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El amor y la Literatura (Parte 1)

El primer amor


La historia de la literatura está llena de estos primeros amores. Sí, quizá Higgins fuera un hombre que ha sufrido en su primer amor, el que marca, el que puede dejar más heridas, o mejores recuerdos... En la carta 57 de Las amistades peligrosas, el vizconde de Valmont, un experto en cuestiones de amor, escribe: «En efecto, si los primeros amores parecen, en general, más honestos, y, como suele decirse, más puros; si son al menos más lentos en su andadura, no es, como se cree, por delicadeza o timidez: es que el corazón, asombrado por un sentimiento desconocido, se detiene, por así decirlo, a cada paso, para gozar del encanto que siente, y ese encanto es tan pudoroso en un corazón nuevo, que lo ocupa hasta el punto de hacerle olvidar cualquier otro placer».

El amor no tiene edad, pero los enamorados sí. Y sorprende, a menudo, ver lo jóvenes que son. La condesa de Capuleto dice sobre su hija, Julieta: «Todavía no ha cumplido los catorce». Y el ama lo corrobora: «Apostaría catorce dientes... ¡ay de mí, no tengo más que cuatro!... a que no son catorce». Romeo tiene quince años. Así que una de las historias de amor más famosas de todos los tiempos está protagonizada por adolescentes de trece y quince años. Pero no es un récord: Amadís cuenta con doce años cuando se enamora de Oriana, dama-niña que sólo tiene diez: «Este Lisuarte traía consigo a Brisena, su mujer, e una hija que en ella hubo, que Oriana había nombre, de fasta diez años, la más hermosa criatura que nunca se vio [...] El Doncel del Mar, que en esta sazón era de doce años, y en su grandeza de miembros parecía bien de quince, servía ante la reina, e así della como de todas las dueñas e doncellas era mucho amado». Don Quijote se enamoró locamente —y nunca mejor dicho— cuando Dulcinea tenía quince.

Hay una explicación lógica para tanta juventud. Andrés Revesz, en Edad y belleza en el amor, afirma que «la calidad de vida y la higiene han contribuido a prolongar la segunda juventud. Antes, por ejemplo, no se podían arreglar los dientes, de modo que si se caían era para siempre, con el consiguiente desdoro para la imagen»'. En resumen: se ha ampliado la edad del amor. Antiguamente había que darse más prisa, ser más precoz.


La Celestina


El primer amor más famoso de la literatura en lengua castellana es, sin duda, el de Calisto y Melibea, de La Celestina, cuya primera versión conocida es de 1499, y que tiene importantes semejanzas arguméntales con la fábula griega de Leandro y Hero: Calisto también tiene que vencer un obstáculo para reunirse con Melibea, en este caso, un muro, y no el Helesponto; también muere por accidente; y también su amada, destrozada, se suicida.

La Celestina, tragedia realista y muy rica expresivamente, combina el lenguaje culto y el ideal platónico amoroso de Melibea y Calisto —aunque en este último podemos sospechar que hay mucho de retórica hipocresía— con el popular y las bajas pasiones de los criados y las prostitutas. Pongo un ejemplo de su lenguaje descarnado:Celestina: ¡Mal sosegadilla debes tener la punta de la barriga!Pármeno: ¡Como cola de alacrán!Celestina: Y aún peor; que la otra muerde sin hinchar, y la tuya hincha por nueve meses.Calisto también hablará con crudeza en el momento de la seducción, en el huerto (éste es el posible origen de la expresión «llevar al huerto»). Melibea se queja de que no tenga las manos quietas, de que le desordene los vestidos. Y Calisto, entonces, replicará: «Señora, el que quiere comer el ave quita primero las plumas».Celestina, la bruja alcahueta, es el personaje con más fuerza, el más novedoso y original, quien maneja los hilos de la trama, gracias a sus conocimientos del alma y las debilidades humanas, y no es de extrañar que, con el tiempo, la obra, en principio llamada Comedia de Calisto y Melibea, acabara conociéndose con su nombre. Como dice de ella Sempronio, el criado corrupto: «A las duras peñas promoverá y provocará a lujuria si quiere». Celestina define así el amor a una Melibea confusa porque es la primera vez que lo experimenta: «Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte...» Este juego de antónimos era un recurso muy utilizado ya en la antigüedad clásica para referirse al amor.La obra se inicia con una comparación tácita del amor con la caza. Calisto está cazando con halcón —la cetrería, entretenimiento de nobles y poderosos— cuando ve por primera vez a Melibea, de la que queda prendado. A partir de ese momento, su caza será amatoria. Melibea y Calisto situarán su amor por encima de todo; por encima, también, de la religión y de Dios, en una época en que la Iglesia tenía mucha más fuerza aún que ahora. La declaración de Calisto: «Melibeo soy, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, y a Melibea amo» posee así un componente subversivo y rebelde, como tantas veces tiene el amor, que salta por encima de las convenciones, las reglas sociales y la moral dominante. Declaración que provocará la burla de Sempronio, pues si para Calisto Melibea es Dios, y quiere amarla, deduce que es «peor invención de pecado que en Sodoma».

Si no fuera por el Quijote, la obra de Fernando de Rojas sería la mayor referencia de nuestras letras clásicas. Hay algo curioso, poco habitual, en la historia de amor de Calisto y Melibea: no están separados por el Helesponto, no pertenecen a clases sociales diferentes, ninguno está ya comprometido, sus familias no están enemistadas... No deben, pues, enfrentarse a ningún obstáculo externo, y se aman, y sin embargo, su amor acaba en tragedia. Quizá la condición de judío converso de Rojas le abocara a un pesimismo determinista.




• Romeo Y Julieta

Un siglo después de La Celestina, otra obra de teatro, Romeo y Julieta (1594-1595), escrita por Shakespeare alternando verso y prosa, presenta evidentes paralelismos con La Celestina. Es también una trágica historia de dos jóvenes amantes, que ponen el amor por encima de Dios («Julieta: No hagas ningún juramento. Si acaso, jura por ti mismo, por tu persona, que es el dios que adoro y en quien he de creer»). Pero hay una diferencia: en el caso de Romeo y Julieta, ambos se suicidan por amor. Ya hemos visto que Melibea se tira de la torre al haber muerto Calisto, pero ¿hubiera hecho éste lo mismo, en el caso contrario? En el drama de Shakespeare, que da una vuelta de tuerca más, esta duda no existe. Narcotizada Julieta, Romeo cree que está muerta, y se suicida ante su supuesto cadáver. Julieta despierta y, al ver a Romeo muerto, se mata. Es la pasión de amor llevada a su máximo extremo: sin el amante, la vida no tiene ningún sentido, y la muerte es lo único que puede volver a reunirlos. El sacrificio de los amantes de Verona servirá para que sus antagónicas familias se reconcilien. Al menos, el amor y la muerte han servido de algo.

Romeo y Julieta es el drama de un primer amor, sí, pero hay que matizar que, antes de conocer a Julieta, Romeo confiesa a su primo Benvolio estar enamorado de una joven, Rosalina, que no le corresponde. Y cuando su primo le aconseja que se fije en otras, Romeo replica: «Así brillará más y más su hermosura. Con el negro antifaz resalta más la blancura de la tez. Nunca olvida el don de la vista quien una vez la perdió. La beldad más perfecta que yo viera sólo sería un libro donde leer que era mayor la perfección de mi adorada».Pero Romeo comprende cuan equivocado estaba, cuando asiste enmascarado a una fiesta de los Capuleto:

Romeo (a su criado): Dime, ¿qué dama es la que enriquece la mano de ese galán con tal tesoro?

Criado: No la conozco.

Romeo: El brillo de su rostro afrenta al del sol. No me rece la tierra tan soberano prodigio. Parece entre las otras como paloma entre grajos. Cuando el baile acabe me acercaré a ella y estrecharé su mano con la mía. No fue verdadero mi antiguo amor, que nunca belleza como ésta vieron mis ojos.

Julieta sí fue, pues, el primer amor de Romeo, quizá porque ella no le desdeñó.

La enemistad entre sus familias, algo ajeno a ellos, a sus sentimientos, se convierte en el enorme obstáculo que ha de superar su amor, al que por nada renuncian, sino que, por el contrario, va en aumento. Al final de su camino, de la «sabia locura» como llama Romeo al amor, les aguarda el veneno y el puñal, y su conversión en símbolo para todos los enamorados. Escuchemos las penúltimas palabras de Julieta antes de despedirnos de ella: «¡Cruel! No me dejó ni una gota que beber. Pero besaré sus labios, que quizá contienen algún resabio del veneno. Él me matará y me salvará (Le besa). Aún siento el calor de sus labios».



• El Diablo en el Cuerpo

También una historia de un primer amor entre adolescentes es El diablo en el cuerpo, que Raymond Radiguet, en un ejemplo inusual de precocidad, publicó a los veinte años, con gran escándalo por considerarse inmoral su argumento: aún reciente la Primera Guerra Mundial, es la historia de un amor adúltero, entre un cínico muchacho de dieciséis años para quien el conflicto bélico supone simplemente unas largas vacaciones, y una muchacha de diecinueve (la mayor edad de ella es también algo fuera de lo convencional), cuyo marido, Jacques, está en el frente.

Radiguet apenas pudo disfrutar de su éxito: publicada en marzo de 1923, moriría de tifus en diciembre del mismo año.

Según parece, aunque su autor siempre lo negara, la historia es en gran medida autobiográfica. Hay algo perverso en este adolescente que tiene hora de llegada a casa, y a la vez un ansia de dominio, de manipulación, de ejercicio de poder, y hay algo insólito en esta narración, en la que se describe con detalle el proceso de un primer amor, pero sin las características que le son propias: en el protagonista no hay ningún idealismo, ningún ánimo de entrega, de generosidad, de romanticismo, o inocencia, de exaltación, nada que nos recuerde a Romeo y Julieta, a Melibea, nada que nos haga mirarlo con simpatía y ternura; si acaso, una sensación de culpa, de haber tratado con crueldad y egoísmo a Marthe, que recorre levemente la novela en la visión a posteriori del narrador. Cuando conoce a su amada, antes de iniciar el idilio, confiesa: «Estaba feliz de que compartiéramos un secreto y, a pesar de mi timidez, me sentía ya un tirano con ella».



• El Sueño de los Héroes


El sueño de los héroes, es una novela de enorme alcance humano y calidad literaria del argentino Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999).

Llena de matices y sensibilidad, susceptible de una lectura realista, pero también de una interpretación mágica, la historia de un primer y maravilloso amor, el de los jóvenes Emilio Gauna y Clara, es también una reflexión sobre el destino, sobre el azar y la tragedia, y sobre la imposibilidad de que las cosas se repitan en tiempos diferentes.

En su recorrido vital, Gauna aprenderá que siempre que se gana, se pierde también algo, y su amor por Clara le hará extrañar su amistad con Larsen: «Su amigo empezó a matear en silencio. Gauna se sintió muy triste. Años después dijo que en ese momento se acordó de las palabras que le oyó a Ferrari: "Usted vive tranquilo con los amigos, hasta que aparece la mujer, el gran intruso que se lleva todo por delante"».

Conocerá también las inseguridades del enamorado: «Creyó que se reía de él. Cuando la miró, comprendió que hablaba con seriedad, casi con fervor. Se avergonzó más. Pensó que ni siquiera estaba seguro de creer lo que había dicho, ni de aspirar a entenderse perfectamente con ella, ni de quererla tanto».

Y disfrutará de su privilegio: «Esa noche se quisieron bajo los sauces, azorándose con una chicharra o con un lejano mugido, sin tiendo que la exaltación de sus almas era compartida por el campo entero. Cuando regresaron a la casa, Clara cortó un jazmín y se lo dio.

Gauna tuvo ese jazmín hasta hace poco». Emilio y Clara viven un amor en cierto modo más auténtico, porque es más real, que el de Romeo y Julieta o que el de Melibea, y que el de Calisto o el del protagonista de Radiguet, porque es más sincero y noble.

La novela, aunque publicada en 1954, transcurre entre 1927 y 1930, en un Buenos Aires «descreído y vulgar». Para celebrar un dinero ganado en las carreras, Emilio Gauna invita a sus amigos, dominados por el siniestro doctor Valerga, mayor que ellos, a varias noches de juerga y carnaval.

Tres años después, querrá repetir las mismas circunstancias, para volver a encontrarse con la máscara de la que se enamoró, y de la que conserva un fugaz recuerdo, y para revivir el momento cumbre de su vida. Y el pasado se repetirá, pero con dramáticas variaciones.







El amor ideal


Bajo el título de «El amor ideal», encontramos obras de muy diferente condición. Tristán e Isolda y el Amadís son historias que pertenecen al mundo cortés y caballeresco, y en ese contexto hay que entender que su amor sea «ideal». El amor de don Quijote'por Dulcinea es una elaboración neoplatónica, perteneciente al mundo de las ideas: ni siquiera es segura la existencia de la amada. Cyrano idealiza a Roxana, y sus sentimientos nunca se trasladan a un plano físico. En cuanto a Pigmalión, asistimos a la construcción de una mujer ideal... aunque Shaw rechace el que Higgins se enamore de Eliza.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, se publicó en dos partes: la primera, en 1605, y la segunda, en 1615. Su éxito fue inmediato; en 1612 se tradujo al inglés, y en 1614, al francés. Desde entonces, su fama no ha cesado de crecer. William Faulkner se refirió a ella como la Biblia de todos los narradores. Leída en su época como una simple y divertida parodia de los libros de caballerías, con el romanticismo empiezan a revelarse los sentidos trascendentes que encierra la obra, considerada la primera novela moderna. En sus aventuras, llenas de humor, que divierten y enternecen, además de ahondar en las profundidades del alma humana, don Quijote siempre tendrá presente, como él mismo aclara, a «la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo».

Hace ahora poco más de cien años, el 27 de diciembre de 1897, sin saberse en el umbral de la gloria, un hombre con sombrero, monóculo, bigote, corbata y chaqueta con clavel en la solapa, temblaba ante el estreno de su última obra, un drama en cinco actos, en verso: «Será el mayor fiasco del año», se cuenta que dijo. Al concluir el tercer acto, la sala reclama al dramaturgo entre una lluvia de guantes y de abanicos. Cuando acaba el quinto, la apoteosis: los eufóricos espectadores puestos en pie aplauden, gritan vivas, los actores han de salir a saludar cuarenta veces, el hombre del monóculo, el bigote y el clavel es abrazado, aclamado, besado... En medio año se venden 100.000 ejemplares de la obra. Se hacen numerosas traducciones y se representa en Bruselas, Londres, Nueva York, San Petersburgo, Madrid (con María Guerrero en el papel de Roxana). Su obra inspirará óperas y películas... El protagonista de este cuento de hadas era Edmond Ros-tand, y la obra, Cyrano de Bergerac. Pero los cuentos de hadas tienen su reverso. La inmensa fama le valió enormes elogios, sí, pero también ataques: la envidia no es patrimonio español. Su éxito, de alguna manera, le maniató.

«A mí —comentó en cierta ocasión—, entre la sombra de Cyrano y las limitaciones de mi talento, no me queda más solución que la muerte.» Muerte que encontraría en 1918, de la gripe que asoló Europa tras la Primera Guerra Mundial.

Pigmalión, quizá la obra más conocida del irlandés George Bernard Shaw (1856-1950), premio Nobel en 1925, es una muestra más de su teatro de ideas, dotado, sin embargo, de un lenguaje directo y vivo. La educación de Eliza puede tomarse como una parábola de la educación del pueblo, que tiene las mismas aptitudes pero no las mismas oportunidades que las clases altas: no en vano Shaw, ensayista, comediógrafo, crítico musical, narrador, defendió siempre unas ideas socialistas. Entre su extensa obra destaca también La profesión de la señora Warren, comedia que tuvo problemas con la censura, porque la tal profesión es la prostitución, mal del que Shaw responsabiliza a la hipocresía de la sociedad. Sarcástico y ocurrente, en cierta ocasión, entre la numerosa correspondencia que recibía, halló un anónimo con una sola palabra: «Imbécil». Shaw comentó, con flema británica: «Hasta ahora había recibido muchísimas cartas sin firma, pero ésta es la primera vez que recibo una firma sin carta». En Cyrano de Bergerac se encuentra una agudeza semejante. En la escena IV del acto primero, antes del duelo en el que Cyrano reparte versos y estocadas, Valvert, el otro duelista, le insulta:

Valvert: ¡Badulaque, fanfarrón, ganapán!...

Cyrano: (Quitándose el sombrero, y saludando como si el vizconde acabara de presentarse.)

¡Ah! Y yo, Cyrano Hércules y Saviniano de Bergerac. (Risas.)

. Cyrano de Bergerac

Es mucho lo que sufre el protagonista de la obra teatral de Edmond Rostand, Cyrano de Bergerac (1897), un hombre con una nariz desmesurada.El drama, con todas las libertades propias de la creación literaria, está basado en un personaje histórico, el narigudo Savinien de Cyrano, señor de Bergerac, de carácter pendenciero y apasionado, amigo de parrandas, francachelas y riñas.

Tras su paso por el ejército, del que salió con varias heridas, se dedicó a la filosofía y la poesía. Murió al caerle una viga en la cabeza, y nunca se supo si fue accidente o asesinato.En el drama de Rostand, en la Francia del XVII, el gascón Cyrano, espadachín y poeta enamorado de su bella prima Roxana, con la que se crió, piensa que con su desproporcionado apéndice nasal, que le obsesiona, nunca podrá conquistarla. Cuando Lebret, su amigo, le anima a declararse, Cyrano replicará: «¿Y que se burlara / de mí en mis propias narices? / ¡Es lo único que me espanta!».

En su misma compañía se halla el joven Cristian de Neuvillete, el reverso de la moneda: si Cyrano es brillante y feo, Cristian es de pocas luces y guapo. Entre ambos, entre la apostura de Cristian y las palabras de Cyrano, conquistarán el corazón de Roxana.

El primer beso que Cristian, su rival, conseguirá de Roxana, asomada al balcón, será gracias al verbo de Cyrano, que, oculto, pronuncia las frases seductoras que el poco inteligente Cristian es incapaz de inventar.

¿Qué besa Roxana? ¿Los labios de Cristian? Sí, pero también las palabras de Cyrano: éste es su consuelo y su dolor, su orgullo y su humillación. Sólo cuando Cyrano confiese, antes de morir, su secreto, Roxana comprenderá que ha amado el espíritu de Cyrano en el cuerpo de Cristian.

Tragedia sobre la dualidad de la carne y el espíritu, sobre el eterno dilema del amor —¿se ama el físico o el alma, la apariencia o la esencia?—, realista y romántica a la vez, ingeniosa, dura y tierna, no es de extrañar que haya alcanzado un éxito tan completo e imperecedero.

Cyrano, capaz de batirse en duelo mientras recita unos versos, que culminan con la estocada mortal para su oponente, es un héroe trágico y sentimental.

Su amor por Roxana es una muestra del amor romántico e ideal por excelencia: nunca cristaliza físicamente, y el público, o el lector, se identifica fácilmente con la desgracia de Cyrano, que es amado por delegación, incapaz de afrontar la realidad, incapaz de creer en la posibilidad de ser amado a causa de su protuberancia, símbolo de cualquier otra fealdad o defecto.




. Tristán e Isolda


Se desconoce quién fue el primero en poner por escrito Tristán e Isolda, una de las leyendas de amor más famosas de todos los tiempos. «Tres son las versiones más viejas que nos han llegado, cuyos autores, Béroul, Triomas y Eilhart von Oberg, escribieron en el último tercio del siglo XII o poco antes». Mención especial merece la saga noruega prosificada en 1226 por Roberto el Monje, en la que la idea cristiana de pecado está prácticamente ausente, por ser su versión la más próxima al probable origen celta de la leyenda.

Tñstán e Isolda es un ejemplo del «amor cortés», un amor ideal e indestructible, en el que el amante se convierte en criado de la dama. ¿Qué explicación tiene que el amor cortés sea un amor eminentemente adúltero, como el de Lanzara te y Ginebra, esposa de Arturo? Una respuesta posible es que en aquella época los matrimonios se hacían por conveniencia.

Tristán e Isolda es una historia de amor romántico, trágico y fatal. Sus bellísimas imágenes, situaciones divertidas, peligrosas y emocionantes, odios, celos, nobles ideales, traiciones, perdones, crueles castigos y venganzas, la fuerza del destino, hacen irresistible su lectura. En esta epopeya medieval, los amantes, tiranizados por su pasión, a pesar de sus buenos propósitos, caen una y otra vez en la tentación del amor y de la carne.

Ni Tristán ni Isolda (o Iseo) pretenden ser infieles a su señor, el rey Mares o Marcos, él como vasallo y ella como prometida y luego esposa, pero la pareja bebe por equivocación un filtro amoroso preparado para el rey e Isolda por la madre de ésta, filtro que sirve para explicar lo misterioso, involuntario e inevitable de su atracción.

La madre de Isolda había advertido a la criada de ésta, Brangien, sobre los efectos del bebedizo: «Cuida mucho, hija mía, de que sólo ellos puedan probar este brebaje. Porque tal es su virtud: quienes bebieron juntos de él se amarán con todos sus sentidos y con todo su pensamiento para siempre, en la vida y en la muerte». Cuando lo beben, creen beber vino. «No, no era vino: era la pasión, eran la áspera alegría y la angustia sin fin, y la muerte. La niña llenó una copa y la presentó a su dueña. Isolda bebió a grandes tragos y luego ofreció la copa a Tristán, quien la apuró.» Y Tristán dejará de ser el fiel servidor que era antes.

Tras numerosas aventuras y vicisitudes bélicas y amorosas, la historia termina cuando nuestro héroe, gravemente herido, muere de tristeza al creer erróneamente que su amada no va a acudir para curarle; sobre el cadáver de Tristán, la reina Isolda perece de dolor poco después. Unas veces han sufrido con su amor, que les lleva a romper las reglas, a no respetar sus propios principios; otras, han disfrutado, han sido felices. Al final, la tragedia se cierne sobre ellos, sobre el inmortal y tormentoso amor que inspiró a Wagner su célebre ópera.

Aparte de las tres principales ya citadas, hay versiones en muchas lenguas europeas. La única completa es la del medievalista francés Joseph Bédier, de finales del XIX, una fiel recreación basada en la versión de Thomas con el auxilio de otros textos. El hermoso principio de Bédier sabe condensar en pocas palabras toda la poderosa fascinación de la leyenda: «¿Queréis oír, señores, si os place, un bello cuento de amor y de muerte? La historia de Tristán y de la reina Isolda. Escuchad cómo con gran alegría y con gran dolor se amaron y acabaron muriendo por ello el mismo día, él por ella, ella por él».



. Amadís de Gaula


Tan buen caballero como Tristán, ducho en el manejo de las armas, educado para combatir la felonía, defender a los débiles y cumplir la palabra empeñada, hábil jinete, buen conversador, excelente músico, era Amadís de Gaula, protagonista del gran éxito literario español del siglo XVI, cuya refundición se debe a Garci Rodríguez de Montalvo.

La edición impresa más antigua conocida es de Zaragoza, de 1508. La historia de Amadís y Oriana se conocía ya a mitad del XIV, y en el XV eran ya dos famosos enamorados, ejemplo de amor cortés e ideal nada más ser presentados, y aceptar ella tomarle como servidor: «Ella dijo que le placía.

El Doncel tuvo esta palabra en su corazón de tal guisa que después nunca de la memoria la apartó, que sin falta, así como esta historia lo dice, en días de su vida no fue enojado de la servir y en ella su corazón fue siempre otorgado, y este amor duró cuanto ellos duraron, que así como la él amaba así amaba ella a él, en tal guisa que una hora nunca de amar se dejaron».

. Don Quijote


Don Quijote imitará este ideal amoroso caballeresco representado por Amadís de Gaula, cuya influencia sigue haciéndose sentir hoy día. ¿Qué mujer no aspira a ser amada como Isolda o como Oriana? En el primer capítulo del Quijote, Alonso Quijano, convencido de que las aventuras que narran los libros de caballerías que tanto le gustan son reales, decide convertirse en caballero, para lo cual ha de «buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma». Se enamora, pues, de manera premeditada e ideal de «una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo», a la que, para dar un nombre de mayor empaque, «vino a llamarla Dulcinea del Toboso, por ser natural del Toboso».

Don Quijote, el Caballero de la Triste Figura —como le llama Sancho, y como firmará en la carta que por mediación de éste envía a Dulcinea y que termina con un «Tuyo hasta la muerte»—, se encomendará de todo corazón a su amada cuando arremeta contra los molinos de viento, pasará noches en vela por su causa, penará por su amor en un bosque, a imitación de Orlando y Amadís, librará combates en su honor; será arrojado y valeroso, pero también tierno y vulnerable como cualquier enamorado. El amor por Dulcinea entra en los cánones del amor caballeresco, un amor platónico, un galanteo espiritual que jamás alcanza el plano físico. En realidad, ni siquiera está clara la existencia real de Dulcinea, pues el propio don Quijote se contradice. Por un lado, asegura conocer a la tal Aldonza Lorenzo desde hace una docena de años antes del inicio de la historia.

Sin embargo, en la segunda parte, cuando ayudado por Sancho busca el inexistente palacio de la dama, don Quijote acaba reconociendo: «Ven acá, hereje: ¿no te he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta?».Sancho reconoce entonces que él tampoco la ha visto nunca, y don Quijote se niega a creerlo: necesita la idea de Dulcinea, para poder continuar en su insensato empeño de ser un caballero andante. Ahora se vuelve aún más revelador el pasaje del capítulo IV de la primera parte, cuando pretende hacer confesar a unos comerciantes toledanos que Dulcinea, «la emperatriz de la Mancha», es la más hermosa doncella del mundo. Los mercaderes se burlan de él y le piden que antes se la muestre. «Si os la mostrara —replicó don Quijote—, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender...»

El amor de don Quijote es un amor ideal llevado a sus últimas consecuencias: lo único que cuenta es la idea que el caballero se ha formado de la dama. Cuando don Quijote le manda a Sancho traer a Dulcinea para entrevistarse con ella, pues han llegado con tal fin al Toboso, Sancho resuelve engañarle, y finge creer que una fea aldeana es Dulcinea. Don Quijote se piensa víctima de un encantamiento, y concluye melancólicamente, pobre enamorado que no puede ni siquiera ver a su dama: «Ahora torno a decir, y diré mil veces, que soy el más desdichado de los hombres».




. Pigmalión

El defecto de Eliza Doolitle, protagonista femenina de Pigmalión (1912), será anímico y no físico: su deficiente educación.

Comedia de Bernard Shaw en cinco actos más un epílogo, toma su título del mito griego del escultor Pigmalión, enamorado de su propia estatua, a la que Afrodita, compadecida, da vida.En el Pigmalión de Bernard Shaw, la creación es educativa, espiritual: Henry Higgins, excéntrico profesor de fonética, apuesta con el coronel Pickering, un experto en dialectos indios, a que es capaz de conseguir que en seis meses Eliza Doolitle, humilde florista, pronuncie un inglés perfecto y distinguido, hasta el punto de que pueda pasar por una duquesa.

Higgins ganará la apuesta, pero Shaw quiso huir de un final feliz: su protagonista es un insensible pigmalión que no se enamora de su propia obra, pues opina que la mujer de la que uno se prenda «se hace tiránica y egoísta. Las mujeres no valen más que para trastornarlo todo».

Higgins es víctima de su propia misoginia, alimentada de prejuicios. Trata a Eliza como a un mueble, como un simple experimento del que ha salido victorioso: «Le aseguro a usted, Pickering, que no me vuelven a coger en otra. Una vez y no más. No haré más duquesas postizas», dice, en presencia de Eliza.

Higgins quiere ser autosuficiente, grave error en la vida y en el amor, en el que es preciso ceder un poco para ganar mucho más. En el epílogo, leemos: «El resto de la historia no necesita representarse en escena, y casi no tendría que ser contado si nuestras imaginaciones no estuvieran extraviadas por tantas obras románticas neciamente sentimentales, que nos han acostumbrado a que todo tiene que acabar bien, pese a la lógica y al sentido común».

Es aquí donde se nos dice que Eliza se casará con Freddy, un personaje secundario, y no con Higgins. Éste ha creado una mujer ideal (y además, real, no como la Dulcinea de don Quijote), pero ha tenido miedo del amor. Quizá sea un hombre que no se ha curado aún de las heridas del primero ...






Amor Romántico


Tras un periodo de gestación, Goethe (1749-1832) escribió Las desventuras del joven Werther en cuatro semanas, sin borrador, en un estado casi febril. Él mismo, que se había enamorado de la prometida de otro hombre, se sentía como el protagonista, y, engañosamente, el suicidio aparecía como una tabla de salvación. Pero Goethe encontró la de la escritura. El libro provocó una oleada de suicidios entre los jóvenes románticos, vestidos como Werther con frac azul y chaleco amarillo. Un Goethe ya mayor, en el ocaso de su vida, lamentaría el efecto pernicioso que tuvo su obra juvenil. Pero también ese Goethe ya mayor es el que vuelve a sentir la pasión del amor, ahora por Ulrika, una muchacha de diecinueve años: en 1823, con setenta y cuatro años, el poeta escribirá su última gran obra lírica, la Elegía de Mañenbad. Con su prosa fina y clarividente, Stefan Zweig, en Momentos estelares de la Humanidad recrea la emocionante y patética gestación de este poema: «el Werther de antaño se ha despertado en él»Lo que se conoce por novela romántica, o sentimental, o rosa, de un interés más sociológico que literario, tiene uno de sus máximos exponentes en la correcta escritora asturiana Corín Tellado. Dicen que su obra, formada por unos cinco mil títulos, es, tras la Biblia y el Quijote, la más leída en español. El esquema típico obedece al de chica pobre y chico rico que se enamoran, con previsible final feliz. Aunque Vargas Llosa, García Márquez y Cabrera Infante hayan alabado sus novelas, lo cierto es que éstas poco tienen que ver con Conversación en La Catedral, El coronel no tiene quien le escriba o Tres tristes tigres. En cuanto al esquema de la novela rosa, tampoco es una invención moderna. En la comedia nueva griega, el motor suele ser el amor de un joven de familia acomodada por una hetaira o una esclava, que al final resulta ser la hija de un ciudadano eminente robada al nacer.

Las hermanas Bronté —Emily, Charlotte (autora de Jane Eyre, entre otras novelas) y Anne (Agnes Grey es su obra más conocida)—, hijas de un pastor puritano, escribieron con los pseudónimos de Ellis, Currer y Acton Bell, respectivamente. Todas murieron jóvenes y sin descendencia. Su adorado hermano, Branwell, que murió por el abuso de las drogas y el alcohol, fue el que más escribió, pero no llegó a publicar. Se cree que sirvió de modelo literario a sus hermanas, y que inspiró el personaje de Heathcliff a Emily que nunca conoció el amor y que, según Charlotte, vivió siempre separada del mundo, dedicada a la lectura, a las visitas a la iglesia y a los paseos por los páramos. Emily cogió frío en el entierro de su hermano. Se encerró en su casa, se negó a ser visitada por un médico, y casi a hablar y a comer. Murió a los tres meses, año y medio después de publicar Cumbres borrascosas.



. Werther

Las desventuras del joven Werther (1774), novela epistolar de Goethe, es uno de los puntos de arranque del romanticismo alemán. Cumbres borrascosas (1847), la única novela de Emily Bronté, es la recreación, cruel y romántica a la vez, de unas pasiones desaforadas. En este caso, las oscuras fuerzas de la naturaleza humana, más que la presión social, desencadenan el drama. La francesa La dama de las camelias (1848) está a caballo entre el romanticismo (el sacrificio de Margarita, el deseo de redimirla de Armand, la exhumación de sus restos) y el realismo, que pretendía describir objetivamente la realidad, según la conocida fórmula de Stendhal: un espejo que se pasa a lo largo de un camino.No deja de ser revelador el que gran número de obras literarias, y entre ellas las novelas de este capítulo, por hablar con libertad del alma humana y de sus pasiones, escandalizaran a los bien pensantes. El choque entre la sociedad y el individuo determina a menudo el desenlace trágico de las historias de amor. Con Werther nos reencontramos con el tema del suicidio, en este caso no por la muerte del amado o la amada, sino por la imposibilidad de lograr su amor; y no porque Carlota no sienta nada por él, sino por la fuerza de las convenciones. Werther, joven culto y contestatario que representa la pasión y el inconformismo, se enamora de Carlota, a pesar de que le han advertido que es la prometida de Alberto, que representa lo racional y establecido. «Es cierto, sin embargo, que no hay nada en el mundo que haga al hombre necesario a excepción del amor», escribirá Werther. Cuando Alberto y Carlota se casan, él quiere conservar el segundo puesto en su corazón. Werther no encaja en la sociedad; su amor es en realidad un grito de rebeldía, su forma de luchar contra todo lo que nos ata. Únicamente encontrará una salida: el suicidio largamente acariciado, que es también un acto de protesta, y que comete poco después de haber besado a Carlota. «¡Ella me quiere! ¡Me quiere!... Cuando al hablar pone su mano sobre la mía y en la animación de la conversación se acerca a mí tanto que el hálito celestial de su boca puede alcanzar mis labios, creo desmayarme como tocado por el rayo.» Werther se mata con el traje que Carlota tocó, frac azul y chaleco amarillo, y con el lazo que ella le regaló, y así pide que le entierren. «Por la noche, hacia las once, le dieron sepultura en el lugar que él había elegido. Lo llevaron artesanos. No le acompañó sacerdote alguno.» Werther rechaza a la sociedad, y la sociedad le rechaza a él. De Carlota, su amada, impresionada, ya sólo sabremos que durante algún tiempo se temió por su vida.

Werther es un espíritu vehemente, con la sensibilidad a flor de piel. Se emociona, se exalta, llora, pasa de la más desbordante felicidad al más negro pesar. En su época la novela tuvo una enorme resonancia e influencia. Leída hoy, es por momentos cursi y sensiblera. Aun así, abundan las observaciones certeras y modernas, como por ejemplo ésta sobre el suicidio: «Y me parece igualmente absurdo tachar de cobarde a quien se quita la vida; como no sería pertinente tildar de cobarde a quien muere de una fiebre maligna». Amor, relación con la naturaleza y desencanto político —tres aspectos fácilmente identificables para el joven de hoy— se dan la mano en el pasaje en el que Werther se lamenta por unos nogales centenarios que cortan, y a cuya sombra se había sentado con Carlota: «Ah, si yo fuera príncipe [...] ¿Príncipe? ¿Si yo fuera príncipe?, ¿qué me iban a importar a mí los árboles de mis tierras?».



. Cumbres Borrascosas

Cumbres borrascosas, una novela valiente, única en la tradición inglesa, es una historia de un amor turbulento, malsano, devastador, que tiene su expresión geográfica en el paisaje, los desolados páramos de Yorkshire, y en el cementerio en la colina.

Nelly Dean, ama de llaves de la ya fallecida Catherine, le contará a un forastero, Lockwood, gran parte de la historia de Heathcliff, de su amor por Catherine, y de su intento de destruir dos familias, los Earnshaw y los Linton, incluidos sus miembros inocentes.

Catherine Earnshaw dice de Heathcliff: «No sé de qué están hechas las almas, pero sí sé que la suya y la mía son exactas; y la de Linton, sin embargo, es diferente, tanto como el abismo que separa a un rayo de luna de un relámpago o a la escarcha del fuego». Y añadirá: «Nelly, ¡yo soy Heathcliff! Está siempre, siempre en mis pensamientos: no es que sea un placer mayor que el que soy yo para mí misma, es simplemente parte de mi ser».Heathcliff también se considera alma gemela de Catherine, pero, despechado, sólo piensa en vengarse; Catherine le reprocha que su única satisfacción, como la de Satanás, es hacer el mal.

Para Heathcliff, ella es de un diabólico egoísmo.Heathcliff fracasará en su intento de acabar con los Earnshaw y los Linton, representantes respectivamente de la pasión destructiva y la mansedumbre en claro paralelismo con sus casas: Cumbres Borrascosas, en el páramo, y la Granja de los Tordos, en el valle.

Muerto Heathcliff, la naturaleza, que antes ha mostrado su capacidad destructiva, exhibirá ahora su capacidad regeneradora, y el amor tendrá una nueva oportunidad.

La desmesura, la amoralidad, la fuerza del enloquecido amor de Heathcliff y Catherine, lo sugestivo de las metáforas, hacen de Cumbres borrascosas una novela que todavía hoy se lee con pasión, y que diríase inspirada en la frase del marqués de Sade: «En el amor, todas las cumbres son borrascosas».



. La dama de las Camelias

Alejandro Dumas, hijo (1824-1895), hijo natural de una costurera y Alejandro Dumas, padre (este último, autor de Los tres mosqueteros y El conde de Montecrísto), conoció el éxito con La dama de las camelias, escrita a los veintitrés años e inspirada en una tormentosa relación vivida por el autor con Marie Duplessis, una entretenida que siempre llevaba una camelia en el corpino.

Fue, en palabras de Dumas, «una de esas últimas y raras cortesanas que todavía tenían corazón». La Traviata, la ópera de Verdi inspirada en la versión teatral que hizo el propio Dumas, y que alcanzó aún mayor éxito, contribuyó a su celebridad.La novela —una gran historia, pero no una gran obra, todo hay que decirlo— arranca con la subasta de los bienes de Margarita Gautier, que acaba de morir dejando numerosas deudas.

El narrador compra un ejemplar de Manon Lescaut (célebre novela del abate Prévost, publicada en 1731, y claro antecedente de la propia obra de Dumas), y Armand Duval acude a él, para recuperar el libro que había regalado a Margarita. El narrador oirá la historia de Armand Duval, en primera persona. Las cartas escritas por Margarita durante su agonía proporcionan una tercera mirada, que completa el fresco.

Margarita Gautier es una cortesana de la alta sociedad, de vida ardiente pero expresión virginal. Armand Duval considera un triunfo el que ella se enamore, mucho más meritorio que ser amado por una joven casta y pura, algo muy fácil. Y él se imagina que la curará de su enfermedad moral (la prostitución) y de la física (la tuberculosis).

Pero Armand la abandonará finalmente, después de las dudas, los celos, las separaciones y reconciliaciones, las humillaciones, las infidelidades y los problemas de dinero, y Margarita morirá sola y desgraciada, símbolo de la mujer que ha amado de verdad y que se ha sacrificado por el supuesto bien de su amante. El amor romántico ha sido superado por la hipocresía y el interés mercantil. Arrepentido, Duval se ocupará de que siempre haya camelias blancas en la tumba de su amada.



En la ópera y en el cine (uno de los papeles más famosos de Greta Garbo), como en la obra teatral, Armand acudirá a verla moribunda, en el lecho. El amor y la muerte se darán así un abrazo, y Margarita Gautier se despedirá del mundo con ese consuelo sublime. En la novela, más dura, no se produce este último encuentro. El amor y la muerte se confrontan al principio, de una manera macabra: Duval presencia la exhumación de su amada, sus ojos son agujeros, los labios han desaparecido, pero, dirá el narrador, «en aquel rostro reconocí el rostro blanco, rosa y alegre que con tanta frecuencia había visto». Esos restos pertenecían, como se nos dice al final, a una cortesana que «había experimentado tarde en su vida un amor serio, por el que sufrió y por el que murió».






El Amor no Correspondido

La imprescindible obra de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido (1913-1927), podría haber servido para hablar de muchos estados amorosos diferentes y, desde luego, del amor no correspondido. En el primero de sus siete tomos, Por el camino de Swann, los amores entre Swann y la infiel Odette —aunque acaben casándose— podrían considerarse bajo esta óptica.

Otra obra capital del siglo xx es El cuarteto de Alejandría (1957-1960), de Lawrence Durrell, formada por cuatro volúmenes, en la que Melissa es desplazada por Justine en el corazón de Darley, Nessim sufre por Justine, Darley se cree amado por ella, pero la realidad muy bien pudiera ser otra... En ambas hay un intento por atrapar el tiempo (en En busca del tiempo perdido el narrador, guiado por la memoria, realiza un viaje por el pasado, por el tiempo vivido, que es suyo, pero que ya no le pertenece; en El cuarteto de Alejandría, los tres primeros volúmenes serían las tres dimensiones espaciales, y el cuarto, la dimensión temporal). Y en ambas, el tiempo resulta inasible, como Odette para Swann, o Justine para Darley. ¿Qué hay detrás de Odette? ¿Qué es Justine?


. Orlando


El origen de la leyenda de Orlando es, seguramente, la famosa Chanson de Roland, escrita hacia el 1100, que daría pie a numerosas epopeyas militares. En España, Roland se convertiría en Roldan. Pero como dice ítalo Calvino en Orlando furioso, narrado en prosa, lo único que se conserva de la tradición francesa es la última batalla y la muerte, en Roncesvalles. El resto de su vida se encontrará en Italia, bajo el nombre de Orlando.

En la segunda mitad del siglo XV, las aventuras de Orlando y Rinaldo pasaron en Italia de las calles a las cortes. Boiardo, conde de Scandiano, un dignatario de la corte de los Este, de Ferrara, añadió a la epopeya caballeresca de Orlando el amor (hasta entonces, el héroe era casto e inaccesible), pero dejó su Orlando enamorado (69 cantos) inconcluso a su muerte. Diez años después, en 1504, Ariosto comenzó su Orlando furioso (46 cantos), que terminaría en 1532. Usaré para las citas la traducción en prosa de Ana Olmos Puig, a través de la cual conocí el Orlando.

Resumida, la historia es la siguiente: el rey de Catay (China) envía a París a sus dos hijos, Angélica, hermosísima y experta en artes mágicas, y Aragalia, gran guerrero de armas encantadas. Orlando y su primo Rinaldo, como todos los campeones cristianos, se enamoran de Angélica. Muerto su hermano por Ferragunto, Angélica huye. En su huida, bebe de la fuente del amor, y se enamora de Rinaldo; pero éste bebe de la del desamor, y se convierte en enemigo de Angélica (después, la situación se invertirá). La complejidad argumental de la obra es muy grande, y aparte de la historia de Orlando, Angélica y Rinaldo, se narra la guerra de Carlomagno y el sarraceno Agramante, los amores de Ruggiero y Bradamante (pretendido origen de la casa de Este), y otros episodios.



Seguramente, no hay más clara ilustración en toda la literatura occidental del devastador efecto producido por un amor no correspondido que el de Orlando. Tras descubrir en una fuente de piedra unos versos que prueban el amor entre Angélica y Medoro, gime y llora, y se lamenta: «Yo ya no soy más que el alma separada del cuerpo de Orlando, que marcha errante soportando mil tormentos por este infierno, para que, avanzando a solas con su sombra, pueda servir de ejemplo a todos cuantos cifran su esperanza en el amor». Enloquecido por el dolor de su corazón, furioso, Orlando se despoja de armas y vestidos, y con su descomunal fuerza, y la exageración de la época, empieza a arrancar árboles. Ariosto advierte: «pues, ajuicio de todos los sabios universales, el amor no es en suma más que una locura; y a pesar de que todos no llevan su cólera hasta los extremos a que Orlando la llevó, siempre dan indicios, sin embargo, de aquel que les domina. Y ciertamente, ¿existe alguna locura más apasionada que la de perderse a sí mismo por amor a los demás?». Algunos pastores acuden al estruendo provocado por Orlando, y lo pagan caro: «Aquel loco se abalanzó sobre uno de ellos y le arrancó la cabeza con la misma facilidad con que cualquiera podría arrancar una manzana del árbol o una bella flor de su tallo». La locura de Orlando prosigue durante mucho tiempo, viviendo como un salvaje, «sin hallar diferencia alguna entre el pan y las bellotas».

Don Quijote, cuando se resuelve a pasar su propia penitencia de enamorado no correspondido, comenta así a Sancho el célebre episodio: «¿Ya no te he dicho —respondió don Quijote— que quiero imitar a Amadís, haciendo aquí del desesperado, del sandio y del furioso, por imitar juntamente al valiente don Roldan, cuando halló en una fuente las señales de que Angélica la Bella había cometido vileza con Medoro, de cuya pesadumbre se volvió loco y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas y hizo otras cien mil insolencias, dignas de eterno nombre y escritura?».

En nuestro siglo, Orlando sería algo así como un ex marine que, enajenado por un desengaño amoroso, entrara en una hamburguesería y se pusiera a disparar indiscriminadamente contra clientes y empleados. Nadie se sentiría atraído por semejante personaje, pero Orlando sí resulta atractivo: tal es la magia de la literatura y la distancia.


. El Gran Gatsby


Si algunos enloquecen al saberse no amados, otros lo llevan con más resignación y elegancia o, simplemente, se niegan a aceptarlo. Es el caso del protagonista de la famosa novela de F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby (1925), cuya historia nos cuenta su vecino, Nick Carraway, un joven agente de cambio y bolsa. Jay Gatsby, romántico personaje cuyo verdadero nombre es James Gatz, triunfador, pero solitario y sentimental, con una fortuna producto de negocios ilegales, organiza unas suntuosas fiestas, en las que apenas se deja ver, como si las diera para el disfrute de los demás. En realidad, Gatsby espera que en una de ellas aparezca su amada Daisy una prima de Nick a la que lleva cinco años sin ver, casada con otro millonario tan frivolo como ella, Tom Buchanan. Se produce el reencuentro, y Gatsby —que ha estado esos cinco años recortando de periódicos y revistas las noticias de sociedad en las que aparece Daisy— consigue conquistarla, en gran medida gracias a la ostentación de su riqueza. Carraway, narrador-testigo que sólo nos cuenta parte de la historia, porque no tiene acceso a la totalidad, estará presente en su reencuentro: «Me habían olvidado, aunque Daisy me miró una vez y tendió la mano. Gatsby ya no me conocía. Les contemplé una vez más. Me concedieron una remota mirada, poseídos ya por su apasionante vida, y salí de la habitación». Se produce un trágico suceso, y un equívoco provocado por Buchanan, a resultas del cual Gatsby es asesinado. Su funeral será tan solitario como lo fue su vida, y Daisy volverá con Buchanan, sin que le haya afectado mucho lo sucedido. Aunque Daisy y Gatsby hayan sido amantes, ella nunca le ha amado, no le ha antepuesto a su marido (que, como ella, era infiel), y el romántico amor de Gatsby ha sido en el fondo un amor triste y no correspondido.

Es excesiva la fama de El gran Gatsby, pero la historia es hermosa, y hay que reconocer a Fitzgerald la capacidad de evocar un mundo perdido (y no sólo una vida) con una poderosa melancolía, con una tristeza irreversible y delicada, que pocos autores han logrado transmitir con tanta hondura.



. El Jardín de los Finzi-Contitn

El jardín de los Fínzi-Continí (1962), de Giorgio Bassani, arranca cuando el narrador —cuyo nombre nunca se menciona— recuerda los años en que fue amigo de Alberto y Micol Finzi-Contini, últimos descendientes de una rica familia judía de Ferrara. Los Finzi-Contini, en cuya villa hay una pista de tenis, invitan a jugar a algunos amigos, la mayoría excluidos del club de tenis por ser judíos. Tal pretexto sirve para que se desarrolle la amistad entre Alberto, Micol, el milanés Malnate, estudiante antifascista, y el narrador.



Cuando eran casi niños, cuando se veían en la sinagoga, Micol estuvo, según confiesa, «un poco chiflada» por el narrador, que pregunta, esperanzado:

—¿Y después?

—Después la vida nos separó.



El protagonista piensa que la vida les ha vuelto a unir, pretende convertir en amor lo que para ella es amistad, y pasa a la acción: «Y mientras mi cuerpo, casi por su cuenta, se agitaba convulso sobre el de ella, inmóvil bajo las sábanas como una estatua, de golpe, en un arrebato repentino y terrible de todo mi ser, supe con certeza que la estaba perdiendo, que la había perdido».

Pero en realidad, lo que ha sucedido es que el protagonista se ha enfrentado a la verdad, y la verdad es que nunca ha tenido a Micol. También en el amor la esperanza es lo último que se pierde, y el narrador ha estado ciego; tan ciego que ni siquiera retrospectivamente está seguro de algo que el lector no duda: que Micol ha estado enamorada de Malnate, con quien sí ha tenido relaciones.

Después de su fallido ataque, Micol le hará ver su concepción del amor, bien distinta de la del protagonista, más inocente: «el amor (así al menos se lo figuraba ella) era algo para gente decidida a dominarse mutuamente, un deporte cruel, feroz, ¡mucho más cruel y feroz que el tenis!, que había de practicarse sin excluir los golpes y sin recurrir, para suavizarlo, a la bondad del alma ni a la honradez de propósitos».

Las leyes antijudías, cada vez más duras, van estrechando el cerco sobre los Finzi-Contini, paralelamente al fracaso del amor del narrador, cuyas visitas se espaciarán, por expreso deseo de Micol.

Con su lirismo melancólico característico, Bassani unió así la tristeza provocada por un amor no correspondido a la causada por la destrucción de un mundo refinado e inocente.






Amor convertido en Odio


Seguramente Otelo estaría de acuerdo con la frase de Robert Louis Stevenson: «Los celos, generalmente, son consecuencia del amor; os guste o no, como queráis; pero es así». Y Juan Pablo Castel comprendería muy bien la afirmación de Dostoievski: «Enamorarse no es amar. Puede uno enamorarse y odiar». A ambos, quizá, les hubieran hecho reflexionar los versos de Fernán Caballero: «Son celos unos recelos / de una opinión mal fundada: / si son algo, no son celos; / si son celos, no son nada». Al contrario que Otelo o que Castel, los hombres engañados de Calderón de la Barca no son celosos: no están heridos en su amor, sino en su honra. Son esclavos de un código social. La confusión de odio y amor aparece ya en La hechicera, poema de Teócrito (siglo m a. C), en el que Simetha, la amante abandonada de Delfis, se debate entre el rencor y el deseo. Simetha termina el poema con el anuncio de que buscará a Delfis y, si éste la rechaza, le envenenará. María Iribarne y Carmen (también Lulú, la protagonista del drama homónimo de Franz Wedekind) mueren acuchilladas. Definitivamente, el veneno es un arma femenina, y el cuchillo, masculina.


Continua en PARTE 2

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