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El desastre demográfico de Europa


La natalidad cae a un ritmo anual de un 3% en España.


Introducción

El muy escaso dinamismo demográfico en prácticamente todos los países de Europa (bajísima natalidad; exigua nupcialidad; mortalidad en aumento; crecimiento natural estancado; falta de renovación de las generaciones) se hace sentir, más que en ningún otro ámbito demográfico, en la esfera de la estructura de la población, es decir en la estructuración y la configuración de la población, de acuerdo con los componentes individuales que caracterizan a esa población -hombres, mujeres, niños, jóvenes, adultos, ancianos-, y con sus componentes colectivos más significativos y representativos -familias, grupos primarios y secundarios, clases sociales y comunidades-, que se dan en un país en un momento determinados.

En los países envejecidos de Europa (globalmente, con más de un 15% de población mayor de 65 años), los índices de dependencia (relación entre la población activa y la pasiva) van en aumento por causa de este desequilibrio en sus estructuras demográficas. Esto trae repercusiones dramáticas, que van desde las excesivas cargas para la Seguridad Social respecto de las pensiones y la provisión de otros servicios sociales a la totalidad de la población, a serios desequilibrios en las estructuras de producción y de consumo, así como a importantes ramificaciones respecto de áreas sociales y económicas que guardan una relación estrecha con la edad, como son, por ejemplo, la educación, la vivienda y la atención sanitaria.


Efectos negativos

En este sentido, la lista de efectos negativos derivados de una situación de alta dependencia senil, como la que se avecina para todo el entorno occidental, especialmente para Europa (y muy especialmente para España, uno de los países más envejecidos del mundo), es muy larga: disminución del número de personas que componen la población activa; envejecimiento progresivo de esa población activa; desequilibrios que obligan cambios en la política de jubilación; desequilibrios en la inversión y el ahorro a nivel colectivo y familiar; disminución en las rentas familiares disponibles; aumento del gasto sanitario de forma desorbitada; subutilización y redundancia en el sector educativo; primacía de valores conservadores en la política; desequilibrios en las estructuras familiares; aumento de la problemática de la socialización intergeneracional; debilitamiento de las relaciones primarias de apoyo; aumento de la proporción de la población femenina; posible quiebra del sistema de seguridad social.

Todos estos trastornos pueden conllevar la desintegración de las estructuras familiares, especialmente con la mayor proliferación actual de divorcios, uniones de hecho, hogares monoparentales, matrimonios tardíos y sin hijos, y una disminución de la nupcialidad, lo que lleva al debilitamiento de los lazos de apoyo primarios dentro de la familia. La socialización de la juventud y la atención a la vejez cobrarán especial relevancia como áreas problemáticas, ya que la familia tradicional, que desempeña un papel importante en ambos ámbitos, quedará substancialmente desamparada en el contexto de una nueva manera de configurar la sociedad.


Objetivo: aumentar la natalidad

Cualquier acción destinada a paliar deficiencias en la cúspide de la pirámide demográfica (población anciana) es saludable y bienvenida, pero las autoridades europeas y españolas harían bien en fijarse también en la base de la pirámide (población joven): por el bien de la nación y de los propios individuos, se impone facilitar los medios para que los ciudadanos tengan una información correcta y un apoyo oficial para poder formar familias y tener hijos con toda libertad. Con la ausencia de una política familiar fuerte, coherente y generosa, en este momento la posibilidad de ejercer esta libertad queda seriamente comprometida en Europa y España, y esto exacerba los problemas del envejecimiento a corto y medio plazo.

Una manera con la que se experimentó para paliar los problemas de la desnatalidad y del envejecimiento en otros países europeos -por ejemplo, en Suecia- es la de crear un Estado providente de grandes dimensiones, de tal manera que la exigua población activa fuese capaz de generar suficiente riqueza como para mantener adecuadamente a una población anciana desproporcionadamente alta. Esta política ha sido un fracaso, entre otras cosas por la tremenda presión fiscal sobre esa pequeña población activa, de tal manera que se ha recurrido, finalmente, a políticas pronatalistas, que con todo no han dado el resultado esperado. Más efectiva ha sido la famosa política del tercer hijo puesta en marcha en Francia hace algunos lustros, política que de nuevo viene a sonar como posibilidad.

Otra manera de atajar los problemas de la desnatalidad y del envejecimiento es la de abrir las fronteras, tal vez de forma selectiva, a la inmigración desde otros continentes. Esto rejuvenece la población y estimula la natalidad, pero también trae consigo problemas de asimilación, inserción o integración, y puede exacerbar un racismo o una xenofobia posiblemente latentes en distintos países europeos. En esto de la inmigración tampoco parece haber mucha coherencia por parte de las autoridades, no sólo españolas, sino europeas, por cuanto que no han abordado esta problemática de forma profunda y común, aunque es cierto que el tema de los movimientos migratorios es muy complejo, y no admite acciones fáciles sin tener en cuenta sus consecuencias a largo plazo.

Las pautas del futuro están inscritas en las realidades del presente. Estas tendencias y realidades actuales apuntan hacia la probabilidad de que se produzcan hechos demográficos ineludibles en el primer tercio del siglo actual, como son una mayor disminución aún de los índices de natalidad y de nupcialidad, el aumento de la mortalidad general y específica, así como el aumento del grado de envejecimiento, lo que significa que puede producirse una regresión en los números absolutos de población en los países occidentales, y muy notablemente en los países europeos. Esto es lo que vaticina, entre otros organismos internacionales, la ONU.


Algunos números

El Instituto Nacional de Estadística ha presentado recientemente una proyección de la población española al año 2052, muy publicitada en los medios de comunicación, de la que se deduce un grave peligro demográfico para la sociedad española como consecuencia de la baja natalidad y del freno a la inmigración. Según esa proyección, España perderá continuamente población en los próximos años, hasta llegar a 41 millones en el año 2052 (un 10% menos que en la actualidad) y será además un país de viejos, con un 37% de la población mayor de 64 años en ese año, frente al 17% actual. En esas condiciones, el sistema de pensiones no podría mantenerse.

Respecto a la natalidad, la proyección del INE extrapola a las próximas cuatro décadas el ligero aumento de la fecundidad que se ha producido en los últimos años (de 1,24 en 2001 a 1,36 en 2011) de forma que se colocaría en 1,56 en 2052, todavía muy lejos de la tasa de reemplazo (2,1 hijos por mujer), la cifra mínima necesaria para que una población no disminuya. La natalidad española está entre las más bajas dentro de la UE, con algunos países de Europa del Este por debajo según los datos de Eurostat, la oficina estadística de la UE. En realidad, ningún país de la Unión llega a los 2,1 hijos por mujer, aunque Francia e Irlanda casi alcanzan esta cifra. Este es el gran problema que la política demográfica debe abordar y que conduce a Europa, y a España dentro de ella, al envejecimiento y al declive demográfico. Una política responsable debería plantearse medidas pro-natalistas como las que Francia ha implantado con éxito en las últimas décadas y que han conseguido un aumento importante de su natalidad. Los sistemas de bienestar están demasiado orientados a la atención a los ancianos y muy poco al cuidado de los niños. La mayor parte del gasto sanitario se dedica a prolongar la vida de las personas más allá de los 70 años, mientras que no se invierte nada en promover que nazcan nuevos individuos.

En cuanto a las migraciones (inmigración y emigración), la proyección del INE extrapola a las próximas cuatro décadas las cifras del período 2010-2011, desglosándolas por orígenes. La proyección en este aspecto presenta dos problemas. El primero es que se basa en cifras que el propio INE adelantó como estimaciones en 2011, pero que luego no se confirmaron en sus datos consolidados. Según esas estimaciones, el número de entradas a España en 2011 era menor que el de salidas. Sin embargo, las cifras finales mostraron un saldo migratorio positivo de 70.000 personas (es decir, más entradas que salidas). El segundo problema es que el comportamiento de la migración es mucho más sensible a los cambios económicos que otras variables demográficas y puede preverse una mayor entrada migratoria cuando la situación económica mejore.

Desde 1975, la edad media de los españoles ha envejecido unos diez años, hasta situarse en los 43 años, y esta evolución tiene que ver en un 75% por la caída de la natalidad (el número de hijos por mujer baja a 1,32), y en el 25% restante por la longevidad y mayor esperanza de vida, que se sitúa en los 82 años. “El panorama es dramático. Vamos a una sociedad envejecida y menguante, con ejemplos como Ávila, donde en este siglo se perderán dos tercios de su población”.

En el año 2012, el último del que se tienen cifras, resulta especialmente desolador. Comparado con los doce últimos meses de cierta fecundidad, con 2008, la natalidad desciende constantemente y cada vez más rápido. Así, si en 2011 la cifra de nacimientos se redujo un 3 por ciento en relación a 2010 - lloviendo sobre mojado en la escasa fecundidad-, en 2012 los nacimientos han bajado un 3,9 por ciento más. Por cuarto año consecutivo las mujeres españolas paren poco - tienen una media de hijos de 1,28 - y tarde. De hecho, el 20 por ciento de los nacidos en este año 2012 eran hijos de mujeres extranjeras, que mantienen la media de natalidad en el 1,32 por ciento. Pero con la salida de España de los inmigrantes debido a la crisis económica, la paupérrima cifra de natalidad se muestra con todo su lamentable faz de cara al futuro, al relevo generacional, al pago de pensiones de los jubilados dentro de treinta o cuarenta años, cuando esta generación que acaba de venir al mundo sea la que trabaja y, por ende, realiza su contribución a la Seguridad Social para dar de comer - y de vivir, en suma- al jubilado.

Expertos establecen las siguientes proyecciones y realidades demográficas: entre el 25 y el 30% de las mujeres no serán madres; los nacimientos caerán un 25% en los próximos diez años y la mitad de los jóvenes no tendrán nietos.

En 2050 habrá 1,7 españoles en edad de trabajar por cada uno en edad superior a 65 años, frente a las casi cuatro de la actualidad. Este déficit poblacional, que más que déficit es ya depresión, hace inviable el actual sistema de prestaciones públicas.

De acuerdo con la pirámide de población actual, en España ya "faltan entre 9 y 12 millones de personas menores de 30 años para tener una estructura de población por edades mínimamente equilibrada". Una dimensión que, simplemente "asusta".




Éste es el número de jóvenes y niños extra que precisaría el país para mantener, mínimamente, la "sostenibilidad de nuestro sistema público de pensiones y de sanidad a partir de la siguiente década". En concreto, con 9 millones de jóvenes más la figura poblacional española adoptaría una forma de rectángulo. Así, según el experto en demografía Macarrón, "nos faltan unos 250.000 nacimientos anuales simplemente para que haya relevo generacional".

Sin embargo, para que la pirámide se invierta, es decir, para que en el futuro el número de jóvenes supere mínimamente al volumen de mayores de 65 años, España precisa ya la friolera de "12 millones de españoles más con menos de 30 años".


Conclusiones

Es triste tener que animar a los papás y mamás españoles y europeos en edad de tener hijos a que los tengan, cuando se sabe que la familia es fundamental para la sociedad. Y también es muy triste tener que animar a los gobiernos presentes y futuros a que pongan en marcha medidas que sirvan a esa natalidad, cuando tendrían que hacerlo de por sí.

La salida se halla en una mentalidad natalista, que tendrá que luchar contra la "mentalidad antinatalista" - aborto, pocos o ningún hijo, matrimonios a edades tardías y partos más tardíos aún- que lleva instalada desde hace tiempo en las sociedades occidentales.

Esta nueva mentalidad debería tener como señas de identidad el no considerar al hijo como una carga, un estorbo, un impedimento para llevar una buena vida o mejorar sustancialmente el puesto de trabajo, aunque, evidentemente, no en todos los casos es así.

Esto es un problema no sólo europeo sino de la mayoría de las sociedades occidentales. Creo que como sociedad se está desvalorizando y atacando la familia y todo lo que ella significa. Esto es un auténtico "suicidio" en nuestras sociedades, ya que la familia es la célula más importante para éstas.
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