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El falso mesías del Yemen

El movimiento mesiánico judio más importante del siglo [XII] es, paradójicamente, la obra de un infeliz.

Alrededor de 1172, un iluminado del que se ignora casi todo lanza una auténtica cruzada. Asegura a quien quiera oirle que es el mensajero del mesías. El Ungido de Yahvé habría escogido Yemen para darse a conocer. Progresivamente, su discurso se hace más refinado. Incluso inventa una interesante forma de caridad. Un día ordena a sus numerosos discípulos que...den todo cuando poseen a los pobres. Dicho y hecho. Por desgracia, lejos de felicitarles, nuestro hombre los trata de imbéciles. Entonces les ordena a los pobres en cuestión que devuelvan una parte del dinero. La idea es sencilla: de hecho, los ricos deben simplemente prestarles a los desdichados algo con lo que enriquecerse. Cuando hayan encontrado un trabajo, estos últimos devolverán el dinero. Esta visión religiosa del préstamo sin intereses seduce a un gran número de judíos del Yemen.

Poco a poco, el mensajero entra en el juego y acaba por considerarse él mismo el mesias.

Modifica el ritual israelita y empieza a reclutar árabes. Se aleja de la religión judia. Esta es la razón por la cual Maimónides experimente la necesidad de dedicarle la famosa Epístola de Yemen.

No se ha conservado ningún texto del mesías. Pero su fin será terrible y ejemplar.

Su influencia es tal que acaba por inquietar a las autoridades. Guión clásico: es detenido por la policia y conducido ante el rey árabe que gobierna Yemen. El soberano le pregunta si realmente obedece a la palabra de Dios. Nuestro hombre, seguro de si mismo, responde afirmativamente. ¿Podrá demostrarlo mediante una señal? El mesías, sin alterarse, pronuncia entonces estas palabras: "¡Córtame la cabeza, y yo volveré a la vida!".
No cuesta imaginar el estupor del rey musulmán. Éste se inclina y ordena que le sea cortada la cabeza. Un verdugo se acerca, levanta el sable... y decapita al mesías del Yemen.
Esperan. Pero no sucede nada. El pobre diablo había llevado hasta el límite extremo la certeza de ser divino.

Libro: Christophe Bourseiller: Los falsos Mesías
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