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Jesús. ¿Leyenda o realidad?

¿Qué piensa de todos los milagros que hizo Jesús que aparecen reportadas en la escrituras? ¿Sucedieron o no?


Respuesta:

Utilizo fragmentos de una conferencia mía en la Universidad Popular de la Rioja.

Para abordar un análisis de los milagros de Jesús y aclarar qué grado de historicidad puede atribuírseles es absolutamente necesario distinguir entre unos milagros y otros, es decir, clasificarlos, para mejor discernir.

Al respecto opino que para lo que interesa al cristiano normal es mejor seguir una clasificación más clara y tradicional, como la adoptada por el especialista J. P. Meier, porque simplifica las cosas: 1. Exorcismos; 2. Curaciones; 3. Resurrecciones; 4. Milagros sobre la naturaleza.

Que Jesús practicó exorcismos parece admitido hoy día por prácticamente todos los investigadores del cristianismo primitivo. Que esta actividad de Jesús sea histórica se deduce de los análisis históricos: cumple con diversos requisitos. Primero, de lo que se llama “criterio de plausibilidad histórica contextual”, es decir, a priori puede admitirse como histórica sin más porque encaja perfectamente con el contexto socio-cultural al que pertenecía Jesús, el Israel del siglo I. En efecto, la creencia en la existencia de espíritus y su actividad entre los hombres de esa época era común no sólo entre las clases populares, sino también entre las cultas:

a) No hay testimonios escritos que nieguen expresamente tal existencia de espíritus y su actividad.

b) No había necesidad de explicar la naturaleza del fenómeno de la posesión, de donde se deduce que lo admitía todo el mundo.

c) Se conservan textos en los autores antiguos de estatus social elevado que afirman o presuponen la posibilidad de la posesión y la existencia de exorcistas. Entre los judíos destaca Flavio Josefo y entre los paganos, Plutarco, en sus Moralia (por ejemplo, 706E) o la Metamorfosis de Apuleyo, o Vida de Apolonio de Tiana de Filóstrato. Aunque estos autores son posteriores a Jesús reflejan sin duda alguna el ambiente que se vivía también en el siglo I.

La práctica de exorcismos por parte de Jesús cumple también con el criterio de “plausibilidad efectual”. Esto quiere decir: sin suponer que Jesús fue un exorcista de éxito, no se pueden explicar la gran cantidad de textos evangélicos, venidos de diferentes fuentes y con muy diversas formas literarias, que mencionan esta actividad de Jesús. No parece plausible que sean inventados todos esos pasajes; luego no parece razonable para un historiador negar que así ocurrió en verdad: Jesús fue un exorcista.

Que lo fuera se verifica también por el criterio de “dificultad”: las acusaciones contra Jesús por parte de sus adversarios de que “expulsaba demonios” (aunque fuera por haberse puesto de acuerdo con el Príncipe de esos mismos espíritu malvados: Mc 3,22 y QLc 11,14-23 que pertenece a la Fuente “Q”), o que él mismo estaba “endemoniado” (Jn 8,48) no pudieron ser inventadas por sus propios partidarios, puesto que tal invento en nada podría favorecer la propaganda de una religión que tenía su base en Jesús. Por tanto, tales historias tienen que haber tenido su base en la realidad misma.

Con otras palabras: hasta los mismos enemigos de Jesús reconocían que el tenía el don de “expulsar demonios”, o lo que es lo mismo, que en muchísimos casos curó enfermedades relacionadas con el poder demoníaco. Jesús era en verdad un auténtico sanador.

Como nota final sobre los exorcismos deseo señalar con J. P. Meier (Un judío marginal II/2 764), que es “difícil decidir si en algunos de los exorcismos de Jesús ocurrió en verdad un auténtico milagro, es decir, si Dios hizo algo por encima de toda capacidad humana para librar del demonio a un determinado individuo que va más allá de cuanto es posible juzgar desde bases puramente históricas”. O si, por el contrario, los exorcismos son explicables por medios naturales, aunque extraordinarios.

Consideradas críticamente las historias de sanación de los Evangelios, los relatos que tienen más posibilidades de remontarse al Jesús histórico –aunque en algunos detalles hayan sido elaborados por los evangelistas cuando incorpora la tradición oral a su obra- son:

• El paralítico bajado por un boquete en el techo (Mc 2,1-12).
• El paralítico situado junto al estanque de Betesda (Jn 5,1-9).
• La curación del ciego Bartimeo (Mc 10,46-50).
• El ciego de Betsaida (Mc 8,22-26).
• El sordomudo narrado en Mc 7,31-37

Ahora bien, aun aceptando que hay un transfondo histórico en hechos reales de sanación por parte de Jesús durante su vida pública, conocer ulteriores detalles de esas enfermedades curadas -como su carácter exacto según la medicina moderna, si las curaciones fueron de por vida, o temporales, etc.- es empresa imposible.
Personalmente, y en bloque, creo que un historiador racionalista no debe tener dificultad alguna en reconocer que estas sanaciones son hechos históricos, porque muchas de ellas ocurren también hoy día y se deben –creo- a la naturaleza psicosomática de tales enfermedades luego sanadas y a las especiales cualidades, llamadas carismáticas, del sanador -a su potentísima personalidad- junto con la fe de los pacientes, que coadyuva sin duda a la curación.
Jesús, por su parte, estaba absolutamente convencido de su poder de sanación. Dos ejemplos. 1. En Mt 11,20-24 leemos:

“Entonces se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti»”.

Este dicho de Jesús parece auténtico, pues lo que en el fondo relata es el fracaso del Nazareno en convertir para su mensaje del reino de Dios a los habitantes de tres ciudades. Según el criterio de dificultad, no parece apropiado pensar que la iglesia postpascual inventara esta constatación de un fracaso. Por otro lado, el hecho de que Jesús nombrara a tres ciudades hace referencia a que muchas de sus sanaciones eran públicas y conocidas por todos.
En la Fuente “Q” (Mt 12,22-28 / Lc 11,14-26) tenemos una pregunta polémica de Jesús a sus adversarios que apunta también a esta creencia:

“Entonces le fue presentado un endemoniado ciego y mudo. Y lo curó, de suerte que el mudo hablaba y veía. Y toda la gente atónita decía: «¿No será éste el Hijo de David?». Mas los fariseos, al oírlo, dijeron: «Este no expulsa los demonios más que por Beelzebul, Príncipe de los demonios». Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir. Si Satanás expulsa a Satanás, contra sí mismo está dividido: ¿cómo, pues, va a subsistir su reino? Y si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces»”.

Según el relato evangélico, momentos antes Jesús había curado a un “endemoniado” ciego y mudo. Por ello es evidente que esta disputa trataba no sólo de exorcismos sino ante todo de sanaciones, en las que causa de la enfermedad -conforme a las creencias de la época- era atribuida al demonio. Jesús se consideraba, pues, a sí mismo un sanador.
Los denominados milagros sobre o contra la naturaleza

Dentro de esta categoría se hallan los siguientes relatos de milagro: La moneda hallada en la boca del pez; La maldición de la higuera; La pesca milagrosa; Jesús camina sobre las aguas; La tempestad calmada; La conversión del agua en vino; La multiplicación de los panes.

Como dijimos, para un historiador es ésta la categoría de milagros que más cuesta aceptar. Por suerte, sin embargo, los críticos, aun católicos, se han encargado de demostrar con toda contundencia que los criterios de historicidad muestran que todos estos relatos no proceden del estrato del Jesús histórico, ni siquiera del de los primerísimos seguidores de Jesús, sino de una comunidad de cristianos que en su afán misionero por presentar al Jesús resucitado con todos sus atributos, cualidades y poderes, formuló e inventó historias, relatos, narraciones como medio de mostrar a los posibles conversos, o a los fieles mismos, de una manera sencilla y convincente esa imagen del Jesús Resucitado y Viviente, del Jesús ya sentado a la diestra de Dios que le interesaba difundir.

¿Cuáles son los argumentos en los que se basan los críticos? En líneas generales se basan en el análisis sereno y pausado de los textos para reconstruir la historia de la composición de cada uno y de las fuentes que utilizaron, más la aplicación de los criterios de historicidad.

Así, se llega a la conclusión que el milagro de la “maldición de la higuera” no es más que una historia pegada por el evangelista al episodio de la mal llamada “purificación del Templo” para indicar que lo que Jesús quiso significar con esta acción era advertir de que Dios aniquilaría el templo presente y que, en tiempos ya del Reino mesiánico, ese santuario sería sustituido por otro con cuya construcción colaboraría Dios mismo. Es improbable su historicidad, pues se trata de un milagro “punitivo”, de castigo que choca frontalmente con el resto de la tradición de Jesús y que parece inspirado en historias del Antiguo Testamento.

El análisis de “La pesca milagrosa”, tras la cual Jesús promete a Pedro que “será pescador de hombres”, indica que este milagro parece ser la transposición a la vida de Jesús por parte de Lucas, o de su traición, de una aparición de Jesús después de su resurrección. De hecho basta una comparación con el capítulo 21 del Evangelio de Juan donde, tras la misma pesca milagrosa, el Jesús resucitado perdona a Pedro su traición triple y le promete que será el primero entre sus apóstoles, el que apacentará sus ovejas. Se trata por tanto de un caso de transposición.

El “caminar sobre las aguas” y la “tempestad calmada” no parecen remontarse a ningún hecho de la vida del Jesús histórico. Por varias razones. Primero por los criterios de discontinuidad y coherencia. Estos “milagros” no muestra continuidad ninguna con la vida y el estilo de Jesús ni son coherentes con su modo de actuar. Jesús nunca, menos aquí, hace milagros de exhibición, sino de ayuda, por decisión propia o movido por la compasión. Segundo: los elementos de una manifestación divina y las alusiones al Antiguo Testamento, que parecen servirle de fuente, se muestran por doquier en el relato: se trata de dos impresionantes teofanías, como otras del Antiguo Testamento, en las que Yahvé domina y vence la violencia de las aguas, que son el símbolo del caos y del mal.
Escribe el sacerdote católico Meier en concreto sobre la tempestad calmada:

“El examen de la teología, que Marcos muestra en este relato, la fuerte presencia de temas y expresiones del Antiguo Testamento al servicio de una cristología elevada, la similitud con la narración del caminar sobre las aguas, la falta de testimonios múltiples para este milagro, más su continuidad con los milagros típicos de la iglesia primitiva y no con los que más posibilidades tienen de remontarse al ministerio público de Jesús, nos llevan a la conclusión muy probable, aunque no totalmente segura, de que la tempestad calmada es un producto de la teología cristiana primitiva” (II/2, 1070)

El cambio del agua en vino en las “Bodas de Caná” (Jn 2,1-11) tiene muchas dificultades de tipo histórico, empezando porque la descripción de la boda y del maestresala corresponde más a la de un banquete de tipo griego que palestino. A ello se une que la narración muestra rasgos continuos del estilo y sobre todo de la teología del autor del Cuarto Evangelio. Tanto que se ha podido interpretar, con razón, todo el relato, como una composición simbólica que describe las bodas del novio mesiánico, Jesús, o esposo celeste, con su iglesia. Parece claro que –al igual que oros relatos del Evangelio, como el episodio de Nicodemo, o el de la samaritana-, fue creado bellamente por el autor evangélico para dar cuerpo a una idea teológica que no corresponde a la época del Jesús histórico, sino a una teología sobre él de finales del siglo I.

Por el contrario, y para concluir, la historia de la tradición sobre la multiplicación de los panes, milagro que de hecho no se describe en el texto, sino que se intuye, y que es de gran sobriedad, permite concluir, tras un análisis de las posibles fuentes, que detrás de una –no dos; la segunda (Mc 8) es un mero doblete- multiplicación de los panes se esconde el recuerdo histórico de alguna memorable comida a base de pan y de pescado, con alusiones, o quizá como símbolo –corriente en Jesús-, al banquete mesiánico del final de los tiempos. Esta comida debió de celebrarse en tiempos del Jesús histórico, en la que participaron con él sus discípulos y una gran muchedumbre de oyentes junto al mar de Galilea, y debió de impresionar tanto que quedó en la memoria de los seguidores de Jesús.

Ahora bien, admitido esto, decidir si en verdad sucedió un hecho milagroso, no está en las manos del historiador.

En suma, a propósito de los pretendidos milagros sobre la naturaleza: no hace falta ser un redomado racionalista y escéptico para negar en bloque su historicidad. Los datos de los análisis literarios y de fuentes que nos ofrecen los intérpretes católicos en su comentarios nos llevan a concluir que no hay posibilidad alguna de que alguno de ellos –salvo el recuerdo de una comida comunal- esté basado en un hecho real del Jesús de la historia.
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