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Fascismo de izquierda

Por Alejandro Muñoz Alonso
Catedrático de la UCM

El historiador e hispanista Stanley Payne, tan bien conocido entre nosotros, acaba de escribir que la interpretación del fascismo "es posiblemente el problema de análisis político más difícil y enojoso en la historia de la Europa del siglo XX" (Revista de libros, febrero 08). Y dice Payne que el “debate sobre el fascismo” ha sido especialmente intenso durante el último tercio del siglo XX. Hace también sólo un par de semanas The New York Times se hacía eco de la aparición del libro de Jonah Goldberg Liberal Fascism en el que, seguramente para sorpresa de muchos izquierdistas de por aquí, se estudia la "historia secreta de la izquierda americana” y sus conexiones con el movimiento fundado por Mussolini. Advirtamos que, en lenguaje político americano, liberal significa, precisamente todo lo contrario que en Europa y que la mejor traducción del título del libro de Goldberg sería "fascismo de izquierda".Este autor critica la práctica, tan extendida en la izquierda americana como también en la nuestra, de motejar de "fascistas" a las posiciones de la derecha, como fácil recurso dialéctico para desacreditarlas. Se ve que en todas partes cuecen habas. Pero lo más notable y curioso es la conclusión a la que llega: El fascismo no es en absoluto una idea conservadora y de la derecha, sino que -según él- ha sido siempre y aún lo es hoy una concepción de izquierda, "aunque los mismos izquierdistas no se hayan enterado".



La tesis de Goldberg no es tan descabellada si atendemos a los orígenes del fascismo. Mussolini procedía del socialismo, el partido de Hitler se llamaba "nacional-socialista", ambos jugaron cuanto pudieron con “lo social”, ambos se manifestaban contrarios a la "plutocracia capitalista" y ambos aprendieron de Lenin esa suprema técnica de todos los totalitarismos que es el partido único. Goldberg añade, por su parte, como rasgos fascistas, la tendencia de la izquierda americana a imponer su propio concepto de “corrección política” y la de exigir obediencia total a sus causas, presentando a los disidentes no sólo como equivocados sino como inmorales. Goldberg ha analizado este fenómeno, en otro libro, en relación con la guerra de Vietnam. Y no sería muy difícil prolongar ese estudio hasta la polémica sobre la guerra de Irak. Cualquier lector español, medianamente avisado, no tendrá demasiada dificultad es trasladar esas reflexiones hasta nuestro contexto político, en el que prácticas como las de los pactos tipo Tinell o los "cordones sanitarios", tan de moda entre la izquierda, encajan perfectamente en esa concepción del fascismo.

Descalificar al contrario, haciendo de él no ya un adversario sino un enemigo es un uso típicamente fascista, como mostró en su tiempo Carl Schmitt, tan utilizado por el nazismo. El corolario de ese planteamiento es evidente: al enemigo ni se le da cuartel ni se le considera como un igual, sólo cabe destruirlo.


En el mismo número de la Revista de libros citado más arriba, aparece un largo estudio del profesor Ferrán Gallego en el que hace el análisis de tres libros italianos recientes sobre el fascismo. Gallego no acepta que el hecho de que comunismo y fascismo tuvieran el mismo adversario -el orden burgués existente- hace de ambos algo idéntico, pero no deja de señalar los elementos de "transversalidad" que se dieron en aquella generación de los treinta. Así, recuerda cómo Palmiro Togliatti, en 1936, dirigía un manifiesto a los jóvenes fascistas ofreciéndoles un acuerdo, para luchar contra las "desviaciones" del régimen fascista, sobre la base del programa inicial mussoliniano de 1919 que, al parecer, no le disgustaba demasiado al líder comunista.




Pero, más allá del debate intelectual, lo cierto es que el término "fascista" se ha impuesto, entre la izquierda, como máximo insulto político. Aunque sea evidente que no hay más fascistas que los que pretenden descalificar a los demás con la gastada palabreja. Ahí está esa caterva de individuos, sin más señal de identidad que el odio y el cerrilismo, que hace bien poco trataron de atacar a María San Gil. A falta de argumentos, el insulto como razón suprema. Fascismo en acción. Fascistas con la boca llena... de fascismo. Que, además, el incidente se produjera en un ámbito universitario que, al menos en teoría, debería ser el templo de la libertad de expresión, de la tolerancia, la crítica y el razonamiento es todo un síntoma de adónde hemos llegado. No hemos avanzado nada desde aquel mitin de don Melquíades Álvarez, a principios del siglo XX, en el que un asistente le interrumpía continuamente pidiéndole debate. Cuando don Melquíades terminó y dio la palabra al inquieto espectador, este, escuetamente, le soltó: "Hijo de...". Supremo argumento como los que utilizan por aquí tantos fascistas bien encaramados que no quieren enterarse de que lo son.
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