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La historia de vida de Luis Suarez (Parte1)






Rodolfo, un uruguayo futbolero —como todos—, había recorrido las canchas sin gran suceso en las competencias del interior, pero desde siempre se encargó de transmitir la pasión por este juego. Además, Paolo, el mayor de los hermanos que ese año cumplía siete, luego se transformaría en el espejo futbolístico para los otros varones de la familia.



En su Salto natal, Luis creció en el barrio Cerro, una zona de clase trabajadora, ubicada a pocas cuadras del centro de la ciudad.

Cuando tenía siete años, se trasladó junto a su familia a Montevideo. Los problemas económicos los tenían a maltraer y una oferta de trabajo para su madre, hizo inevitable que los Suárez-Díaz hicieran 500 kilómetros para establecer sus vidas en la capital del país.

Se instalaron en La Comercial. En primera instancia, vivieron en Nicaragua y Acevedo Díaz, atrás de la cárcel de mujeres. Dos años más tarde, con sus padres ya separados, su mamá y sus hermanos se mudaron a un par de cuadras, en la calle Cabildo.

Luis llegó a la capital con la pelota, su mejor amiga. Richard Suárez, su primer entrenador en el norte del país, recuerda que a pesar de su corta edad, ya se le veía pinta de crack: "Nosotros veíamos la viveza que él tenía, aunque de chico no sabés ni ves si va a ser buen jugador o no. En esa edad, lo principal es darle la pelota y que jueguen. No le enseñás de táctica ni estrategia, corren atrás de la pelota y listo, pero él se veía que tenía una chispa diferente".

"En esa época jugaba con su padre en Sportivo Artigas. Recuerdo que él venía a vernos a la Primera y observaba todo. De ahí creo que se llevó esa viveza para jugar a la pelota", explica Richard a Ovación.

La vida del "Salta", como lo apodaron en su niñez, se dividía entre la pelota, la cual le ocupaba gran parte del tiempo, y los estudios. Apenas llegado a Montevideo, se inscribió en la Escuela de la zona, la número 171, y fichó por el Urreta, un club de baby fútbol ubicado en el corazón de La Blanqueada, a pocas cuadras del Parque Central, donde luego gritaría goles hasta sus 19 años.

Urreta fue y es una escuelita de fútbol que brindó las primeras enseñanzas a varios de los grandes valores que se destacaron desde fines de los años 90 a la actualidad. Allí, Suárez, bajo la dirección técnica de Floreal Neira, un peluquero de barrio que trabajaba como portero en el Banco República, empezó a dar los primeros pasos entre decenas de niños que corrían atrás de la pelota con el sueño de llegar a ser algún día Maradona, que era la mayor referencia para los niños y jóvenes, en aquellos tiempos.


Dos años después de su llegada a la capital, lo acercaron a probar suerte en Nacional, equipo del cual era hincha. Allí, compartió plantel con una de las generaciones más exitosas de las formativas tricolores. Entre aquellos adolescentes, estaban Mathías Cardacio, Juan Albín, Martín Cauteruccio y Bruno Fornaroli.

"Era un pibe normal, pícaro, jodón, muy sano. Era súper charlatán. Siempre había que andar diciéndole: Luis, callate por favor", recuerda entre risas Daniel Enríquez, quien por entonces era Coordinador de juveniles de Nacional.

Sus primeros años en el fútbol no fueron fáciles. Siempre fue de menos a más. Le tocó ir al banco y recién pudo comenzar a tomar ritmo en Quinta división, cuando tenía 16 años.

"Siempre vivió esto con la misma pasión. Al igual que hoy, se enojaba cuando erraba un gol o se equivocaba en un pase. Se embroncaba cuando le tocaba quedar afuera, pero lo llamabas faltando diez minutos y venía corriendo, entraba con todas las ganas y se llevaba a todos puestos", recuerda Enríquez.


Este repunte futbolístico coincidió con la noticia menos esperada: Sofía, su alma gemela y compañera, se iba del país. En 2002, la crisis económica que acechaba a Sudamérica, hizo que miles de familias tuvieran que buscar su futuro en el exterior. El caso de Sofía fue uno de ellos. Barcelona, en aquel momento, estaba muy lejos de la vida de "Lucho", que todavía jugaba en las formativas de Nacional.

La noche anterior al viaje, la pareja se despidió entre lágrimas. Creyeron que no se iban a reencontrar más. El tiempo pasó y seguían contactándose a distancia. Ella lo alentaba para que redoblara esfuerzos y no agachara la cabeza.



(Proximamaente, segunda parte: "Sus primeros pasos en las juveniles de Nacional" )

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