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Buenos Aires v. el interior: Los hermanos desunidos






@TrollacioPenaldo





Buenos Aires vs el interior: Los hermanos desunidos

Los prestigiosos historiadores Miguel Angel De Marco y Luis Alberto Romero analizan y debaten esta vez sobre el origen y las razones de la puja que divide a la Argentina, desde los años del Virreinato del Río de la Plata



Poteños y provincianos. Haraganes y siesteros, dicen los primeros de los segundos; oportunistas y fanfarrones, replican éstos. Acomodados, postergados, pedantes, cabecitas, mentirosos, vagos, son apenas los calificativos más suaves que, desde los tiempos iniciales de la nación, se lanzan unos y otros. "Lejos de ser una cuestión anecdótica -señala Miguel Angel De Marco-, influye radicalmente en la vida argentina."

Luis Alberto Romero, por su lado, advierte que sobre esta cuestión "pesan una serie de prejuicios, malos entendidos y distorsiones ideológicas".

-Buenos Aires es rica a costa del interior. ¿Cuánto de verdad hay en esta sentencia?

MADM: -Entre los problemas de fondo de la Argentina, tanto como la extensión de su territorio y la escasez de población, además de su desigual distribución, se presenta el de la puja entre Buenos Aires y el interior. Lejos de ser una cuestión anecdótica, influye radicalmente en la vida argentina, le impide desarrollarse armónicamente, produce desencuentros que se traducen en las decisiones políticas y en el impacto en el imaginario colectivo.

LAR: -Sobre este tema pesan una serie de prejuicios, malos entendidos y distorsiones ideológicas que, en general, los historiadores han superado, pero que todavía no han conformado en el público un nuevo consenso.

MADM: -Mutuamente, porteños y provincianos abrigan viejas prevenciones y heridas. Los primeros suelen sostener que "en provincia" la gente es quieta y haragana, que si no logran desarrollarse como en la capital y la provincia de Buenos Aires, la más grande y poblada, es porque están envueltos en una fatal tranquilidad simbolizada por la siesta. La imagen que los habitantes del interior tienen de los de la capital y zonas colindantes, es que se trata de "faroleros", oportunistas y pedantes que se aprovechan de lo que a lo largo de la historia se quitó al resto del país. Un amigo de una provincia norteña, hombre destacado, me dijo una vez: "Estamos invadidos por los porteños. Líbreme Dios que alguna de mis hijas quiera casarse con uno de ellos". Detrás de esta expresión se esconden viejas prevenciones que, a veces, transmitidas de generación en generación, se refieren a los días posteriores de Mayo, cuando las tropas enviadas por la Junta cometieron innumerables atropellos. No hay capacidad, por una y otra parte, para imaginar fórmulas nuevas que modifiquen, aun parcialmente, la situación. Claro que muchos de los provincianos que llegaron a la atrapante ciudad del Plata se olvidaron -se olvidan- de su condición de tales, y son más duros con sus lugares de origen que los mismos nativos de Buenos Aires. ¿Ejemplos? Centenares, pero no hay más que recordar la trayectoria aporteñada del sanjuanino Sarmiento y del cordobés Vélez Sarsfield, quien una vez expresó que para él era un castigo volver a la ciudad mediterránea. Buenos Aires es un imán que da vigencia al viejo dicho: Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires.



LAR: -Es cierto que en el país existen fuertes desigualdades económicas. Pero éstas no se concentran en Buenos Aires, sino en toda una región que se adaptó más eficientemente al modo de funcionamiento de la economía capitalista; sus beneficios no se extrajeron de las provincias, sino del mercado mundial. ¿Qué hizo el Estado ante esa situación de beneficios desiguales? Básicamente, compensar un poco las desigualdades redistribuyendo los beneficios. ¿Por qué lo hizo? Por dos motivos. Uno hace a la razón de ser una nación: la solidaridad entre sus partes. Hay un segundo motivo, y para explicarlo tenemos que recurrir a los grupos de presión o los lobbies económicos o políticos. Sobre los lobbies económicos, el caso paradigmático es la protección que desde fines del siglo pasado se otorga a la azúcar tucumana y a otras producciones regionales. Los habitantes del Litoral consumen azúcar nacional, la pagan un poco más cara que si la importaran y con esto se beneficia la provincia de Tucumán. Allí, los beneficios se reparten de manera desigual, pero a la hora de presionar en el Congreso para mantener la protección, coinciden y se suman. Fue un lobby muy eficaz. A los lobbies políticos los conocemos mejor. Hoy, los grandes mecanismos de redistribución son la coparticipación fiscal y los más discrecionales aportes del Estado.

-¿Se puede señalar, aproximadamente, el momento en que nace esta rivalidad?

MADM: -Si uno busca en los meandros de la historia el origen del desequilibrio entre Buenos Aires y el interior tiene que remontarse a la instauración del Virreinato del Río de la Plata, en 1776. De pronto, esa ciudad pobre y fea, de calles de barro y mal iluminada, según algunos viajeros que la visitaron, se convirtió en la cabeza de una enorme jurisdicción que comprendía las gobernaciones de Paraguay, Tucumán, Potosí, Charcas, Cochabamba y La Paz, a la que luego se agregaría Cuyo. En poco tiempo, el reglamento de Comercio Libre y la creación de la Aduana la transformaron en una plaza comercial que competía ventajosamente con Lima, la capital del Virreinato del Perú. Crecía sin pausa y consolidaba una burocracia capaz de manejar los hilos de tan vastas posesiones españolas. La creación del régimen de intendencias consagró una concepción centralizadora en lo atinente al gobierno y fiscalista en materia de hacienda. Ese crecimiento provocó, sin duda, celos y prevenciones con respecto a la nueva capital. Si se agrega a ello el fuerte sentimiento localista nacido del aislamiento que soportaban desde mucho tiempo atrás las ciudades del interior, lo que las obligaba a autoabastecerse y defenderse, es fácil comprender el rechazo hacia la política centralizadora dictada desde España que favoreció al comercio ultramarino, benefició a Buenos Aires y a la península y perjudicó las incipientes industrias de aquéllas.

LAR: -Hay que señalar dos etapas completamente distintas en esta historia. La primera va desde 1810 hasta 1880, décadas en las cuales el antiguo Virreinato se fragmenta, se constituyen los estados provinciales y la ciudad de Buenos Aires, luego de un breve y fracasado intento de mantenerse a la cabeza de la antigua unidad virreinal, se convierte desde 1820 en cabeza de una provincia. Desde entonces, y hasta 1880, en el marco de las guerras civiles, se discute la conformación de un nuevo estado, que finalmente tiene forma federal. En esas décadas puede hablarse de Buenos Aires -pero ciudad y provincia- como sujeto de frases y explicaciones históricas, y de una compleja relación con las otras provincias. Desde 1870 o 1880, el escenario cambia completamente, pues se constituye el Estado nacional. El eje de la cuestión ya no es más Buenos Aires, sino el Estado. Si bien éste tuvo su asiento en la ciudad, esto ocurrió después de que la provincia fuera derrotada por el Estado en 1880. Desde entonces, todo lo que de manera simplista se atribuye a Buenos Aires, lo bueno o lo malo, debe, en realidad, atribuirse a otro sujeto: el Estado. Un Estado que rara vez estuvo gobernado por gente de Buenos Aires; de Roca a Kirchner, predominaron los gobernantes provincianos, y tanto los cuerpos representativos como la burocracia estatal se nutrieron, y se nutren, de contingentes provenientes de las provincias. Desde 1880, el sujeto correcto para la mayoría de los enunciados debe ser, sin duda, el Estado. El lugar de asentamiento de ese Estado es menos importante que la lógica estatal que lo rige. El sentido común, en cambio, mantiene asociados Estado y ciudad capital.



MADM: -Recorriendo nuestra agitada historia, nos encontramos con años de sangrientas peleas entre unitarios y federales, denominación que no siempre respondía a las ideas y conductas de los respectivos líderes; de separación tajante entre Buenos Aires, que se dio el título de Estado, y el resto del país, que se llamó Confederación Argentina; de predominio porteño a partir de Pavón... son una muestra de la pervivencia de ese encono que tenía raíces políticas, pero también respondía a razones económicas. Rosas se titulaba paladín del federalismo y, sin embargo, sostenía los intereses económicos y políticos de su provincia, Buenos Aires. Después de la revolución del 11 de septiembre de 1852, que segregó a esa provincia, surgieron dos corrientes principales entre sus dirigentes políticos: la "nacionalista", encabezada por Mitre, que no rechazaba la unión nacional en un proceso conducido en definitiva por Buenos Aires, y la "autonomista", liderada por hombres como Alsina, que reclamaba la separación definitiva, lisa y llana de ese interior pobre e incomprendido. Luego del triunfo porteño en Pavón, Mitre completa el proceso de unión nacional que no había logrado finalizar Urquiza, pero mantiene la sede de las autoridades en la ciudad de Buenos Aires, capital nacional "de prestado", junto con las de la provincia de ese nombre.

-¿Hay un uso político de esta polémica entre porteños y provincianos?

LAR: -Yo creo que sí. Creo que todavía sigue siendo un tema ideológico importante. Lo fue durante todo el siglo pasado y todavía quedan llamas entre las cenizas. En el libro de Manuel Gálvez, El diario de Gabriel Quiroga, un muy buen testimonio de lo que fue el nacionalismo en 1910, él hace una descripción de Catamarca absolutamente idílica, algo así como el paraíso terrenal -aunque es cierto que más adelante dice que es muy aburrido-, pero contrapone esa ciudad donde todo es natural, auténtico, comunitario, con Buenos Aires, y dice que es el lugar del vicio, de la corrupción, que en vez de mirar hacia el país mira hacia Europa. En general, el discurso nacionalista que ha sido fuerte en nuestra cultura política ha hecho un culto del país encerrado sobre sí mismo, el país auténtico, raigal, dueño de un destino de grandeza. Este se realiza por una confabulación entre poderes externos -la pérfida Albión- y una elite dirigente enajenada, que ha dado la espalda al país, que lo mira con ojos extranjeros y que se desentiende de su destino de grandeza, para venderlo, a vil precio, al enemigo externo. Para muchos este relato será absolutamente lógico y creíble.

-Usted no lo cree así...

LAR: -Yo creo que es falso, nefasto y engañoso. Falso porque todo lo que, desde Rosas en adelante, ha contribuido al crecimiento de la Argentina, tuvo que ver con su relación con los centros dinámicos del mundo, de su economía y su cultura. Nefasto porque ha convertido al aislamiento en una virtud. Engañoso, porque este discurso nacionalista es tan extranjerizante como el otro, al que denuncian como cosmopolita. Estos escritores nacionalistas, que se consideraron los dueños del pensamiento nacional, en realidad leyeron otros libros europeos; abrevaron en otras fuentes contemporáneas, que tuvieron aquí el mismo éxito que en España, Francia o Alemania. Si hay algo que no tiene fronteras es el pensamiento. Si hay algo que convierte en "nacional" a un pensamiento es la capacidad de utilizar las ideas más generales de nuestra cultura occidental para entender nuestro caso concreto. De ahí que cuanto más abierto sea un pensamiento, más nacional será. Y cuanto más encerrado en una esencialidad nacional, más responsable del atraso y la frustración.





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