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La historia de sexo y droga más salvaje de Queen





Qué imagen tienes de Queen? Bórrala de tu cabeza. Así de excesiva, extrema y desenfrenada fue su vida en la carretera a finales de los 70. Nunca has leído, y desde luego vivido, algo igual.










No hay nada comparable al hedonismo desenfrenado de Queen en la carretera. “Led Zeppelin se han convertido en el punto de referencia del desmadre en las giras del mundo del rock & roll”, dice un antiguo mánager de carretera de la banda, “pero Queen les superó con creces. Sus excesos estaban organizados como maniobras militares. Les llevaban las drogas a cualquier ciudad en la que tocaran. Si la coca no llegaba a tiempo, se retrasaba el concierto. El sexo estaba siempre al alcance de la mano. La mitad de la gracia de acompañar de gira a cualquier grupo está en reunirse en torno a la mesa de desayuno y escuchar qué hicieron los músicos la noche anterior. Roger Taylor tenía reputación de ser una auténtica guarra del rock. Todas las mañanas se contaba una historia suya que te hacía soltar el cuchillo y el tenedor. Luego aparecía alguien que regaba las tostadas con lo que había hecho Freddie la noche anterior. Te caías de la silla. Hacia el 78 o el 79, cuando Queen se hicieron enormes, los apetitos de Freddie alzaron el vuelo. Sexo y drogas las veinticuatro horas. Antes de los conciertos, después de los conciertos… incluso entre canciones. Antes de un bis, a veces se escabullía al backstage, se ponía unas rayas de coca, dejaba que algún tipo al que acababa de conocer le hiciera una mamada y volvía al escenario a terminar el concierto. Era un tipo con aguante”.







En otoño de 1980 llegaron Crazy little thing called love (se dice que compuesta por Mercury y la banda en el baño de su habitación del hotel Hilton, de Berlín) y Another one bites the dust, del disco The Game, y, con ellos, su primer número uno en Estados Unidos. Mercury se estableció en Nueva York, donde se compró un apartamento de lujo con vistas a Central Park. La terrible enfermedad de breve nombre aún no había proyectado su oscura sombra y la comunidad gay neoyorquina atravesaba su época dorada de promiscuidad. En palabras de Mercury: “Nueva York es la Ciudad del Pecado y aquí me siento libre para hacer el guarro hasta la saciedad. Me despierto por la mañana, me rasco la cabeza y me pregunto a quién me voy a follar a continuación”.








En su biografía de 1998 titulada Freddie Mercury, Freestone describe cómo era un día normal para el cantante entre 1980 y 1982. Se levantaba alrededor de las cuatro de la tarde y echaba de su apartamento a sus conquistas de la noche anterior, a menudo hasta seis. Después del desayuno, le daba una lista de la compra a Freestone, que salía en busca del camello. Sobre las ocho de la tarde, una limusina recogía a Mercury y sus acompañantes para llevarles a algún club en el que se unían a otros cientos de personas en un maratón de sexo sin interrupciones. Según Elton John, Mercury tenía un aguante como nunca había visto en nadie. “Pasaba noches y noches despierto”, contó en 2001, “te lo encontrabas a las once de la mañana y seguía volando alto. Su banda tenía que coger un avión y él decía, tan tranquilo: ‘Joder. ¿Otra raya, querido?’. Sus apetitos eran insaciables. Me agotaba a mí, y eso no es fácil”.















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