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Carta a mis amigos kirchneristas



Antes que nada la carta y el contenido del post son sacados de una fuente, al que no le guste el post, o lo que dice en el diríjase a dicha fuente y no arme berrinches y comentarios para generar bardo, desde ya muchas gracias.





Queridos amigos:

Porque los quiero deseo hablarles sinceramente. Estoy alarmado y creo que ustedes deberían estarlo todavía más, por el grado de descuelgue de la presidenta que se está poniendo en evidencia desde los comicios del domingo pasado. Yo no soy kirchnerista y no siento mayor aprecio por Cristina, pero que ella y su grupo den claras muestras de estar entrando en una desconexión de la realidad me alarma porque sería pésimo para el país. Faltan dos años para que finalice su mandato y, no importa si su sucesor será k o anti-k o intermedio, el país conducido durante esos dos años por una élite obnubilada por su propio relato al punto de ser incapaz de asimilar una derrota electoral y gritarse a mí misma que está todo bien me resulta pavoroso, ¿a ustedes no?



Veamos.

La reacción principal de Cristina y los suyos (el mejor ejemplo es Aníbal Fernández) fue la ira. Cristina resolvió estar irritada. Ustedes, supongo, concordarán conmigo que la ira no es la mejor reacción de cara a las elecciones de octubre. Cristina cree o cree que puede hacer creer que los medios tuvieron la culpa. Habla para los convencidos. Con ese argumento no va a conseguir sumar un solo voto. Pero más allá de eso esa reacción tan desastrada indica descontrol y falta de responsabilidad. Si a mí – parece indicar – que soy tan popular y sobre todo encarno lo nacional popular en este país, no me quieren, pues que se jodan, allá ellos, no nos merecen. Hay muchos ejemplos de esto en la historia y ninguno que yo sepa terminó bien. Morir heroicamente abrazada a la bandera del relato puede ser una forma de castigarnos a todos y lo peor es que no tendremos cómo defendernos. En la vida cotidiana eso se llama despecho y el daño que puede hacer el despecho en política es tremendo



La reacción de Cristina (ni hablar de Aníbal, de Kunkel, etc.) no incluye la menor sombra de autocrítica. Puricceli dijo al menos que “a lo mejor no habían comunicado bien”. Convengamos que como autocrítica es un argumento muy pobre pero peor es no hacer ninguno, y sobre todo pasar la impresión de que no se siente íntimamente la necesidad de una introspección crítica, aunque sea para volver a estar en condiciones de ganar el juego o al menos transmitir a la ciudadania la imagen de una sincera disposición al autoexamen para reconstruir un lazo de confianza. El camino elegido me recuerda mucho a la reacción mayoritaria del peronismo tras la derrota de 1983. Nos habían vencido la antinación, el liberalismo, la antipatria, etc. Y no se trataba de una confrontación popular, se trataba, en el mejor de los casos, de un demagogo, que le había mentido al pueblo. Lo de Kunkel de hoy es todavía más loco: Massa es el personero de la oligarquía. Ya, ya, tenemos un 35% de argentinos, bonaerenses, mayoritariamente peronistas votando a la oligarquía. Pero ahora esto es más grave que en 83, porque en aquel entonces el peronismo pasó a la oposición, y ahora el kirchnerismo DEBE SEGUIR GOBERNANDO Y OJALÁ LO HAGA LO MEJOR POSIBLE.



Mientras Cristina ningunea sobre todo a los dirigentes opositores, Aníbal Fernandez lo hace con los votantes, la gente común, la gente de a pié, los electores, el pueblo. A él le importa “un carajo los votos que sacaron otros”. Me gustó esa. Si estuviéramos en una farsa, sería linda. Pero estamos en la realidad (esa que Perón decía, muy discutiblemente, que era la única verdad; pero por esta vez lo cito al general, hay una realidad numérica que es consecuencia del cumplimiento de un complicado ritual de formación de la voluntad pública, que no se debería poder mandar al carajo impunemente). Como sea, ambos ningunearon ambos actores, los dirigentes opositores y el pueblo. El pueblo no votó contra el gobierno por ninguna buena razón, lo hizo por todas malas razones, equivocado, confundido (por los medios), egoísta, etc.



Pero el ninguneo de la Presidenta a los dirigentes a los que no les fue nada mal el domingo, es muchísimo más interesante. Retóricamente, su reacción consistió en hacerlos a un lado de un solo golpe y convocar a los poderes “reales”, de los que esos dirigentes son apenas malos representantes, “suplentes”, para discutir “en serio” el país. Discutir “en la mesa grande, con los verdaderos jugadores, no con el banco de suplentes que me ponen en las listas”. Una de dos, o la presidenta se cree ella misma que la dirigencia política argentina no es más que un epifenómeno, un fantoche como se decía antiguamente, de los “poderes fácticos”, o quiere hacerlo creer a los electores. Es malo en cualquiera de los dos casos, porque con ese mapa de ruta política corre gravísimo peligro de ir a parar a los quintos infiernos.



Dudo que esa convocatoria a discutir “en serio” (??) con los sectores se vaya a concretar más allá de la retórica. La quiero ver convocando a Magneto, por ejemplo. La incongruencia nunca fue, si me permiten, una preocupación del kirchnerismo. Pero esto no me importa, me importa mucho en cambio la especie de neofranquismo, no se si han advertido, que perfila la presidenta como reacción al revés del domingo 11. En efecto, en la fórmula de gobierno, mientras en el lado representativo quedarían solamente el kirchnerismo y principalmente ella – una vez que se ha dejado fuera del juego por suplentes a los partidos políticos – del otro lado ¡quedarían las corporaciones! Para Cristina – como una reacción, insisto, al 11 de agosto – son los “verdaderos jugadores”. Como fórmula para pensar la política argentina de los próximos años me parece abominable, pero además es una garantía de ingobernabilidad. La argentina es una sociedad muy plural, y fuertemente pluralista, y una fórmula corporativa le sería tan apropiada como una bicicleta a un motor de Harley Davidson.



Disculpen si en alguna ocasión me deslicé a la polémica, que intenté evitar. Repito que mi propósito es conversar sobre una preocupación que debería ser – si ya no lo es – también de ustedes.


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