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el conde dracula-¿ficcion o realidad?

EL CONDE DRÁCULA
José William Marques

EL Conde Drácula, el vampiro de Transilvania, ha atormentado la imaginación del mundo durante casi cien años. Sin embargo, los seres chupadores de sangre, de los que se ha erigido en espantoso jefe, permanecieron siempre agazapados en las leyendas europeas desde el siglo IX.



Este noble de colmillos prominentes emergió de las sombras el año 1897, gracias a la novela Drácula, del autor irlandés Bram Stoker. Y parece ser que Stoker basó su personaje diabólico en un tirano rumano, real y demoníaco, llamado Vlad. Porque Vlad, de sobrenombre El Empalador, era también conocido como Draculaea, que en rumano significa hijo del demonio.

Vlad gobernó Valaquia, perteneciente en la actualidad a Rumania, desde 1452 hasta 1462. Se dice que en esos diez años ejecutó a 40.000 personas empalándolas en largas estacas. Nadie quedó libre de su brutal sadismo: prisioneros capturados en las guerras con los invasores turcos, nobles de su propia corte, incluso sacerdotes y personas reverenciadas.

También fue muy conocido por su forma de actuar, carente de escrúpulos, en el terreno diplomático. En una ocasión le clavó en la cabeza al embajador turco su zapatilla, y lo devolvió a Constantinopla en una litera, para demostrar su desprecio por los turcos.

Stoker, que nunca estuvo en Transilvania pero que se documentó en el Museo Británico para escribir sus novelas, conoció las leyendas sobre vampiros y supo que para matar un cuerpo «no muerto» había que atravesar el corazón con una estaca. Parece ser que la siniestra costumbre de Vlad, de la que Stoker oyó hablar a un historiador húngaro, espoleó su imaginación e hizo vibrar una cuerda que ha puesto en punta desde entonces los nervios de sus infinitos lectores.

También pudo haberse inspirado Stoker en la sanguinaria condesa húngara Isahel Bathory. Era la viuda del general Ferencz Nadasdy, y vivió en el castillo de Csejthe, en los sombríos Cárpatos.

En las largas ausencias de su marido, motivadas por las campañas militares, la bella condesa reunía a su alrededor una siniestra cohorte de brujas, encantadores y alquimistas, quienes la convencieron de que si bebía y se bañaba en la sangre de doncellas seguiría conservando su hermosura.

De noche cerrada, la condesa y sus sicarios recorrían la región en un coche negro a la caza de jóvenes. Todas las que encontraban eran secuestradas y conducidas al castillo.

Una vez allí se las torturaba y se las colgaba de cadenas mientras se desangraban y llenaban la bañera de la condesa.

Las noticias sobre este reinado del terror llegaron por fin a oídos del emperador de Hungría Matías II. Cuando sus hombres registraron el castillo encontraron en los fosos multitud de cuerpos pendientes todavía de las cadenas.

En el juicio, celebrado en 1610, la condesa confesó haber asesinado a unas 600 muchachas. Sus cómplices fueron decapitados o quemados en hogueras. Pero la condesa se libró de la ejecución a causa de su noble cuna, aunque fue condenada a una muerte lenta: fue emparedada en una pequeña habitación del castillo, y alimentada tan sólo con piltrafas de comida que le eran arrojadas por una rendija. Murió cuatro años después en su propia tumba.

En un cuento de Stoker, titulado El huésped de Drácula, aparece una escalofriante alusión al destino de la Condesa. El cuento trata de un viajero que se dirigía al Castillo de Drácula y que al desencadenarse una tormenta trata de encontrar cobijo en un cementerio, donde descubre la tumba de una dama noble con una lanza de hierro atravesando el féretro.

Como otras muchas historias que han pasado al dominio popular, las de vampiros presentan algunos aspectos que rozan la medicina. A finales de la Edad Media, los cruces entre nobles de Europa oriental originaron varias anomalías genéticas, entre ellas una rara enfermedad conocida con el nombre de Erythropoietic Protoporphyria. Esta enfermedad no fue diagnosticada hasta el siglo XIX, pero, por las referencias que sobre ella existían, los médicos están convencidos de que muchos de los supuestos vampiros no fueron en realidad sino víctimas de tal enfermedad. Quienes la sufrieron no solían vivir mucho tiempo, por lo que no dejaron descendencia.

Esta enfermedad determina que el cuerpo produzca excesiva porfirlila, sustancia básica de los glóbulos rojos, lo que se traduce en el color rojizo de la piel, de los ojos y de los dientes; en un retroceso del labio superior y en la aparición de grietas en la piel, que sangran cuando están expuestas al sol.

Los médicos de la época únicamente podían tratar la enfermedad encerrando a los pacientes durante el día y animándoles a que bebiesen sangre para compensar la que perdían. Los rumores sobre estos bebedores nocturnos de sangre pudieron contribuir a que se propagasen las historias de vampiros por todo el país, y a que Stoker imaginara el castillo de Drácula en la misteriosa Transilvania.

Hoy día, el vampirismo continúa siendo una creencia difundida, que se incluye en el campo de la fenomenología paranormal.

fuente : http://www.editorialbitacora.com/bitacora/dracula/dracula.htm
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