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El hombre que le pegó una piña a Astiz



1 de Septiembre de 1995. Plena vigencia de los indultos, de Obediencia Debida y Punto Final. Alfredo Astiz caminaba libremente por todo nuestro país. Jamás se imaginó que alguien lo iba reconocer. Y mucho menos alcanzó a imaginar que no había ni ley ni indulto que lo salvara de lo que le estaba por pasar.


Vos sos Astiz, ¿no?
El rubio miró desdeñoso al tipo que lo había interpelado. Enfundado en un elegante traje de esquiador ajustado al cuerpo, con una campera importada desabrochada, hasta entonces había estado esperando despreocupado la combi que seguramente lo llevaría al Cerro Catedral. La minita que lo acompañaba, ni siquiera registró la situación que había empezado a gestarse. El otro flaco que también estaba en la parada de ómnibus donde comienza la avenida Bustillo –la costanera de la ciudad de San Carlos de Bariloche que bordea la costa sur del Lago Nahuel Huapi–, tampoco reparó en la acción que, protagonizada por un hombre relativamente joven, de contextura pequeña, iba a desarrollarse y que habría de convertirlo en testigo presencial involuntario de un hecho histórico.

¿Es o no es?
La mañana del 1° de septiembre de 1995, Alfredo Chaves circulaba despacio por Bustillo rumbo al centro, cuando de repente, le llamó la atención un tipo rubio, más bien petiso, algo gordito, acompañado por una minita y otro flaco, que esperaban en la parada sobre la mano de enfrente. Como en una película en cámara lenta, la F-100 se movió a paso de hombre. Con la ventanilla baja, pese al frío, Chaves miró intentando responderse una pregunta clave.

¿Y vos que harías si te lo cruzaras?
El recuerdo del diálogo con sus hijas, hacía pocas mañanas, en la cálida cocina de su casa de Guardaparque Municipal del Llao Llao se le vino de repente. Chaves aceleró la camioneta y dobló a su izquierda por detrás de la plazoleta San Martín. Mientras esperaba que los autos le dieran paso para retomar por Bustillo, volvió a mirar hacia la parada de ómnibus. El rubio no parecía estar armado. A través de la campera entreabierta se le veía el traje de ski, pegado al cuerpo, sin ningún bulto sospechoso. Estaba hablando con la minita. El flaco que estaba junto a ellos podría llegar a ser un custodio, si bien no tenía pinta de milico. Avanzó por la costanera, retomando hacia fuera de la ciudad y pasó más despacio. Los cruzó al lado. Era.

Sí. ¿Y vos quién sos?
La respuesta le salió seca, cortante. Con la voz segura y despectiva de los que están acostumbrados a mandar. Astiz había salido temprano del Hotel Islas Malvinas, de la Armada, apenas unos metros enfrente, sobre la calle San Martín, cerca del Centro Cívico. Desde hacía varios días se rumoreaba sobre su presencia en Bariloche. Varios integrantes de los organismos de Derechos Humanos de la ciudad –entre los que se contaba Alfredo Chaves– habían estado comentando acerca de la actitud a tomar en caso de confirmarse la noticia, pero no se había resuelto nada en particular.

La verdad, no sé qué haría.
Lo había pensado tantas veces. A mediados de 1978, cuando estaba haciendo la conscripción, Alfredo había sido detenido y alojado en el campo de concentración conocido como El Vesubio. A los pocos meses, lo liberaron y luego fue reincorporado al Ejército, en ocasión de las movilizaciones que se produjeron por el conflicto limítrofe con Chile, posteriormente cancelado por las gestiones del enviado papal, el cardenal Samoré. Un absurdo más, entre todos los que jalonaron el horror de aquellos años. De la “colimba” al campo de concentración y vuelta a la “colimba”.

¿No estás cansado de repetir siempre la misma historia?
Alfredo Chaves toma mate despacio y cuenta que su hija mayor está a punto de hacerlo abuelo. Cuenta que el invierno es duro en Bariloche. Que los guardaparques municipales tienen muy pocos medios para mantener los senderos del bosque más o menos transitables. Que está organizando una cooperativa de reciclado de residuos que ya está dando trabajo a 15 familias de desocupados. Que está por llegar un camión recolector de residuos que la Municipalidad de Buenos Aires ha dado de baja, pero que ellos lo pueden reacondicionar para convertirlo en un móvil todavía útil. Cuenta que participa junto a un montón de compañeros en el Comité por los Derechos Humanos de Neuquén y Río Negro.

¡Yo soy el que te va a romper la cara, hijo de puta!
Ya completamente convencido, Alfredo Chaves pasó frente a la parada de ómnibus y estacionó sobre la banquina, unos metros más adelante. No le quedaba ninguna duda. Dejó la camioneta en marcha. La vieja Ford F-100 no arrancaba bien y siempre era mejor contar con la posibilidad de salir de raje si las cosas se ponían bravas. Caminó hacia el grupo decidido a encarar al rubio. Repasó mentalmente los detalles. Primero: era él. Segundo: no estaba armado. Tercero: el otro flaco parecía no tener nada que ver. Cuarto: la vía de escape estaba asegurada. Quinto: no sabía qué iba a hacer.

A veces me pregunto cuántos habrán soñado con una oportunidad así...
Alfredo Astiz: el Angel Rubio, el Cuervo, Gustavo Niño, Alberto Escudero. Un símbolo de la represión, del horror, de la impunidad. El tipo que se infiltró en el grupo que se reunía en la Iglesia Santa Cruz y marcó a doce personas para que las secuestren, entre ellas, tres Madres fundadoras del movimiento: Esther Ballestrino de Careaga, María Ponce de Bianco y Azucena Villaflor de De Vincenti. El tipo que desata dos de los más impactantes conflictos internacionales de la dictadura: el caso de la adolescente sueca Dagmar Hagelin y el de las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. El tipo que al decir de Uki Goñi, periodista y escritor de Judas, la verdadera historia de Astiz, el infiltrado, “…encarna el inconsciente colectivo de la ESMA”. El tipo que se infiltra en un grupo de exiliados en París y cuando es descubierto debe huir a España a pie. El lagarto que se rindió a los ingleses sin disparar ni un solo tiro en las Georgias. El tipo que es canjeado vaya uno a saber por qué o por quién y devuelto por la Thatcher. El tipo que se benefició por la aplicación de las aberrantes leyes de Obediencia Debida y Punto Final. El tipo que fue declarado persona no grata por el Concejo Deliberante de Bariloche.

¡Saquen a este loco!
Para la mitología periodística y la mayoría de la gente, fue una sola piña. En rigor, fue una paliza. Cuando lo tuvo a tiro, lo midió y sacó un directo de derecha con todas sus fuerzas. La piña impactó en el medio de la cara, justo debajo de la nariz. Astiz retrocedió atontado y sangrando, y alzó las manos haciendo un gesto mecánico destinado a cubrirse de la lluvia de golpes que se le venía encima. La minita se puso a gritar, histérica. El flaco –que, definitivamente no era un custodio– se borró. Astiz sólo atinaba a defenderse. Alfredo Chaves era imparable. Una máquina implacable que pegaba e insultaba sin descanso. Rodaron trenzados hacia la avenida, interrumpiendo el tránsito. Nadie podría decir exactamente cuánto duró la pelea. Lo suficiente como para que se formara un gran embotellamiento, habida cuenta de que la avenida Bustillo es el eje por donde circula la gente que se moviliza entre el centro de la ciudad de Bariloche y los principales puntos de interés turístico más conocidos como el Circuito Chico.

Pensé en las Madres...
Alfredo dice que cuando lo tuvo enfrente supo exactamente lo que tenía que hacer. Se imaginó a una de las Madres de Plaza de Mayo, o a un ex-detenido pasando con el ómnibus y mirando por la ventanilla cómo este tipo estaba por ir a esquiar lo más tranquilo y sintió un deseo irreprimible de pegarle, de lastimarlo, de hacerle sentir todo el repudio, toda la bronca, toda la impotencia acumulada durante tantos años. Por eso también la paliza fue verbal. Mientras le pegaba, Chaves no paró de insultarlo, de rebajarlo, tratando de provocar una reacción que nunca llegó.

Puto... cagón... maricón... cornudo... asesino…
Alguien lo agarró por detrás y lo levantó en vilo. Chaves se resistió hasta que se dio cuenta que era un amigo que se había acercado atraído por el tumulto. Este amigo, un rugbier enorme, con el que solía jugar al fútbol, lo sostuvo en el aire, mientras le hablaba tratando de tranquilizarlo. Sin hacerle caso a sus protestas, lo arrastró hasta su auto y lo sacó de la zona del incidente, alejándose del embotellamiento y la gran cantidad de curiosos que se habían amontonado. Unas cuantas cuadras más adelante, ya más tranquilo, Alfredo pudo hacerle entender a su amigo que solamente quería volver a buscar su camioneta. Cuando regresaron, la situación se había normalizado, el tránsito se había restablecido, los curiosos se habían dispersado y no había policías a la vista. La F-100 todavía estaba en marcha.

No me diga eso que me obliga a condenarlo.
El ex capitán de fragata Alfredo Astiz nunca esperó que en una esquina cualquiera de un bucólico y aristocrático centro turístico de invierno, el destino le fuera a salir al encuentro. “Civilizadamente”, como actúan los militares cuando no están de servicio, planteó las cosas en la Justicia, denunciando a su agresor. El ex prisionero Alfredo Chaves fue procesado por lesiones leves. El Juez que entendió en la causa no quiso aceptar que el acusado había actuado fríamente, con plena conciencia de sus actos, con premeditación y alevosía. “Emoción violenta”, dictaminó en un fallo ejemplar, dándole el sobreseimiento definitivo a Alfredo Chaves, reflexionando, de manera por entonces un tanto desusada, sobre el carácter emblemático de Astiz como símbolo de la represión durante la dictadura militar.

Nunca pedimos permiso.
Todos los años, cada 1ro. de septiembre, al principio en forma espontánea y luego cada vez más organizadamente, la comunidad barilochense fue reuniéndose frente a la parada de la avenida Bustillo a celebrar el aniversario de “una piña simbólica”. Nadie pide permiso. Se corta el tránsito. Se recuerda el episodio. Se gritan consignas. Se escucha a los oradores. Se festeja con grupos musicales. Se vive como una fiesta por la memoria y contra la impunidad. Los muchachos de La Renga vienen a tocar gratis. Algunos años llegaron a juntarse más de 6.000 personas. Alfredo Chaves sigue trabajando como guardaparques municipal. Pese a que siempre cultivó el perfil bajo, la gente sabe quién es y se lo reconoce. Algunas veces habló en los actos. Sigue trabajando en el área de Derechos Humanos e impulsando proyectos solidarios, como el de la cooperativa de reciclado de residuos. Está orgulloso de lo que hizo y no le molesta que se lo pregunten. Vuelve a contarlo con la misma sencillez y la misma pasión. Cada vez que Astiz protagoniza alguna aparición mediática, lo suelen llamar de la lejana Buenos Aires para ponerle un toque de color a una nota periodística.
Si el hombre es un “animal simbólico”, a Alfredo Chaves le tocó la suerte de protagonizar un acto pequeño, anecdótico, que desencadenó una posibilidad enorme: la de hacerle sentir en carne propia a una figura emblemática de la represión, todo el repudio de una sociedad que no quiere olvidar ni perdonar a los asesinos.
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