El Museo Del Genocidio Comunista


El régimen que trató de establecer una utopía rural comunista –para lo que abolió el dinero y envió a millones de personas a cultivar los campos- terminó en 1979, cuando fue derrocado por el ejército del vecino Vietnam. Este dibujo de Aki Ra, un ex niño soldado, da una idea de la guerra.


Cuando uno llega a Phnom Penh, la capital de Camboya, nada lo prepara para el encuentro con el pasado reciente de ese país, donde hace menos de 30 años murieron cerca de dos millones de personas. 


Camboya es un reino budista y en la actualidad tiene unos 13,7 millones de habitantes, según datos de la ONU de 2006. Es también uno de los países más pobres del mundo, con un PIB per capita de US$380.


En 1975 el movimiento radical comunista Jemer Rojo, encabezado por su líder Pol Pot, tomó el poder. Este edificio, que entonces era una escuela de secundaria, se convirtió en la prisión de alta seguridad S-21.


Al llegar a la prisión, los detenidos eran fotografiados e interrogados sobre su pasado. Después se tenían que desnudar y los guardias les quitaban sus posesiones. El edificio se convirtió en museo en 1980.


Se calcula que, de 1975 a 1979, pasaron por S-21 más de 17.000 personas. Sólo se sabe de ocho sobrevivientes. Muchos de los detenidos eran niños que, como los adultos, también eran fotografiados al llegar a la antigua escuela.


Los prisioneros vivían, en condiciones infrahumanas, en pequeñas celdas, construidas en las antiguas aulas de la escuela Tuol Svay Prey. Los guardias los encadenaban a la pared o a largas barras de hierro.


Encadenados, dormían en el piso y comían lo poco que les daban. En algunas de las barracas había letrinas con muy poca sanidad. Muchos prisioneros se enfermaban pero, según los sobrevivientes, pocos recibían ayuda médica.


Dentro de la mayoría de los calabozos había muy poca luz. Las puertas y ventanas solían permanecer cerradas y estaban protegidas por alambre de púa para evitar intentos de fuga, que de cualquier manera eran prácticamente imposibles.


Otras salas estaban reservadas para torturar a los reclusos. Los guardias necesitaban obtener, por cualquier medio posible, la confesión de los presuntos delitos. En muchos casos, acusaban a los prisioneros de ser espías de la CIA o la KGB.


Como hicieron los nazis en algunos de sus campos de concentración, los Jemeres Rojos documentaban las torturas a que sometían a sus víctimas, que incluían el uso de descargas eléctricas, golpes, vejaciones con instrumentos ardientes y la privación del sueño.


Muchos de los reclusos morían en la cárcel S-21. Otros eran llevados a los cercanos "campos de la muerte" en el centro de exterminio Choeung Ek, a unos 15 kilómetros de Phnom Penh, donde solían matarlos a golpes porque el régimen consideraba que era necesario ahorrar balas.


Las secuelas de la guerra continúan. Muchos niños han perdido sus piernas, sus brazos, sus ojos, debido a los millones de minas antipersonales que quedan en amplias zonas de Camboya. Estos niños vivían con Aki Ra en un lugar que él estableció para educar al público sobre el peligro de las minas.


Los camboyanos han esperado durante tres décadas para que se lleve a los líderes del Jemer Rojo ante la justicia. Sin embargo, tienen esperanza de que el país siga adelante y mejore, en gran parte gracias al influjo del turismo a lugares como Angkor Wat.