una conferencia de prensa y promete asistencia para el hombre que le ha salvado la vida; el empresario y el público esperan con fervorosa ansiedad conocer el rostro y el nombre del extraño personaje que aún permanece internado; las cámaras filman desde atrás el recorrido por los pasillos del hombre de negocios; llegan a la puerta de la habitación y entran; Eduardo Capetti se acerca hasta la cama, sonríe y extiende su mano; pero Atilio no le corresponde, lo mira desde unos ojos vacíos y, sin inmutarse, le dice: “Ya ni siquiera te acordás de mí, Eduardo...” Capetti se sorprende desconcertado, y enmudece; inmediatamente después la cámara hace un primer plano de Atilio: “Éramos jóvenes… me despediste de la empresa de tu padre… me robaste el amor de mi vida… tuviste los hijos que pude haber tenido con ella… te quedaste con toda mi dignidad: nunca pude librarme de vos, pero ya no podrás librarte de mí”.