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Crónica de una limpiada de pisos





Crónica de una limpiada de pisos

Me toca limpiar los pisos. Hace calor. Mucho calor. Estoy en una habitación mediana. Pero parece infinita. Sólo tengo tres instrumentos; el lampazo, un trapo viejo y un balde con agua. Me ordenaron firmemente: “debe quedar hecho un espejo”. Me hace acordar a cuando el sargento Hartman, en Nacido para matar, le ordena a Burlón y a Bola de nieve limpiar tan bien los baños que “la mismísima virgen María pueda venir y cagar ahí”.
Empiezo lentamente. Paso el lampazo y veo que el piso está hecho de mosaicos cuadriculados. Rojo y ámbar. Ámbar y rojo. El palo va y viene. El trapo también. El agua se va ensuciando cada vez más. Refriego el trapo, lo escurro, le saco toda el agua. Caen gotas y pequeños chorros dentro del balde.
Sigo limpiando. Los mosaicos van quedando húmedos. Una luz se cuela por la ventana e ilumina parcialmente el lugar. Me faltan –calculo a ojo– unos diez metros cuadrados. Sigo pasando el lampazo con el trapo. El agua ya está negra. Empiezo a transpirar como testigo falso. Mis sobacos se humedecen y siento que mis pantalones están pegados a mis piernas.
Faltan algunos metros. Los mosaicos anteriores ya se secaron. El lampazo es una bailarina francesa ebria: va y viene por todo el salón. El palo de madera parece que está arriba de un barco. Se mueve como Elvis. Estiro y contraigo los brazos. Estoy haciendo bíceps, pero hacia el suelo. Y es incómodo. Sigo transpirando. El sudor de la frente se desliza por los ojos y la nariz. Parece que estoy llorando. Pero no. Sólo hace calor, y me estoy cansando progresivamente.
Qué alegría la mía. Faltan ocho mosaicos. ¿Debería cambiar el agua para finalizar o debería permanecer firme como el jugador de póker que está en una mano definitiva? Me detengo a descansar. Estoy jadeando como un perro en celo. Papá tiene razón: el tabaco me va a matar. Las gotas de sudor caen como de una cascada. Tengo el pecho más húmedo que la vagina de una novia adolescente. Los sobacos son un perfume peculiar: el aroma del esfuerzo. Me digo para mis adentros que “ésta es la que vale”. Enjuago el trapo una vez más y lo coloco en el lampazo, de la misma manera que un forense acuesta a un muerto. Lentamente. El agua ya es púrpura. Me juego el pellejo en lo que queda.
Termino esos últimos metros y algo me deja atónito. Miro hacia atrás y están todas mis huellas cruzando el salón. Tengo que volver. Borrar esa evidencia. Pero estoy en una contradicción: si regreso vuelvo a dejar huellas. Y para borrar las huellas posteriores, sigo marcando las pisadas. Estoy atrapado. Sigo sudando como un puto con fiebre. Hace cada vez más calor y parece que tengo una parrilla en la nuca. Se me ocurre una idea. Si voy en punta de pie, la huella será más chica. Y no será tan obvio que el piso está mal lavado. Soy un genio. Debería trabajar para la policía, resolviendo casos de mucamas que dejan huellas en las casas que limpian.
Regreso hacia la entrada en punta de pie y, como predije, las huellas son más chicas. Paso el trapo por donde queden restos de pisadas. Borro todo lo que me pueda inculpar. Prendo el ventilador para que seque más rápido. No sé si el Sol está cada vez más cerca o alguien encendió la calefacción, pero estoy goteando mucho, parece que me estoy derritiendo. Esto no es saludable. O tal vez. A fin de cuentas, fue como hacer ejercicio.
Prendo un cigarrillo mientras el piso se seca. Está brillante y, por supuesto, limpio. No brilla como si la Virgen María pudiera cagar ahí, pero algo es algo.
Me digo a mí mismo que los pisos, en el futuro, deberían ser plegables como un tablero de ajedrez. Con tan sólo presionar un botón, la superficie se doblaría, se limpiaría sola y volvería a la normalidad en menos de cinco minutos.
Cinco minutos que a mí me tomaron media hora.
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