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El Voto en Uruguay...



Hay más peso racional en la compra de un helado de dos litros en el supermercado que en el voto. Cuando uno elige el helado piensa los gustos y si esos gustos son del gusto de los otros comensales, compara precios, tamaño de envases con respecto a la capacidad del freezer, evalúa si hace el calor suficiente como para que el helado sea el postre ideal, piensa si de elegir x gusto sería mejor en la marca alfa o en la marca beta (pongamos: si va a ser “arándanos” es mejor que sea alfa pero si va a ser gusto “Flan caramelizado casero con leve aroma a Té de Tulipanes” mejor que sea bien dulce, y así); sopesa la posibilidad de elegir algo neutro pero confortable y seguro: un heladito de crema, el preferido de los amantes de las certezas que no le temen a la rutina; o apuesta a lo clásico tradicional y hasta vintage —si así quiere decirle, hecho que demuestra que usted es un esnob- con un Triple de Chocolate Crema y Frutilla que recuerda a la época de la televisión sin control remoto y el Muro de Berlín; o se vuelca por un gusto nacionalista chauvinista: Dulce de Leche con Dulce de Leche natural bañado con Dulce de Leche artificial; o prefiere ir por una sobremesa fresca y frutal con Helado de Mango y Papayas Tropicalísimas; o toma el riesgo de lo aparentemente sofisticado y opta por un helado de Chocolate Austríaco con extracto de Damasco Indonesio y Crema Imperial Turco-Otomana.



En cambio, en el caso del voto, la verdad es que casi nadie, casi nunca, votó por las propuestas o los contenidos del discurso; el voto es un tema visceral, el componente emocional, afectivo, familiar, hereditario y hasta el religioso tienen más peso que el racional. La mayoría no estamos capacitados para saber qué personas, con sus respectivos compañeros de equipo y/o alcahuetes, nos pueden llegar a hacer menos daño gobernando los próximos 5 años de esta sociedad. No nos hagamos los fenómenos tampoco. Hay mucho crá en la vuelta diciendo: “Cómo subestiman a la gente, no tiene contenido esta campaña”. ¿Pero de ágora griega te escapaste, pelandrún? Si al final terminás votando más o menos lo que votaban tus padres (o lo contrario, por pura oposición), o tus amigos del liceo. No te hagas el electoralmente profundo que hasta Alfonso Lessa hace pie en ese charco electoral que pretendés mostrar como si fuera un aljibe. De hecho, todos estos crá que se quejan por la campaña vacía de contenidos YA SABEN, antes de la campaña, a quién van a votar. ¿Entonces, qué esperan de la campaña? Confirmar sus prejuicios.

Las campañas electorales siempre fueron un juego de sofismas: aparentes razonamientos que en realidad son falaces e intentan inducir por una vía seudorracional el voto. De hecho, los argumentos que tenían los partidos tradicionales en contra del FA hace 10 años son los mismos que ahora esgrime el FA en contra de los partidos tradicionales: no están preparados para gobernar, les falta capacidad de gestión, van a destruir todo esto hermoso que ha hecho el FA durante 10 años (los partidos tradicionales hablaban de 100 años). ¿Eso qué es? Apelar a la incertidumbre para accionar el resorte conservador que todos tenemos y que, llegado el momento, nos hará inclinarnos por lo conocido. Mientras tanto, el Partido Nacional nos habla de cambio, renovación, potencial, frescura, alegría, entusiasmo, colores, y aromas frutales para nuestra gris existencia. Básicamente, lo que nos decía el FA de sí mismo 10 años atrás, cuando prometía el cambio de la mano del colorido pueblo oriental que empuja con la fuerza renovadora. ¿Les suena?


Vamos a pensar un poco muchachos...
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