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¿Alguien me puede dar un contraejemplo?



El Hombre era, por supuesto, increíblemente talentoso.

El Hombre era también, a juzgar por sus apariciones en público y por la única vez que pude intercambiar con él un par de palabras, gentil y muy simpático.

Bueno, ya sabemos gente con todas esas características no abundan. No caen de los árboles. Pero además, el Hombre, a mi entender, sumaba otra virtud mucho más infrecuente, tan infrecuente que se había convertido en una especie de ejemplo viviente: portaba, sin claudicar jamás –yo creo que sin saberlo – de una especie de “ética del humorismo gráfico”.

Fontanarrosa, dijo Juan Sasturain casi como un dogma, “no tiene chistes flojos”. Bueno, esto, siendo un genio, no es mérito alguno. Sí lo es que jamás haya caído en el peor de los pecados de un humorista: No intentar hacer reír. Pretender que lo suyo es “hacer pensar” o “hacer humor inteligente” (mediante el baratísimo truco de Feria de abordar temas con cáscara intelectual), o “profundo”. Fontanarrosa nunca hizo un chiste donde un niño desnutrido decía una frase ingeniosa junto a una fábrica de armas, o a la Estatua de la Libertad llorando, o un pajarito mirando el smog en el horizonte, o todas esas tonterías que hacemos los dibujantes cuando queremos que alguien nos festeje sin demasiado esfuerzo. Fontanarrosa era profundo, pero de la manera más “fair-play”: intentando por todos los medios posibles de no serlo.

En las conversaciones que los jóvenes lechuguinos del comic manteníamos mientras buscábamos nuestro lugar, en donde lapidábamos a aquel Pez Gordo o aquella Vaca Sagrada con esa mezcla de veneno, sincero iconoclastismo y envidia malsana que suelen tener los jóvenes lechuguinos de cualquier profesión del mundo, Fontanarrosa era el eterno contraejemplo: “Todos los humoristas en algún momento se estancan y se tiran a chantas”. Sí, bueno, pero, ¿y Fontanarrosa?; “El humor gráfico tradicional, ese de los dos tipos hablando está muerto, hay que buscar otras formas”. Sí, bueno, pero, ¿y Fontanarrosa?. “Si te querés buscar un lugar en los medios tenés que estar en la última onda, hacerte el excéntrico y ponerte un sombrerito”. Sí, bueno, pero, ¿y Fontanarrosa? “Los rosarinos son un pueblo maldito”. Sí, bueno, pero, ¿y Fontanarrosa? (¡Perdón, no me pude resistir!)

Fontanarrosa, sin enterarse de nada, era nuestro punto de referencia, no necesariamente en cuestiones de estilo (aunque negar su influencia es tan deshonesto como imposible) sino en ejemplo de principios en la profesión (mi otro héroe, Landrú, a quien la sociedad le debe lo más urgente posible un homenaje y –esto es un pedido personal –la edición de sus obras completas, está, por su condición de editor y humorista revolucionario, mucho más en el plano de “prócer” como para intentar imitarlo). Quien no sueñe con reunir las virtudes cardinales de Fontanarrosa (genio, encanto personal y honestidad en su profesión) miente o es un degenerado. El hecho, triste y desequilibrante, es que nos hemos quedado sin ejemplo a seguir, y sin contraejemplo para las miserias humanas de nuestro oficio.

Se ha hecho notar que su estilo de dibujo, en cierto momento, dejó de evolucionar para volverse funcional al texto; Coincidentemente, Inodoro Pereyra dejó de tener aventuras donde se enfrentaba a Mandinga, el Escorpión Resolana y el León de Francia. Podríamos conjeturar que tal vez en ese momento, Fontanarrosa dejó de aventurarse.

Y por supuesto nos equivocaríamos de lleno, porque el inicio del sedentarismo de Inodoro coincide con el momento en que el Hombre se lanzó a la aventura de escribir. Y, mal que les pese a tanto autodenominado experto en literatura, los textos de Fontanarrosa son mucho más que los de un “humorista que escribe”. Intuyo que aún no estamos preparados para percibirlo, pero Fontanarrosa es un escritorazo hecho y derecho.

Es uno de los pocos autores de la literatura argentina que logra que la lectura sea un placer sensorial (y sí, el otro ejemplo seria Borges); basta con leer algunos párrafos de "El Área 18" para sentir ese juego con los sonidos, con la enumeración, con la descripción certera de sensaciones; los elementos más placenteros de la literatura, que la mayoría de los escritores argentinos parece despreciar para concentrarse en el contenido y el ingenio. Lo que a mi entender es un desperdicio.

Sólo me resta agregar que yo también, en esa especie de estadística absurda y un tanto macabra, consistente en calcular cuántas otras personas hubiéramos preferido que murieran antes que el Hombre, yo también tengo mis cifras y un par –en el sentido mezquino de la palabra “par” -de nombres y apellidos. Y, en este caso, no hubiera tenido ningún problema en buchonearlos, si el Organismo Regulador de Muertes y Decesos me hubiera convocado. Pero no funciona así.




[link=http://weblogs.clarin.com/podeti/archives/079774.php]Fuente[/link]