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Dorothea Helen Puente, la casera asesina




na pickup Ford roja modelo 1980 esperaba a Dorothea Helen frente a la Folsom State Prison. Cinco años le habían dado por drogar y robarle su dinero a Malcolm McKenzie, un pensionado que había conocido en sus habituales rondas por los bares de Los Angeles. Así una noche convenció a Ruth Monroe para que compartieran la casona del 1426 F Street en el downtown de Sacramento. No duró mucho, ya que la anciana falleció de una sobredosis de Codeine y Tylenol.

Las horas inútiles en prisión tuvieron para Helen un solo consuelo: recibir las cartas que Everson Gillmouth, un pensionado de 77 años, le enviaba desde Oregon.

Gillmouth y Helen se fueron a vivir juntos. La mujer le prometió que serían una pareja feliz. Dorothea se había casado cuatro veces. De uno de sus maridos, Roberto, un mexicano 19 años menor que ella, había tomado el apellido Puente –solía decir que había nacido en el D.F.– que luego usaría para hacerse amiga de incautos jubilados hispanos.



A los pocos meses la gente del vecindario dejó de ver al señor Gillmouth. Helen les aseguró que se había ido a casa de sus hijos, ya que los extrañaba demasiado. A su vez, a los hijos, que preguntaban por su padre, les escribía cartas en las que les informaba que él estaba enfermo, aunque muy pronto que recuperaría. Mientras tanto, ella cobraba los cheques del Seguro Social de su marido. En esos días retomó un viejo empleo: cuidar ancianos. Pero está vez lo haría en su casa. Había lugar de sobra, y además, se sentía muy sola.



Durante años el boarding house de Dorothea Helen Puente fue un hospicio ruin, la entrada a un cementerio alucinado. Adictos a los drogas, enfermos de esquizofrenia, alcohólicos, hombres y mujeres quebrados por la vida, dejados de lado por sus hijos por pobres o porque nunca hay tiempo en Estados Unidos para los viejos, eran depositados en esa casona con habitaciones sin puertas y ventanas rotas.



Entre un olor rancio a café recalentado y sabanas hediondas Álvaro Montoya, Leona Carpintero, Vera Faye Martin, James Gallop, Betty Palmer, Benjamin Fink y Dorothy Miller vivieron sus últimos días en la tierra. La policía tiene más registros de ancianos que extrañamente desaparecieron de la casona, pero al no encontrar sus cuerpos, sólo se le computaron a Helen Puente siete crímenes.

El boarding house daba una ganancia de $5,000 al mes. Una vez que los ancianos eran asesinados, la mujer seguía cobrando sus cheques de retiro. La gente de la oficina del Seguro Social la conocía muy bien: era la dama caritativa que se animaba a recibir en su hogar a los casos más graves de adictos y enfermos.



Helen Puente no solía tomarse vacaciones. En cambio, el dinero lo gastaba en botellas de champaña, perfumes Giorgio, vestidos a su medida, e incontables cirugías estéticas.

Recién el 11 de noviembre de 1988 una trabajadora social reportó a la policía la desaparición de Alvaro Montoya. Conocido como “Bert”, este inmigrante hispano sufría de esquizofrenia. Según algunos compañeros de habitación, el anciano gritaba en español por las noches el nombre de Puente, a quien le decía “mamá”.


Dorothea Puente in 1988 with homicide detective John Cabrera. Photo: Dick Schmidt/MCT




Cuando la policía entró al boarding house y vio el estado lamentable en que vivían los ancianos sospechó lo peor. La tierra removida del jardín de la casa hizo que los investigadores ordenaran escarpar el predio. Muy pronto los cadáveres dieron respuesta al verdadero destino de las desapariciones.

Dorothea Helen Puente murió en la cárcel, de causas naturales, en el 2011, a los 81 años. La casa donde ocurrió todo el horror hoy es una de las más visitadas por los turistas.

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