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Cuando el relato reemplaza a los datos

Cuando el relato reemplaza a los datos



Cualquiera que haya intentado persuadir a una persona con diferentes opiniones sobre temas sensibles -política, religión, racismo- sabe que corregir a los desinformados convencidos es difícil o simplemente imposible. Ciertas opiniones son inexpugnables aun cuando se las coteja con evidencia indiscutible. Estudios recientes comprueban que la gente (o el pueblo o la ciudadanía, según las preferencias semánticas) cree lo que quiere creer, no necesariamente aquello probado o que los expertos consideran verdades incontestables.

En Argentina, pareciera que ninguna evidencia, por más sólida que sea, es suficiente para cambiar sentimientos kirchneristas y opositores sobre una variedad de temas: la marcha de la economía, la inseguridad, la situación de escuelas y hospitales, o los pergaminos o prontuarios de funcionarios públicos. Simpatizantes ortodoxos de ambos lados tienen convicciones a prueba de pruebas. Asimismo, pareciera que las interpretaciones sobre la muerte del fiscal Alberto Nisman se dividen según opiniones preexistentes sobre el gobierno nacional. En el país de los detectives amateurs, la posición frente a la presidencia es el filtro informativo dominante para comprender lo sucedido y encontrar evidencia que, inevitablemente, confirma convicciones previas.

Fenómeno similar ocurre con las reacciones frente al discurso de la presidenta Fernández de Kirchner ante la Asamblea Legislativa. Para los militantes de la verdad del gobierno fue un enorme despliegue de certezas impecables sin exageraciones ni falsedades. Una radiografía perfecta de la situación nacional con datos abrumadores e impecables. Para la oposición, la narrativa presidencial fue otro cuento de hadas de un país de fantasías con olvidos y errores. En su opinión, ninguna evidencia demuestra que el legado kirchnerista es exactamente un “país cómodo” para la gente.

La porfía de la desinformación preocupa en vísperas de la campaña presidencial. Se premia a quien dice lo que se quiere oír no a quien ofrece argumentos basados en datos. Se rechazan con vehemencia hechos que disputan verdades personales. Frente a la manipulación interesada y opiniones obcecadas, es fundamental contrastar con evidencia los pronunciamientos de los políticos. De lo contrario, el debate público se diluye en duelos de relatos con relación equivoca con la realidad, cuyo único propósito es confirmar creencias personales y convencer a los convencidos. Preocupa que el escenario actual produzca cataratas opiniones sin sostén empírico o con datos ausentes o convenientemente utilizados. La información parcial o equivocada circula rápidamente. Los “medios sociales”, el ciclo noticioso constante, y la fragmentación de los medios permiten la “percepción selectiva” de la información que se ajusta a apetitos personales y opiniones previas. Hoy se puede consumir constantemente información congruente con prejuicios y saberes a medias que jamás pone en tela de juicio nuestras equivocaciones o conocimientos limitados.

No todas las opiniones son igualmente reacias a reconocer errores y limitaciones. Es más factible que se modifiquen creencias sobre temas que no interesan, se desconocen, o están desligados de sentimientos fuertes y lazos sociales cercanos. En cambio, las creencias más renuentes a ser corregidas están arraigadas en emociones e identidades sociales fundamentales. La razón es relativamente simple: Priorizan la lealtad a convicciones personales y la aceptación social. Se cree en ideas que nos reconfortan y gozan de reconocimiento en círculos sociales. Tener evidencia incuestionable o ser respetuoso de los datos carece del mismo valor social.

En otros casos, la obstinación de opiniones erradas está anclada en el bolsillo. Empleados de relatos variopintos no están exactamente dispuestos a interrogar sus creencias o cotejarlas con evidencia, por lo menos públicamente. Como observara Upton Sinclair, es difícil lograr que una persona entienda algo cuando su salario depende de no entenderlo.

Esta situación contradice la visión optimista sobre la información como inevitable abrepuertas al diálogo, la comprensión mutua y la verdad, condiciones centrales para la vida en democracia. La enorme disponibilidad de información no resuelve ni el error ni la ignorancia. Hay espacio limitado para la duda como principio del conocimiento o la curiosidad por cuestionar convicciones propias. Por el contrario, se vive conforme y orgulloso con ideas establecidas, sin mayor preocupación por si corresponden con la realidad. Desafortunadamente, los dogmáticos suelen tener voces más potentes que los independientes, los desinteresados, y los escépticos. No solamente tienen arrolladora confianza; también gozan del respaldo generoso de intereses poderosos preocupados por perpetuar falsedades y verdades parciales.

Ante el desprecio de los datos, se debe insistir con nutrir el debate público con datos y evidencia. Esto puede sonar excesivamente moderno entre tanto cinismo posmodernista que piensa que no hay datos ni verdad sino solamente interpretaciones, como advirtiera Friedrich Nietzsche.

El problema es que cuando los relatos desplazan a los datos, la democracia queda presa de creencias inquebrantables que construyen sus propias realidades por razones emocionales o económicas. Y cuando esto sucede, todos estamos obligados a vivir en realidades imaginadas por otros.



Silvio Waisbord, Sociólogo especialista en Medios. Profesor de la George Washington University
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