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Ensayo: Cuando una pregunta incomoda

Buenos días, les comparto el primer ensayo que debí presentar para la materia Psicología Social I (Estudio Psicología), ojala les sea de su agrado






Cuando una pregunta incomoda
Por Amg.

Verlo llegar al aula con aires de grandeza mientras se acerca a su lugar predeterminado enfrente a todos los alumnos, entre el pizarrón y su escritorio blancuzco y rectanguloide; pareciera observar con una mirada vacía a la muchedumbre impaciente, siempre lista con sus lápices afilados y sus hojas vírgenes esperando ser impregnadas de conocimiento, y como no, sus correctores listos para borrar, reescribir y borrar un poco mas (por si acaso, nunca viene mal). Agacha la cabeza, relojea sus escritos y paulatinamente va cosificándose a lo largo de horas de lectura ininterrumpida de textos pertinentes a la materia de turno. Este vinculo de dependencia se ha manifestado desde siempre, en donde el profesor cumple el rol de impartir conocimientos y poseer el saber, mientras nosotros somos simples espectadores que debemos interpretar e ir acatando lo que va explicando conforme él pretende que vayamos aprendiendo.
Se nos dice siempre al principio de cada cursada que no dudemos en evacuar nuestras interrogantes, que preguntemos cuando no comprendamos algo, aunque claro, en la practica la realidad es distinta; las preguntas molestan, incomodan el orden establecido, las interrupciones generan bullicio, alborotan a los estudiantes (que buscan cualquier excusa para dialogar con su compañero de al lado, para tomar un mate o simplemente para preguntarle al de la derecha si anoto algo importante). Una mano levantada significa romper, aunque sea un poquito, los esquemas establecidos; quebrar la monotonía del soliloquio de turno para profundizar en cuestiones que tal vez nos interesaron o no logramos comprender del todo. Aunque claro, esto no siempre es tomado de la mejor manera, pues muchas veces el de adelante (el profesor) cree que se está poniendo en juego su omnisapiencia, que se pone en duda su saber y su imagen indiscutida; y de igual forma que un perro cariñoso alguna vez te puede morder, muchas veces los profesores consideran que la mejor forma para retomar el control de su clase es cortar la cuestión de raíz. Aunque esto llegue a significar utilizar violencia verbal, menospreciar o incluso hasta humillar a los estudiantes al punto de llegar a lograr que no se atrevan a volver a levantar la mano, cual enajenados. Hacerlos sentir mal, inculcarles que es su error no haber entendido lo que acaba de explicar (que obviamente es tan simple para él). Utilizar al ferviente gentío a su favor, buscar su complicidad, haciendo chistes ácidos o con doble sentido, lograr así que se produzcan risas en el fondo del aula, que (¡oh casualidad!) suelen ser los estudiantes que permanecen en silencio durante toda la clase, los que necesitan desesperadamente la aprobación del que está al frente de la cursada.
Utilizar a la masa no critica de alumnos como herramienta de alienación, que sean ellos mismos los que, de cierta forma, sugestionen al próximo que se atreva a levantar la mano, que nadie quiera pasar por ese mal momento, generar el miedo al "¿qué dirán si hago una pregunta?". Oprimir definitivamente a futuras manos levantadas, evitarles el mal trago, y por supuesto, evitarle a él mismo una nueva interrupción a su clase.
Pero entonces, ¿en que nos hemos convertido los estudiantes? ¿acaso será que el empoderamiento pertinente de los profesores para con los alumnos nos ha transformado en jueces y verdugos de nuestros propios compañeros? ¿nos habremos sobreadaptado tanto que perdimos el eje de lo que somos y en que nos han convertido? Pareciera que hoy en día nuestra única meta se ha transformado en meter y meter finales; llegar a clase, cuestionar poco, aceptar mucho y sobrevivir como se pueda en esta jungla que es la Universidad, pero sin ponernos en tela de juicio la importancia del mientras tanto. Pero sé que entretanto existan manos dispuestas a alzarse y voces sin miedo a decir lo que se piensa o sin temor a cuestionar absolutamente todo lo que nos rodea, entonces no todo estará perdido, ya que siempre habrá un granito de esperanza al final de este recorrido. A fin de cuentas, como dice un antiguo proverbio chino "El que hace una pregunta es un tonto por cinco minutos, y el que no la hace sigue siendo un tonto para siempre". Y al resto de mis compañeros, seguramente los cruzare en alguna oportunidad en los pasillos de la facultad, caminando con la cabeza baja y silbando bajito felices de, simplemente, haber sacado otro final mas...
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