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Hoy es el Día internacional del bikini

70 años no son nada cuando la capacidad de renovación es tan imparable como la propia prenda. Repasamos los momentos clave de la historia del dos piezas a golpe de imágenes icónicas. ¡Feliz cumpleaños, bikini!



122 años después de que se sumergiera en el Canal de la Mancha la primera bañista, Maria Carolina di Berry, se inventaba el bikini. O al menos eso se han disputado toda la vida los franceses Jacques Heim y Louis Réard.

Este último es precisamente el responsable del día que ahora festejamos: el día internacional del bikini, el 5 de julio (porque si tenemos día del beso, del picnic y hasta de los calcetines perdidos –el 9 de mayo, por si alguien está interesado en celebrarlo-, la prenda por excelencia del verano no iba a ser menos).

Esta celebración conmemora la presentación en París del primer bikini en 1946. El evento tuvo lugar en la popular piscina Molitor y, ante varios espectadores asombrados, Micheline Bernardini desfiló con la escueta prenda. Ella solía bailar desnuda en el Casino de París, así que no tuvo problema en enseñar más chicha de la cuenta. El que sí tuvo problemas varios fue el diseñador, que fue incapaz de encontrar a una modelo dispuesta a vestir su creación teniendo que acudir a la bailarina.

Imprevistos con modelos pudorosas aparte, algo en lo que Réard era tremendamente bueno era en el marketing. Sabiendo los ríos de tinta que haría correr su diseño, lo estampó con lo que simulaban ser páginas de periódico. ¿Y el nombre? Pues bikini, en honor a las pruebas con bombas nucleares que pocos días antes se celebraban en el atolón con el mismo nombre de mitad del Pacífico.

Por su parte, Heim desarrollaba también un prototipo de la prenda aquel verano y lo promocionaba como “el traje de baño más pequeño del mundo”. Aunque en realidad eran más pequeños los cuatro triángulos de su competidor (dos en la parte superior y dos enfrentados a modo de bragueta) que ni corto ni perezoso anunció el suyo como “más pequeño que el traje de baño más pequeño del mundo”.

Aunque si somos fieles a la historia, la pelea se tendría que quedar en tablas, un ni pa’ ti ni pa’ mí: muchas mujeres ya utilizaban dos piezas para bañarse en las playas del Mediterráneo desde los años 30. Eso sí, prendas más castas y fabricadas con más centímetros de tela.




Favorito pronto de las francesas, el furor por el escueto traje de baño que prácticamente no dejaba marcas se contagió pronto a las italianas: Lucía Bosé se alzaba con el título de Miss Italia en 1947 y lo hacía enfundada en un sensual bikini. Como la bomba atómica que inspiró su nombre, ya era imparable.

En pocos meses todas las playas del país se inundaron de ellos y también, para mantener el decoro, de policías que medían que la proporción de tela entrase en los estándares aceptables.




A popularizar –aún más- el bikini en los años sesenta, contribuye una exuberante Brigitte Bardot y toda la industria cinematográfica que encuentra en él un recurso más para atraer al público. Y si no, que se lo pregunten a Ursula Andress, que en 1962 se convirtió inmediatamente en un icono tras protagonizar la salida más sensual del Caribe (con permiso y sin él de Halle Berry). Dr. No la catapultó a la fama y la convirtió en la primera de una larga lista de chicas Bond. El bikini blanco, responsable en parte del éxito, se subastó en Londres a principios de este siglo por unos nada desdeñables 60.000 euros.



Ahora festejamos esta prenda que se ha encargado de provocar, de resaltar la feminidad más absoluta, de moldear, escandalizar y, sobre todo, celebrar el cuerpo de la mujer.







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