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Cuba o la fallida invención de la realidad

Cuba o la fallida invención de la realidad
» 10 Ago 2016,

Jean-François Revel, el gran pensador francés, solía asegurar que la primera función de los gobiernos totalitarios era ocultar la realidad. Eso es cierto, pero el objetivo quizás es todavía más siniestro y complejo: construir y proyectar una falsa realidad en la que deben creer ciegamente todas las personas sujetas a su autoridad, so pena de recibir severos castigos si muestran alguna duda.

La expresión “aldea Potemkin” recoge una parte de esa prestidigitación política. En la segunda mitad del siglo XVIII, en época de Catalina II de Rusia, le encargaron al mariscal de campo Gregori Potemkin, amante y probablemente consorte de la emperatriz –nunca se ha precisado si hubo o no boda–, que modernizara y adecentara los miserables pueblos del interior del enorme país.

De acuerdo con una leyenda propagada por los alemanes y luego repetida por todo el mundo, el mariscal, que era una especie de Eusebio Leal ruso, como no disponía de muchos recursos, se dedicó a maquillar las aldeas, remozando algunas fachadas, para ocultar la verdadera miseria que aquejaba a los pobladores.

El objetivo era muy sencillo: demostrarle a la emperatriz su capacidad como funcionario competente y probar las bondades del imperio ruso en su trato benévolo con la población rural de la nación.

La verdad y la realidad no tenían ninguna importancia. Lo fundamental era la percepción. En este caso, la percepción de Catalina la Grande y de los pocos viajeros a los que la arisca corte rusa autorizaba a visitar el hermético país.

En el caso del totalitarismo latinoamericano, ya ni siquiera se trata de construir una aldea modelo para confundir a los nativos, sino de armar un enorme “Sofisma Potemkin” para defender lo indefendible con palabras y datos arbitrariamente elegidos o adulterados, y difundidos por sus tarifados.

A la construcción del Sofisma Potemkin latinoamericano se dedican directamente casi cientos de tarifados, a los que habría que agregar los millares de colaboradores que trabajan en las estaciones de radio, en los periódicos, en los blogs oficiales y extraoficiales, verdaderos usuarios de Internet consagrados a denigrar a los adversarios y a difundir los mensajes del régimen.

¿Cuántas personas se emplean, pues, en las labores de maquillaje de la dictadura y en disfrazar y apuntalar la dura realidad?

Literalmente, son miles. Miles de ciudadanos improductivos, fabricantes de falacias y sofismas, que viven y medran del trabajo de sus compatriotas sin agregar absolutamente nada al bienestar colectivo.


¿Cuáles son los elementos que, realmente, determinan el juicio sobre la realidad social y política de cualquier país?

Evidentemente, como en la Pirámide de Abraham Maslow, en la base de las jerarquía de las necesidades humanas, y por ende en sus percepciones más vigorosas, están los cinco elementos fundamentales que le dan sentido y forma a nuestra convivencia:

- La alimentación y el suministro de agua
- La vivienda
- Las comunicaciones
- El transporte
- La ropa


Oponerse y criticar ese bodrio no es un acto contrarrevolucionario contra la patria, sino la reacción perfectamente racional y predecible de cualquier ser humano medianamente sensato ante un tipo de Estado minuciosamente torpe y empobrecedor que lo condena a la miseria sin esperanzas de redención.

Pero, en todo caso, ésas son carencias materiales ante las cuales el régimen, aún cuando a veces acepta su fracaso, propone una coartada espiritual para descargar responsabilidades: todas esas penurias, dicen sus voceros, son ciertas y en gran medida se deben al imperialismo yanqui.

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