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Descartable, las pelotas...

Viernes 16 de Diciembre, 2016.
Como soy un hombre sencillo que disfruta de los placeres mundanos de la vida, voy, cual feligrés marcha los domingos a misa, todos los viernes a mi carnicería amiga a comprar un buen asado. No tengo lujos materiales, pero nada me privará nunca de mi asado de los viernes y mi vino tinto.
Mi carnicería amiga, El Pampeano, está en el centro de la ciudad, y ya no es lo que supo ser. Estaba ubicada en una de las mejores esquinas de la ciudad, contaba con 4 o 5 carniceros trabajando a la vez. Eso era un verdadero festín de sangre.
No sé qué ocurrió, pero ahora la carnicería se encuentra en un local mucho más pequeño, y su personal se vio reducido a solo dos personas: Marcelo, mi carnicero de confianza, y su madre. Inhumano error de mi parte escribir este relato y no conocer el nombre de dicha señora, ya que es una de las protagonistas de esta historia.
-"Hola Marcelo"
-"Pero como le va señorrrr"
-"Todo bien, viejo. Asado de tira, un kilo"
-"Marrrrrrche la cossstillita! Alllllgo mas señor?"
-"Chorizos, mezcla. 4"
-"Chochochochorizitosss, cuuuuatro. Que mas?"
-"Nada mas por hoy"
Y aquí comienza la escena que inspira este relato.


La escena de la suma: Marcelo y su madre.

Marcelo rodea las heladeras y se dirige a la caja. Allí, su madre espera. Ella siempre saluda amablemente. Marcelo pone el asado en la balanza digital, anota el precio por kilo, la balanza hace su trabajo, devolviendo el precio del corte.
-"Asadito de tiraaa", le dice a su madre. Su madre anota en un pequeño cuaderno el importe.
-"Chorizito de cerdo". Ella vuelve a anotar.
Este, es el punto de inflexión. Acá se produce el quiebre, ese pequeño acto que dignifica a una persona. El momento exacto donde día a día, donde venta tras venta, Marcelo elige la dignidad de su madre por sobre los estándares de producción de la actualidad. Me explico a continuación:
El sólo debe presionar la tecla "=" , y la balanza devolverá el resultado de la suma, cobrar y seguir atendiendo. Pero no. En ese momento el te saluda amablemente, y vuelve a la carne, dejándote con su madre, que con una paciencia de otros tiempos suma los importes que le dictó su hijo, revisa la suma dos veces, y te dice el importe final. Te cobra. Si no hay monedas, vienen los infames caramelos. Saluda amablemente. Uno da 4 pasos hacia la puerta saludando a los clientes, sale del negocio, telón se cierra, la escena termina.


"Papá, has hecho muchas cosas importantes, pero eres viejo y la gente vieja es inutil"


A ver... El lector podrá pensar "este rata hace laburar a la vieja para no pagarle a un empleado extra". Sepa, querido lector, que esta mujer se encuentra perfectamente de salud, demasiado joven para ser una jubilada que teje y demasiado vieja para buscar un trabajo. Ella hace su trabajo con dedicación, utilizando herramientas "antiguas".

Cada vez que compro en este lugar pienso en los millones de personas que han sido desplazadas por la tecnología, por no poder "adaptarse" a los cambios tecnológicos. También uno podrá decir "vieja de mierda, que cerrada que es. Mirá que no va a poder aprender a usar una calculadora". Así es, querido lector. Ella no quiere aprender. Mantiene su postura, su resistencia. Y está perfecto! Su hijo la entendió y le dio el lugar que quería, para hacer las cosas a su manera.

En un mundo donde la gente es descartable, esta pequeña historia, esta pequeña escena que se repite viernes tras viernes, siempre me saca una sonrisa. Porque es una tierna escena entre madre e hijo. Porque hay comprensión. Porque hay amor. Resistencia. Paciencia. Simpleza. Historia.

Porque algún día seré viejo. Pero digan lo que digan, nunca seré descartable.
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