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Cuatro niveles de un mochilero según su mochila



Los cuatro niveles de un mochilero según su mochila


La preparación del equipaje (mochila) para mi último viaje por el sur de Argentina nace con un criterio básico, sustentado en mi no tan abultada experiencia, pero sobre todo, en lo tanto leído en cientos de blogs y foros para mochileros: la idea era llevar lo menos posible de lo que creemos posible, porque evidentemente, la mochila se puede convertir en nuestro peor enemigo durante un viaje.





En tren de sincerar culpas, creo que el peor enemigo no es otro que uno mismo. Lo que era una idea de llevar lo mínimo indispensable se transformó en una preparación demasiado detallista: ropa para frío, ropa para calor, ropa para temperatura media. Sobre todo pensando en que el viaje era en una época de otoño en donde el verano a veces no se decide a ir, o el invierno se apura en llegar. El resultado fue una mochila para quince días de unos 12 kilos. Lo cual, para un viajero experto acostumbrado a varios meses de viaje, seguramente podría resultar un exceso.
Efectivamente, luego de quince días y de deambular por varias ciudades terminé usando la mitad de lo que había llevado, o lo que es lo mismo, podría haber viajado la mitad de liviano. No hace falta agregar que el concepto de ropa sucia puede variar bastante durante un viaje . Para mi falsa tranquilidad, en el camino me crucé con infinidad de mochileros en hostels, couch-host, de todas partes, y siempre con el gran problema de la mochila a cuestas, su peso y el tamaño. Y cada uno parecía tener su fórmula no siempre ideal para armar su equipaje.


El caso más extremo lo encontré al cruzarme con dos viajeras a tiempo completo, una de Polonia y otra de Perú, que unas semanas antes habían tenido el coraje de animarse a una ruta de trekking por el Parque Nacional Torres del Paine en Chile, y por libre, con el peor de los enemigos sobre sus espaldas: una enorme y pesada mochila. Lo que debería haber sido una ruta de trekking de cuatro días, se acortó a “un frustrado intento por conocer uno de los paisajes más maravillosos del mundo”, aventura abortada que evidentemente, la dejaron pendiente para más adelante, o para otra vida. Cuando conversando, una de ellas me explicó que no puedieron seguir con su mochila en la espalda, una de ellas levantó la mía y me dijo en su inglés, algo así como que la mía de 12 kilos era “una pluma” en comparación a la de ella de unos 20k. En esos pocos minutos, quedó claro que una mochila con peso en exceso te puede privar de lo mejor del viaje.



El enemigo: la trampa de querer viajar con la casa a cuestas.

Recuerdo que en el mismo viaje mochileando por el sur, había llegado a un punto, en el que la sola idea de moverse de una ciudad a otra, se había transformado en lo más antipático del viaje, y eso que se trataba de un viaje de un par de semanas. Un viaje sirve entre otras cosas para aprender que vivimos con mucho más de lo que necesitamos. En casa disponemos de todo lo que nos parece insustituible y cuando viajamos, queremos llevarnos todo para no perder la sensación de confort.
Un viaje es la oportunidad de aprender a prescindir de cosas: conozco casos más extremos, de mochileros (o mochileras) que hasta han viajando sin prescindir de objetos que darían risa a otros viajeros (y a mí), de una herramienta inútil, ¿un espejo?, ¿varios libros?…
Viajando, se aprende por ejemplo, que muchas cosas que usamos en casa no son necesarias en un viaje, y de necesitarlas verdaderamente, la podríamos comprar en el camino, y muchas veces a un mejor precio que en nuestro propio barrio. Se aprende que llevar un jabón para lavar unas 15 prendas es mucho más práctico que cargar 40 prendas en la espalda; que si hace frío, podremos comprar una abrigo en el lugar y a buenos precios (en un montón de países no podremos creer lo barato que resulta comprar ropa), y antes de partir a un destino más cálido, podremos regalarlo; que con un sólo par de zapatillas podremos caminar varios meses hasta desprendernos de ella y comprar otras….



Viajar livianos en cuatro niveles:

El hacer de una mochila una carga liviana debe convertirse en una filosofía de viaje. Para pronfudizar la idea, menciono algunos conceptos que han explorado otros viajeros y yo mismo. Imaginemos la carrera de viajero como un avance en el aprendizaje de reducir peso. La mayorías de los viajeros comienzamos por el nivel 1, mochila con sobrepeso.






Llegar al nivel 4, es un desafío que no es para todos; pero pensar en alcanzar el nivel 3, el de la mochila mínima, es una meta a la que todo mochilero debería aspirar, sobre todo por el bienestar de tu espalda.
En cualquiera de los casos, hay que aprender a resistir la idea de comprar recuerdos, regalos, y satisfacer pequeños caprichos consumistas personales. Lo más importante que podremos traer de cada viaje son nuestras vivencias, experiencias y la satisfacción de volver enriquecidos como personas. Para ello, una mochila mínima junto a un bolso de mano será suficiente. Pero muchas veces tenemos que aprender por nosotros mismos, y pasar por cada etapa para llegar al nivel 3, algo así como un doctorado mochilero, o el remedio a nuestro dolor de espalda.


 





 







 



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